La primera catástrofe legendaria de la humanidad no fue un terremoto, un incendio o una inundación. Fue una confusión. Dios no destruyó Babel por un error de cálculo sino para acabar con el pluralismo, con la eventual reunión de todos en un proyecto común que rivalizaba con su gloria. Hizo que los hombres hablaran lenguas distintas y eso bastó para que la torre-ciudad colapsara. Allí donde había un propósito colectivo —elevar una torre hasta el cielo— apareció de pronto el ruido, la incomprensión, la fractura del discurso. Aparecieron las lenguas y la diversidad. En Babel, Dios no castigó tanto la soberbia técnica como la ilusión de que el mundo puede convivir con distintos relatos que manen del pueblo. Y los aplastó todos enviando un relato único a los constructores de ciudades —etimológicamente, de civilización—: solo su voluntad cuenta y la vida urbana es una amenaza para ella. Las siguientes fueron Sodoma y Gomorra, algo entre Torremolinos y Las Vegas, donde la gente se divertía a su manera, sin el concurso de la fe.
Durante siglos, toda desgracia exigió una explicación moral. Si una ciudad ardía, alguien había pecado. Si el mar devoraba barcos, alguien había desafiado a Dios. El desastre no era un hecho, era un mensaje moral. El terremoto de Lisboa de 1755 clausuró ese mundo de forma sangrienta. Cuando la tierra tembló y murieron decenas de miles de personas en una ciudad cristiana y observante de la fe, el universo moral se vino abajo con los edificios. El mundo de Dios no sabía explicar por qué cayeron catedrales y sobrevivieron burdeles. No hubo distinción entre justos y culpables, el daño fue indiscriminado y por primera vez la civilización occidental tuvo que aceptar una idea insoportable: que el mal podía existir sin intención.
Lisboa puso contra las cuerdas la idea de la providencia divina como intérprete del mundo y, de hecho, muchos consideran que los textos de Voltaire y Rousseau sobre la desgracia en el estuario del Tajo son la chispa de la Ilustración. Porque Lisboa no inauguró la compasión, sino el método. A partir de entonces, las catástrofes dejaron de interpretarse y comenzaron a estudiarse. Apartaron a los arzobispos y a las beatas, y tomaron entonces la batuta la ingeniería moderna, la prevención, el cálculo, la estadística, los peritajes y los seguros. No para consolar a las víctimas, sino para reducir la probabilidad de otra desgracia. La modernidad no debía prometer sentido a lo que ya había ocurrido sino aprendizaje. Es decir, no centraba su mirada en la tragedia pasada sino en la que estaba por venir. La sociedad no se orientaría ya a la penitencia, al rezo y al luto, sino a evitar la repetición de la catástrofe. Puede decirse que, si Dios proveyó una masacre en Lisboa, las sociedades occidentales decidieron redoblar su desafío a Dios y en lugar de renunciar a construir ciudades, barcos y puentes, quisieron hacerlos más grandes, más orgullosos y más seguros. Y para ello decidieron usar la razón y no la fe. Las desgracias las minimizaría el cálculo y no la rectitud moral. El mundo contemporáneo sería una obra del hombre y sus avíos, no de Dios y sus caprichos. El hombre de la Ilustración, como el rey Theoden sobre la muralla del desfiladero de Helm contemplando las huestes de huruk-hai que lo rodeaban, le gritaba al Dios de los cristianos: "¿Esto es todo, Saruman? ¿Sólo esto puedes convocar?".
La sociedad regresa a Babel, a la interpretación moral de las desgracias en las que no hay responsables ni accidentes, sino culpables y plañideras, y el periodismo tiene el deber de comportarse como un sostén de la Ilustración
Aunque los historiadores, encariñados con lo político y lo bélico, suelen señalar la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa (1914-1917) como los hechos inaugurales del siglo XX, algunos filósofos y antropólogos adelantan la cita al 15 de abril de 1912, cuando el RMS Titanic se hundió en las gélidas aguas del Atlántico Norte. Murieron más de 1.500 personas no por un castigo divino ni por maldad, sino por la novedad histórica de que nunca antes había habido tanta gente concentrada en el mismo lugar, desplazándose al mismo tiempo, confiando en la misma máquina. Pese al relato moral que atribuye a la soberbia del armador el siniestro, lo cierto es que murieron 1.500 personas porque en el barco viajaban 2.200. Así de frío y simple. El hundimiento del Titanic no anuncia las guerras que trituraron la primera mitad del siglo pero con él nace el siglo de las masas, una centuria en la que los accidentes ya no serían individuales, sino estadísticos. Democráticos. Terriblemente democráticos.
