Campo a través

Imaginad que el simpático Gurp de Eduardo Mendoza llegase dentro de cien años a este malhadado país e investigara el estado de las cosas un siglo atrás, revisando el archivo periodístico de estos años veinte. Llegaría sin mucho esfuerzo a la conclusión de que atravesamos una crisis como sociedad sin precedentes en al menos otra centuria. Pero la verdad de las cosas es que estamos como nunca. Nuestro llorado Jaime Miquel repetiría que no habíamos tenido la influencia internacional de la que gozamos con este gobierno desde Felipe II cuando además los números de nuestra economía causan asombro al mundo desarrollado. Estamos absorbiendo población como nunca antes —vamos a traspasar la barrera de los cincuenta millones antes de que se abran las urnas— y somos el destino favorito de la inversión mundial, no solo para echarnos de las ciudades sino también para el blanqueo de los grandes capitales de América. Los datos de afiliación a la Seguridad Social y empleo son históricos, y en términos de ética política y compromiso con los derechos humanos hoy somos referencia mundial. En transición energética vamos a la cabeza del mundo y generamos la energía más barata, eficiente y verde de todos los países desarrollados. Y por si esto fuera poco, hemos reconducido la tensión rupturista catalana y vasca hacia términos de diálogo político y cohabitación de sensibilidades.

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Pero quién lo diría leyendo la prensa o escuchando el debate público español. Para explicar esa tensión de ruptura, esa sensación de hallarnos al borde del precipicio que este oficio contagia a la población existen razones de fondo internacionales que son la bancarrota intelectual de las derechas tras la ruina del pensamiento neoliberal en el crack de 2008, y su conversión al unísono en movimientos políticos basados en el odio nacional, étnico y religioso, y también la revancha del hombre heterosexual blanco frente a su pérdida de privilegios históricos por la conquista de derechos de sus tres antónimos (mujeres, colectivos LGTBI y personas racializadas).

Pero también hay motivos particulares que están vinculados a la idiosincrasia histórica del país, que resumiremos en dos: el atrasismo endémico de nuestras burguesías, de poco leer y de propensión al rentismo y al expolio como única habilidad económica disponible, y la tendencia local de nuestros uniformados a cagarse en su madre lanzando paluegos y desenvainando el sable. Ambas características apenas nos han abandonado desde que Occidente parió la Modernidad, la democracia y los derechos humanos, y así tuvimos un siglo XIX lleno de carlistas —la casa, la vaca, un rey, un hacha y dios— y de militares cuyos colganderos peludos los llevaban a bajar santos del cielo y demócratas del gobierno. En el siglo XX, la tradición prosiguió con la episódica pero determinante complicidad de esa peripatética facción de los impostores llamada “la prensa de Madrid” —si Gurp o ustedes leen los periódicos de la II República, pensarán que esto era el cuerno de África y no la patria de Ortega y Gasset, María Moliner, Edgar Neville o Luis de Oteyza— y, en contra de los relatos oficiales, salta a la vista que esa praxis no se canceló con la llegada de la democracia. La tendencia a corregir resultados electorales indeseados de los poderes reales del país, del Estado, ese Estado para el que democracia es una mera contingencia histórica, ha seguido intacta y ha ido demostrando su eficiencia.

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Alfredo Pérez Rubalcaba, que era listísimo y otras cosas, sentenció que “en este país se entierra muy bien”, y así celebramos ahora el cincuentenario del nombramiento de Adolfo Suárez, contra el que los padres de la democracia —y no los rescoldos del franquismo, como ya explicamos aquí, meses ha— organizaron un golpe de Estado y al que no se le empezó a elogiar hasta que se supo que había perdido el oremus. Pero lo cierto es que ganó unas elecciones que no tocaban —así lo entendían nuestros poderes reales— y le armaron la marimorena, de nuevo con mucho voluntario de oficio, hasta corregir el resultado electoral. Con éxito. El 23-F, como ya hemos dicho en este púlpito, fue un éxito porque logró todos los objetivos propuestos.

Al hoy converso al criptogolpismo Felipe González le pasó tres cuartos de lo mismo, aunque él no se acuerde, y también le montaron un sambenito estupendo por no perder en 1993 como estaba previsto, y en ese via crucis nuestro oficio tuvo papel primordial otra vez. El maestro de impostores Luis María Anson, persona tan lista como Rubalcaba y también otras cosas, confesó años después que para descabalgar al niño bien sevillano de la Moncloa se tensó el Estado casi a la chilena, que además de una acrobacia futbolística es una forma que tiene la CIA de rectificar la democracia cuando se equivoca. El presidente Rodríguez Zapatero nació maldito porque ganó en 2004 cuando lo establecido en el calendario de eventos era otra cosa, y encima tuvo el valor de volver a pasarle la mano por la cara a los amos en 2008.

