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El mundo se desmorona y nosotros nos encabronamos

Cuentan los meteorólogos que ya viene la ola de calor, la fetén, pero yo diría que llevamos surfeándola varios días, semanas, meses... incluso años. ¿Cuándo nos encaramamos a esta ola de agua hirviendo que escalda el carácter y nos empuja a empujar a otros, esa que nos provoca para provocar a un tercero, la que nos anima a discutir por discutir, sin ánimo de llegar a ninguna parte, por el sencillo placer de tirarnos al cuello ajeno –eliminando cualquier carga de significado sexy en los términos “tirarse” y “cuello”–? Muy fan del encabronamiento general.

Al analizar los acontecimientos diarios mi madre dice: “¡Cómo están las cabezas!”. Y yo siento que no sería un mal lema para definir este siglo. ¡Ut defectus mentis est!Ut defectus mentis est

Me viene a la memoria aquel otro lema de la Ilustración estableciendo comparaciones odiosas entre una madre española del siglo XX y un filósofo alemán del XVIII: "Sapere aude". "Ten el valor de servirte de tu propia inteligencia", proponía Kant. ¿Y qué nos queda de aquello? Pasapalabra.

Si miramos aquel momento de la Historia desde el balcón de nuestro tiempo, la Ilustración fue un intento de golpe de statu quo para tomar el poderstatu quo  a través de la razón y dotarla de soberanía.

Sí, solo fue un intento, visto lo visto, de aquel carácter crítico, analítico y secularizado de la razón, hemos heredado más bien poco.

De la razón, solo conservamos el gusto por llevarla. No cotizan en nuestro mercado de valores las razones para defender una teoría, lo importante es tener razón. Como sea. Punto.

Y lo mismo nos sacamos los ojos tras la muerte de un torero  –eliminando todo rastro de humanidad–, que con la excusa del eterno “¿con quién vas?” en un partido de fútbol Francia-Portugal, o nos despellejamos tratando de dirimir la conveniencia o no de cazar Pokemons por las calles. Cualquier hecho es susceptible de que nos demos de bofetadas con tal de situar nuestro criterio arriba del podio.

Es que para sentirnos bien, y en forma, nos gusta tirar de patada circular. España es un ring de Kick Boxing pero sin reglas. Eso sí, cada uno con las suyas. Cada cual con su razón bajo el brazo, aprovechando que ya casi nunca cargamos con el periódico.

Y si nos dicen que puede que vayamos a terceras elecciones, nos salen ronchas –y a mí, personalmente, ganas de entrar en Rumbo y sacarme un vuelo para un domingo de noviembre–. Estamos yendo más al cole en los últimos tiempos que en toda nuestra vida escolar.

Entonces les reprochamos su incapacidad para acordar a aquellos que tendrían que alcanzar acuerdos. Pero, al tiempo, mostramos nuestra propia incapacidad de acordar algo con alguien que no piense al 100% como nosotros. O sea, en realidad no queremos que se pongan de acuerdo, queremos que acuerden lo que a cada uno de nosotros nos apetece que acuerden. Esto lo explicaría Groucho Marx mucho mejor que yo. Y también dos huevos duros.

Hoy me falta humor para hacer chistes con la actualidad, pido perdón por mi incapacidad (transitoria, espero).Todavía tengo en mi cabeza a unos desconocidos que son como yo, o como ustedes. Se acercaron a una playa para distraerse entre los destellos de los fuegos artificiales, para celebrar la vida con un ¡Ohhhhhhh! y fueron atropellados por la muerte de la razón.

Aún tengo el cuerpo revuelto después de haber visto a padres que arrastraban los carritos de sus bebés, tratando de esquivar un camión asesino que deja al diablo sobre ruedas de Spielberg a la altura de un vehículo tan naif como el Rayo McQueen de Disney.

Y, cuando aún no nos hemos repuesto de esta pesadilla y de las anteriores que nos remueven –obviando tantas otras a las que no les prestamos atención porque nos pillan lejos, porque vivimos un poquito anestesiados o porque no damos abasto, yo qué sé–, nos vamos un viernes a la cama con un vaso de leche y un intento de golpe de Estado en Turquía. Así, sin saber cuál de los dos bandos pone más en peligro la democracia: si los que amenazan con tomar el poder por las bravas o los que lo han obtenido a través de las urnas. Ya hay voces que hablan de autogolpe, de la excusa perfecta para endurecer los mimbres de un cesto gubernamental que poco tiene de ejemplar.

A los ciudadanos corrientes nos parece que esto es la guerra, pero continuamos caminando, conscientes de que en cualquier momento podemos ser nosotros los siguientes en ser abatidos.

Y es que no podemos ni debemos parar porque, además de esa guerra que no logramos controlar, tenemos que convivir con las nuestras, las diarias, las cotidianas, las íntimas –que, a menudo, tampoco sabemos cómo resolver–. Y disfrutar, eso también, de nuestros propios fuegos artificiales, nuestros placeres, nuestros pequeños triunfos, nuestros amores... Por lo uno y por lo otro, pero, sobre todo, por lo corto que es este viaje, da mucha pereza perder tiempo en ciertas enganchadas que solo producen ruido.

De vez en cuando desconecto del ágora incesante para recuperar el placer del silencio, como cuando cierras la campana extractora de la cocina, y, solo entonces, tomas conciencia del zumbido que llevaba un rato martilleándote la cabeza. El mundo se desmorona y nosotros nos encabronamos.

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