Desde entonces, las grandes tragedias ya no tienen cifras bíblicas, sino humanas. No mueren héroes redentores o pecadores, muere la gente, muchísima porque somos muchos, porque nos movemos sin parar, porque el mundo contemporáneo es una coreografía permanente de cuerpos apretados y en tránsito. Solo desde que este oficiante nació, en mayo de 1971, hasta hoy, la población mundial se ha duplicado a la vez que el viaje, el turismo, el movimiento constante, se han democratizado. Los epidemiólogos dijeron hace ya más de veinte años que, si hubiera una mutación de algún virus relacionado con las gripes animales en cualquier rincón del mundo, su extensión sería inmediata y habría una pandemia mundial. No porque fueran adivinos, sino porque disponen de datos, cálculos y evidencias. Disponen de ciencia. El resumen de la modernidad es pues la frase del periodista Will McAvoy (Jeff Daniels) en la portentosa The Newsroom, de Aaron Sorkin. “Soy republicano, solo parezco liberal porque creo que los huracanes los causan las bajas presiones y no el matrimonio gay”.
Y sin embargo, frente a esa realidad material, una parte de este oficio, hijo legítimo y torcido de la Ilustración, parece estar regresando al lenguaje anterior a Lisboa, un viaje a la noche, al discurso moral, a la contrición y al atavismo, como una versión siniestra, desquiciada y beata de la novela de Pascal Mercier Tren nocturno a Lisboa. Se estremeció el arribafirmante al escuchar a una compañera decir estos días, con la mejor intención, que el deber de la investigación del accidente de Adamuz es proporcionar “a las víctimas la verdad a la que tienen derecho”. La población en general tiene derecho a que sus instituciones no les mientan y sean transparentes con la información de que disponen, es evidente, pero su deber para con las víctimas y sus familias es el consuelo, la asistencia y, en su caso, la reparación e indemnización. Ninguna de ellas es función de los peritos, policías científicos, ingenieros y técnicos que investigan el accidente, porque el propósito de la investigación es evitar que se repita. Es decir, el deber de la investigación es con el resto de la sociedad. De algún modo justamente las víctimas y sus familias son las que menos pueden esperar de ese informe, pues nada puede cambiar lo que ya ha ocurrido. La investigación sí puede cambiar, y debe hacerlo, lo que aún no ha ocurrido y no debe ocurrir, como sabemos por la historia de la aviación comercial: la paradoja terrible es que son los accidentes lo que en mayor medida mejoran la seguridad de las infraestructuras.
Asistimos a una época en que cada accidente ferroviario, cada siniestro, cada meteoro activa de inmediato una pulsión premoderna, la necesidad de culpables antes que de causas, de relatos antes que de informes (…), de sospecha antes que de conocimiento
Y sin embargo asistimos a una época en que cada accidente ferroviario, cada siniestro, cada meteoro activa de inmediato una pulsión premoderna, la necesidad de culpables antes que de causas, de relatos antes que de informes, de conclusiones morales antes que técnicas, de sospecha antes que de conocimiento. El cinismo ha adquirido prestigio moral e intelectual y desconfiar hace a alguien pretenderse lúcido, mientras que esperar datos es parecer cómplice. Las investigaciones técnicas ya no se presentan como lo que son —instrumentos para mejorar la seguridad y fijar responsabilidades jurídicas y materiales— sino como ceremonias destinadas a “dar verdad” a los afectados. Porque esa verdad pretendida no es científica ni causal, es una verdad emocional que ha de calmar la angustia de vivir en un mundo sin garantías morales.
