‘Día de caza’, un remake femenino y kamikaze de ‘La caza’ de Saura para repensar España

Fotograma de 'Día de Caza'.

"Si alguien tiene un destino se trata de un hombre, si alguien consigue un destino se trata de una mujer”. Con esta cita comienza Día de caza y la pronuncia la voz del joven personaje de Diana (Zoe Arnao), que en la versión original de esta historia resultaba tener el rostro asimismo juvenil de Emilio Gutiérrez Caba. Como la diferencia más notable de Día de caza con respecto a La caza de 1966 es que ha cambiado a sus protagonistas masculinos por mujeres, es inevitable entenderla como un comentario directo sobre dicha jugada. Quienes eran hombres arrogantes y poderosos hace 60 años ahora son mujeres arrogantes y, sí, también poderosas. ¿Cómo ha sido posible algo así?

Forzosamente estas mujeres han conseguido su destino. Si aceptamos que los hombres ya nacieron con uno en el heteropatriarcado, toca aceptar que las mujeres hayan tenido que luchar por él. Así que la cita de Diana sería… ¿empoderante? ¿Las mujeres lo consiguieron? En 1966 habría sido imposible imaginar el guion de Saura y Angelino Fons declamado por mujeres, pero en 2026 podemos, o al menos podemos ver como realista a mujeres maduras en puestos de poder, con dinámicas equivalentes a las retratadas en La caza. Estas empresarias (Blanca Portillo, Rossy de Palma y Carmen Machi sucediendo a Ismael Merlo, Alfredo Mayo y José María Prada) practican incluso un pasatiempo tan viril como la caza, y no parecen sentir ninguna alienación por ello.

Uno de los elementos más sugerentes de Día de caza es que apenas se hace mención al género de sus protagonistas: las mujeres cazadoras se limitan a hacer lo que creen que les corresponde, y al margen de la frase inaugural, ni siquiera insisten en que hayan tenido que esforzarse mucho más que los hombres para llegar ahí. De forma que el director y coguionista Pedro Aguilera no solo está despojando de triunfalismo a esta actualización —¿estamos mejor socialmente que hace seis décadas?— sino que viene aferrándose a una connotación lampedusiana: “Que todo cambie para que todo siga igual”, se proclamaba en El gatopardo. Todo ha cambiado pero todo sigue igual, porque trascendiendo el género, ha habido otra fuerza que no ha parado su avance en este tiempo. Es la que siempre logra recabar legitimidad con esas retóricas del esfuerzo y el destino. Es el capital.

De la Guerra Civil a la Gran Recesión

La feminización de La caza, por lo demás y al margen de las contundentes interpretaciones que garantiza su elenco, no va mucho más allá de este cinismo medular. Las mujeres de Día de caza se comportan a grandes rasgos del mismo modo que sus homólogos masculinos: tratan con la misma condescendencia a sus sirvientes —una que, en pos de la procedencia de los mismos, puede teñirse además de racismo indisimulado—, imprimen la misma hipocresía a su amistad, y sienten la misma excitación hacia la violencia asimétrica cuando portan la escopeta. Son mujeres que han adoptado el lenguaje del poder asumiendo que este es un lenguaje patriarcal, de ahí que pueda romperles tanto los esquemas que, en un momento dado, una amiga le regale a otra un Satisfyer.

Así que este cambio de género acorde al feminismo liberal de, pongamos por caso, Ana Botín, no tiene mucho más intríngulis. El guion que Aguilera firma con Lola Mayo (que viene de escribir la extraordinaria El amor de Andrea con Manuel Martín Cuenca) cifra los cambios sensibles aparejados al paso de todas estas décadas de múltiples formas, y alguna incluso carece de la retranca de esta feminización. Por ejemplo, el maltrato animal: afortunadamente Día de caza se aparta de los aspectos más desagradables (y menos justificables incluso entonces) del original de Saura, y rechaza la visualización directa del sufrimiento de conejos y hurones. No es necesario cargar más las tintas simbólicas, sobre todo cuando se lidia con un contexto tan rico y matizado alrededor.

¿Cuál es este contexto? Pues toca volver al escenario de La caza, y determinar cuál era ese “buen sitio para matar” del que hablaban los personajes. En ambas películas lidiamos con cotos de caza desérticos del interior de la península, grandes extensiones de terreno yermo que podrían ser trabajadas y en su lugar son utilizadas para el frívolo esparcimiento de las élites. Esto a nivel superficial, pero bien sabemos que Saura era incapaz de trabajar sin metonimia y acostumbraba a recargar sus ficciones con la memoria nacional. Así ocurre que se ha acostumbrado a leer La caza como metáfora de la Guerra Civil ampliando el significado de esos conejos que tratan de ocultarse en sus madrigueras, semejantes a los escondrijos de los republicanos exterminados.

