Muros sin Fronteras

Harry, el Brexit y Chesterton

Resulta irónico que la Inglaterra que se cierra sobre sí misma, la que no quiere inmigrantes ni leyes europeas, la que padece de una xenofobia disfrazada de nacionalismo vaya a tener como uno de sus iconos reales a una actriz estadounidense, feminista y de “compleja identidad racial”, como escriben los tabloides por no decir que su padre es blanco y su madre negra. Ni a Chesterton se le hubiese ocurrido un sarcasmo mejor.

La boda del príncipe Harry y Meghan Markle se celebrará en mayo en la capilla del castillo de Windsor, diez meses antes del Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, que se producirá —según lo anunciado por Theresa May— el 29 de marzo de 2019 a las 23.00 horas, hora de Greenwich, una más en Bruselas.

El príncipe Harry de Inglaterra, Enrique para nosotros, parece un tipo divertido con tendencia a salirse del guión real, como cuando se vistió de nazi en una fiesta en enero de 2005. Tenía solo 21 años. Ahora que ha cumplido los 33 mantiene el aire díscolo que arrastran aquellos que no tienen posibilidades de ser rey (es, de momento, el quinto en la línea de sucesión). El biógrafo real (de los Windsor), Andrew Morton, escribía en 2012 que sería más recordado por sus meteduras de pata y borracheras (alguna con muñecas hinchables) que por sus aciertos.

La vida da muchas vueltas y la necesidad de iconos crea desmemorias aceleradas. Más de uno se estará comiendo sus palabras. Es lo que tiene esta época de líderes irresponsables (sí, Donald Trump, el que es capaz de insultar a los débiles para insultar mejor a sus enemigos), noticias falsas y medios de comunicación más atentos a los espectáculos del poder que a sus abusos y rapiñas. Son tiempos para prestidigitadores.

No daban un penique los expertos en estas cosas de la realeza por Meghan Markle, a la que consideraban una conquista de paso, aunque reconocían que se salía del tipo habitual de las amigas, por lo general rubias de Harry. Meghan es morena y tiene tres años más.

El asunto de la “compleja identidad racial” hubiese sido hace no tantos años un anatema en la purista Casa Windsor. Tampoco hubiera ayudado su estado civil. Fue la excusa para desbancar en 1936 del trono a Eduardo VIII, a quien se le prohibió casarse con la norteamericana Wallis Simpson por ser una divorciada.

En realidad, lo que más preocupaba al Parlamento británico eran las tendencias filonazis del rey Eduardo VIII. De ahí que la foto del joven Harry tocado con una esvástica en el brazo no fuera muy afortunada dados los antecedentes familiares, por no hablar, claro, de la muerte de 449.700 británicos en la Segunda Guerra Mundial.

Meghan Markle no podrá ser princesa porque no tiene sangre azul, o eso dicen. Será como mucho Lady Meghan, como lo fue la difunta y popularísima Lady Di, la madre de Harry y de su hermano William (Guillermo) que será rey cuando lo dejen de ser su abuela Isabel II y su padre Carlos, el eterno aspirante.

El díscolo príncipe Harry y la futura Lady Meghan representan a la vez una esperanza para la anquilosada monarquía británica y una amenaza. A la reina Isabel se le perdona todo, aunque su prestigio sufrió con la muerte de Lady Di y la forma en la que manejó las primeras horas. Se puede decir que Tony Blair la salvó del hundimiento (no dejen de ver la película The Queen).

Isabel II, que supera los 91 años, es una mujer rica, que mueve parte de su patrimonio por algunos paraísos fiscales, como se ha filtrado en los Paradise Papers. No parece el mejor ejemplo. La boda la pagarán los Windsor; la seguridad y todo lo demás, que es mucho, los contribuyentes británicos.

Su hijo Carlos no es popular y su nieto Guillermo parece un tipo anodino. Hasta ha conseguido que su esposa Kate Middlenton lo parezca también.

Algo pasa con la forma de vestir de los royals británicos. Todos parecen muy antiguos, siempre  tocados con sus sombreros de ir a las carreras de caballos de Ascot. Hay tanto oropel que más que realeza parecen una compañía de teatro, algo exagerado porque solo son una empresa.

Harry, pese a sus meteduras de pata, es popular porque parece él, no un personaje de ficción.

La boda lo colocará en primera fila del escenario. Esa sobreexposición se agravará a partir de esta semana porque tanto él como la ex actriz Meghan parecen atractivos para una prensa sensacionalista ávida de nuevos personajes para mantener las ventas. Será un escrutinio salvaje.

La cobertura informativa del anuncio de la boda nos anticipa un ciclón de banalidades para mayo. Los medios de comunicación, incluidos los más serios, parecen disfrutar con el despliegue del show. Apenas se leen comentaros críticos, más allá del de Irenosen Okokie en The New York Times: "Can Meghan Markle Save the Monarchy?".

La monarquía como institución no debería tener futuro en el siglo XXI, y menos en los países democráticos. Es incomprensible que una persona disfrute de grandes privilegios por derecho de cuna a costa de los impuestos generales. Funcionan si dan boato, atraen turistas, ayudan a vender la marca de país y no dan problemas.

En el libro La rama dorada (Magia y Religión) del antropólogo escocés James George Frazer, se recogen fórmulas de monarquías temporales, en las que la duración del reinado estaba vinculada a la opinión de los dioses, que era claramente negativa en los casos de sequía (no es una idea) o mala cosecha.

Una tribu africana tenía lo que se llamaba el rey de burlas. Era el elegido para acostarse con las viudas del rey muerto. La parte mala del trabajo es que se le mataba una vez concluido el duelo. Una forma algo más civilizada puede ser la de elegir presidente de la república cada cuatro o cinco años.

Un jefe de Estado sin poderes es solo un símbolo. A mi me gustaba Sandro Pertini. Solo tiene un inconveniente: está muerto.

Para terminar, las geniales Fascinating Aïda en una canción dedicada a Escocia y al Brexit.

 

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