Vivimos un tiempo en el que la desconfianza se ha convertido en virtud moral. No importa hacia dónde apunte —el Estado, las empresas, los técnicos, las instituciones, el azar…— porque sospechar te sitúa del lado del bien. El que pide prudencia parece ingenuo, el que espera al informe técnico parece frío, incluso inmoral. La sospecha ya no es una herramienta epistemológica —como lo fue para la Ilustración el escepticismo— sino una identidad moral. Y una parte del periodismo, atrapado en esa lógica de mercado emocional, ha acabado abrazando ese cinismo. Del algún modo, no investiga mejor, pero desconfía más alto.
Así, el periodismo, imbuido de una suerte de luto pacato, se siente tentado de abandonar el método para ofrecer consuelo. De secundar a la plañidera en lugar de escuchar al forense. Y sustituye el informe por el testimonio, el aprendizaje por la lágrima, la precisión por el golpe de pecho, la explicación por la insidia. Y sin quererlo, vuelve a Babel: al ruido de lenguajes morales incompatibles donde todo significa algo y nada puede comprobarse del todo. Pero sabemos, con datos ciertos, que la seguridad de los viajes, la medicina, incluso la seguridad ciudadana son las mayores que ha conocido la especie. Solo hay más gente, más movimiento, más densidad. Más vida expuesta. Aceptar eso exige una madurez moderna que cuesta sostener, la de asumir que no todo daño es un mensaje, que no toda muerte tiene villano, que no toda tragedia exige un relato redentor. Lisboa nos enseñó a pensar el desastre. Babel nos recuerda lo fácil que es perder el lenguaje común del arquitecto. Y el Titanic nos advierte de que la era de las masas multiplica el daño sin necesidad de que concurra maldad.
El periodismo nació para habitar ese mundo sin dioses explicativos, para trabajar con hechos, no con consuelos, para incomodar cuando no hay moraleja, para sostener el frío de la causa cuando el público reclama el calor emocional del pésame, para disponer de peritajes en lugar de correr a linchar a un pecador. Si el accidente deja de ser un problema técnico y pasa a ser una narración ética, el periodismo se convierte, sin darse cuenta, en un sacerdocio que pone un foco obsesivo en las víctimas —no en su protección, sino en su exposición— y eso no es compasión sino telefilme.
Voltaire dijo sobre Lisboa que si Dios existe no parece tener contabilidad moral. Quizá el verdadero accidente contemporáneo no sea ferroviario ni técnico, quizá sea cultural y consista en haber olvidado por qué, después de Lisboa, decidimos dejar de buscar culpables en el cielo y empezamos a buscar explicaciones en la tierra. Que el error es más frecuente que el pecado. Que la torpeza o el descuido son mucho más habituales que la maldad. Lo contrario es un viaje a una noche profunda y larga, a un mundo anterior a Lisboa, un mundo supersticioso, oscuro y timorato gobernado por orondos orantes que dicen hablar en nombre de un dios caprichoso y sanguinario. En nombre de un asesino.
La primera catástrofe legendaria de la humanidad no fue un terremoto, un incendio o una inundación. Fue una confusión. Dios no destruyó Babel por un error de cálculo sino para acabar con el pluralismo, con la eventual reunión de todos en un proyecto común que rivalizaba con su gloria. Hizo que los hombres hablaran lenguas distintas y eso bastó para que la torre-ciudad colapsara. Allí donde había un propósito colectivo —elevar una torre hasta el cielo— apareció de pronto el ruido, la incomprensión, la fractura del discurso. Aparecieron las lenguas y la diversidad. En Babel, Dios no castigó tanto la soberbia técnica como la ilusión de que el mundo puede convivir con distintos relatos que manen del pueblo. Y los aplastó todos enviando un relato único a los constructores de ciudades —etimológicamente, de civilización—: solo su voluntad cuenta y la vida urbana es una amenaza para ella. Las siguientes fueron Sodoma y Gomorra, algo entre Torremolinos y Las Vegas, donde la gente se divertía a su manera, sin el concurso de la fe.