Es difícil limitar La caza, sin embargo, a este carácter metafórico cuando se nos cuenta textualmente que en estos terrenos hubo una batalla y llegamos a ver el cadáver de un soldado. La potencia real del film estriba en su concatenación de significados y su habilidad para no aislarse alegóricamente del presente: por supuesto que sus protagonistas son los vencedores de la Guerra Civil y representan el régimen, pero lo interesante es cuándo lo representan. Y lo representan concretamente en 1966, el año de estreno. Cuando el franquismo ha iniciado su apertura al capitalismo global, asentando las condiciones modernas (codicia, olvido interesado del pasado) para ser derruido desde dentro. Se basta y se sobra para ello. Por eso estos cazadores van a matarse entre sí

Ya que Día de caza es remake a la vez que actualización, ha de avanzar en el tiempo tanto como sea necesario, y ubicarse en nuestra contemporaneidad según los dictados de Saura. El egoísmo se mantiene a medida que el capitalismo entra en nuevas fases de histeria —sea el neoliberalismo o la monstruosidad que estemos viviendo hoy— y el trauma fundacional ya no es la Guerra Civil, aun cuando las pulseritas con la bandera de España de estas señoras ilustren que seguimos hablando de ciertos “vencedores”. Este trauma resulta ser entonces otro punto de inflexión en la experiencia nacional, un nuevo germen de conflictos irresolubles. La Gran Recesión de 2008, claro.

Aquí hallamos la mayor virtud de la propuesta de Aguilera, pues es capaz de modificar el esquema de La caza de forma bastante más drástica que con la feminización de los protagonistas. El espectro de la crisis económica y la especulación inmobiliaria que la aceleró determina la angustia del personaje de Blanca Portillo, llamado asimismo Blanca —los personajes de las tres actrices veteranas comparten sus nombres—, y el favor que le pide a Rosa por deferencia al siniestro pasado que les une. También toma cuerpo en la urbanización fantasmal, uno de tantos remanentes de la cultura del pelotazo —esa que ya se dejaba intuir en La caza de Saura—, que se yergue a poca distancia del coto de caza, como residuo de tantas codicias combinadas.

Un mito nacional

Las carreras y caracteres de las protagonistas veteranas de Día de caza se han fraguado en esta crisis, nuevamente ofreciendo una posible panorámica de cómo ha quedado la estructura de sentimiento español tras lo ocurrido. A la hora de aclararlo, el guion de Aguilera y Mayo apunta ocasionalmente a descarrilar. Sugiere que lo que trajo ante todo la Gran Recesión fue la sensación compartida de que el futuro había sido cancelado —pues la máquina siguió funcionando más o menos igual, utilizando más capitalismo para corregir los excesos del capitalismo— y que esto estimuló un nihilismo generalizado que cada individuo entendería a su manera, pero para hacerlo se embarulla en rimas insistentes con Saura, en reflexiones poco sofisticadas y diálogos sobreexpositivos. 

Día de caza habla tanto de la crisis económica como de la “crisis de representación”, apelando a que hay algo roto en nuestra agencia política como fruto último de los excesos que, acotando el caso español, empezaron a darse con el desarrollismo franquista. Así que, en ese sentido, es una respuesta orgánica y hasta cierto punto admirable a La caza, afrontando la difícil tarea de leer nuestros días según nos enseñó Saura hace décadas y logrando esquivar presentismos tentadores. 

Todo lo cual no implica que, al margen de sus intenciones, Día de caza funcione especialmente bien. El apego clónico al esqueleto de La caza —retomando monólogos en over y discursos mirando a cámara, fotocopiando escenas enteras— termina pesando como una losa, y condenando ocasionalmente la película al ridículo con réplicas mal atemperadas y excesos melodramáticos. Día de caza funciona mejor cuanto más esquiva y cerebral es, y cuanto más descarta la obviedad dentro del proceso de actualización de sus ingredientes. También se preocupa por ser misteriosa y esquivar las revelaciones fáciles de su entramado dramático, lo cual a veces resulta de lo más estimulante —la presencia constante de los drones intensificando la paranoia— y otras, no tanto. 

Siendo una película, entonces, muy irregular, toca agradecerle el riesgo. Era fácil que Día de caza fracasara y no lo hace. No lo hace, quizá, por algo más inmanente que la arquitectura dramática o el trabajo (casi ensayístico) de transposición de significados. Y es que hay una fe muy clara y potente sobrevolándolo todo: la fe en que con La caza de Carlos Saura no nos hallamos solo ante un clásico del cine español, sino ante todo un mito identitario. La caza parece menos coyuntural, más categóricamente española, que el mismo himno nacional que tararea distraídamente uno de los personajes en cierto momento del film de Aguilera. Está todo en ella. La caza nunca se acaba.

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