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Bien, entendida la tradición, lo que pasa hoy por aquí, que el país va como un tiro, es que en 2023 ya estaban repartidos hasta los gabinetes ministeriales, pero el candidato Alberto Núñez Feijóo falló la bola en boca de gol porque nunca se había sentado frente a una periodista que le dijera “eso no es así”, y se le puso a vibrar el párpado inferior en directo, cosa muy desaconsejable cuando se pretende convencer a los votantes.

“El que pueda hacer que haga”, toque de corneta para sargentos chusqueros como el juez Peinado y otros entusiastas, no es pues una reacción a la ley de amnistía ni a los indultos al procesismo, como se dice por ahí, sino la decisión de enmendar la que lio Feijóo perdiendo su ventana de oportunidad hace ahora tres años, cuando además todos sus barones habían cumplido su cometido apenas un mes antes.

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El mismo órgano tumbó el estado de alarma que salvó decenas de miles de vidas en el país porque lo dictó un gobierno socialcomunista

Hay que entender las reglas del juego. Si prestan atención, toda la supuesta corrupción sistémica que atañe al PSOE se circunscribe a la excepcionalidad vinculada a la gestión de la pandemia: mascarillas, rescates de empresas, gestión de fondos Next Generation…, cuando para salvar un país se sustituyeron verificaciones a priori por comprobaciones a posteriori. En Ferraz no acaban de entender que el guardés no tiene permitidas las licencias del señorito y si para rescatar una banca privada quebrada hubo que regalarles la banca pública —las cajas, que estaban la mitad de expuestas a la crisis subprime que nuestros grandes bancos— y darles decenas de miles de millones a fondo perdido, eso no significa que un gobierno progresista pueda permitirse dar préstamos a aerolíneas aunque los recupere. Del mismo modo que el PP se salió de la carretera del Derecho con su aplicación del 155 —con la negada por las cortes constituyentes disolución de parlamento autonómico— y llegó el Constitucional a poner asfalto debajo de aquella excursión campo a través, pero el mismo órgano tumbó el estado de alarma que salvó decenas de miles de vidas en el país porque lo dictó un gobierno socialcomunista.

De modo que uno puede comisionar mascarillas a precio de sombrero fedora si es duque de Feria, que mejor será estar en los negocios con la administración que en los parques infantiles, o si es hermano de una presidenta puesta ahí por los señoritos de acá y de acullá, pero no puede adquirirlas por debajo del precio del mercado si es ministro de un gobierno de guardeses, dicho sea por estirar la brocha gorda, que es lo que el común entendemos cuando echamos un ojo a lo que pasa.

Y lo que pasa es que el periodismo, un periodismo, está diciéndole al actual ejecutivo que la broma ya ha ido demasiado lejos. Como acabamos de ver que es tradición en este país. Lo delicado del asunto es que, con un marco internacional de derechas intelectualmente desahuciadas, el partido llamado a ser bastidor de esas tensiones e intereses, el PP, está desvencijado y los voluntarios del toque de corneta de José María Aznar, empezando por los togados, van como pollo sin cabeza en un fuego graneado caótico contra el poder ejecutivo, sin jerarquía ni mando. Eso que asustó a Anson hace treinta años es ahora un fenómeno mucho más virulento y desordenado. La derecha política, mediática, judicial, fiscal y policial es hoy una pura horda de uruk-hai sin estructura ni estrategia, solo con determinación, y el que menos pinta en el control de los aconteceres es el despacho sito en Génova 13.

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Si este excepcional momento dorado de España en Occidente se ha convertido en una turbamulta porque los votantes no respetaron el turno de partidos en 2023, la cuestión inquietante es qué escenario nos aguarda si en 2027 el candidato de la derecha vuelve a fallar y el resistente repite. Aunque tal vez esa sea exactamente la preocupación que se persigue generar. Recuerden: no hay negocio para los seguros si ustedes no temen.

Imaginad que el simpático Gurp de Eduardo Mendoza llegase dentro de cien años a este malhadado país e investigara el estado de las cosas un siglo atrás, revisando el archivo periodístico de estos años veinte. Llegaría sin mucho esfuerzo a la conclusión de que atravesamos una crisis como sociedad sin precedentes en al menos otra centuria. Pero la verdad de las cosas es que estamos como nunca. Nuestro llorado Jaime Miquel repetiría que no habíamos tenido la influencia internacional de la que gozamos con este gobierno desde Felipe II cuando además los números de nuestra economía causan asombro al mundo desarrollado. Estamos absorbiendo población como nunca antes —vamos a traspasar la barrera de los cincuenta millones antes de que se abran las urnas— y somos el destino favorito de la inversión mundial, no solo para echarnos de las ciudades sino también para el blanqueo de los grandes capitales de América. Los datos de afiliación a la Seguridad Social y empleo son históricos, y en términos de ética política y compromiso con los derechos humanos hoy somos referencia mundial. En transición energética vamos a la cabeza del mundo y generamos la energía más barata, eficiente y verde de todos los países desarrollados. Y por si esto fuera poco, hemos reconducido la tensión rupturista catalana y vasca hacia términos de diálogo político y cohabitación de sensibilidades.

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