Una tragedia debería ser una frontera, una aduana ideológica que no pudiese cruzarse con banderas en la mano; tendría que ser un pegamento, algo que uniera a propios y extraños en el respeto a las víctimas y a sus familias. Para investigar siempre hay tiempo, pero no se debe perder un minuto en ofrecer consuelo a los damnificados. Sin embargo, ha sucedido la debacle ferroviaria de Adamuz, Córdoba, con treinta y nueve fallecidos hasta el momento, y ya hay quien ha tratado de desenfundar antes que nadie y ser el primero en sacar tajada política de lo ocurrido en la misteriosa Sierra Morena. Será que lo importante para algunos es manejar el relato, como le decía Feijóo a Mazón tras la dana mortal de Valencia: “Lidera informativamente, lleva la iniciativa de la comunicación... Es la clave”. Al final fue una clave ardiendo que le quemó la mano.
Ya hay quien ha tratado de desenfundar antes que nadie y ser el primero en sacar tajada política de la debacle ferroviaria ocurrida en la misteriosa Sierra Morena
Las circunstancias del suceso aún son enigmáticas, por ahora hay más preguntas que certezas; se debate si fallaron las infraestructuras o hubo un error humano; por qué todo ocurrió de forma inexplicable en un tramo aparentemente poco peligroso, donde la velocidad está limitada a 250 kilómetros por hora y los dos vehículos siniestrados iban a 205 y 210; si el frenado automático no se activó porque no tuvo tiempo o qué clase de desajuste mecánico pudo producirse en unos trenes que, si no se demuestra lo contrario, parece que habían pasado las revisiones pertinentes a su debido momento. Sin embargo, ya se sabe también que la operadora Adif avisó en los últimos meses en sus redes sociales de varias incidencias técnicas detectadas en ese tramo de alta velocidad que hablaban de problemas con la señalización y la catenaria. Lo que está fuera de discusión es que algo no funcionó y que el resultado de esa anomalía ha sido desolador.
El líder de la ultraderecha, Santiago Abascal, quiso ser el más rápido del oeste y, con los vagones aún echando humo, escribió en X: “Por desgracia, y lamento decirlo, como en tantas catástrofes que nos han golpeado estos años, no puedo confiar en la acción de este Gobierno. Nada funciona bajo la corrupción y la mentira”. No se puede ser más oportunista, por usar una palabra que las y los lectores de este artículo pueden sustituir por la que consideren más apropiada y que mejor define la actitud del jefe de Vox, que va en las encuestas cuesta abajo, con viento a favor y subiendo.
Sabemos que un Iryo que realizaba el trayecto Málaga- Madrid, con trescientos diecisiete pasajeros a bordo, descarriló por algún motivo, invadió la vía contigua y arrolló a un Alvia 2384 que hacía, en sentido contrario, el trayecto Madrid-Huelva. Pero podemos, tal vez, preguntarnos si algo puede tener que ver el exceso de trenes que hay en nuestra red desde que se abrió a otras compañías distintas de Renfe. Uno anda siempre de estación en estación y a veces miras el tablero electrónico donde se indican las próximas llegadas y salidas y ves que de la ciudad en la que estás parten hacia la capital un Ave, un Iryo y un Ouigo en un espacio de media hora o poco más. ¿No estarán saturadas las vías y de la competencia a la incompetencia habrá un paso que puede ser hacia el abismo?
Ojalá mientras llegan las respuestas la sociedad en su conjunto sepa estar a la altura del dolor de las víctimas.
Una tragedia debería ser una frontera, una aduana ideológica que no pudiese cruzarse con banderas en la mano; tendría que ser un pegamento, algo que uniera a propios y extraños en el respeto a las víctimas y a sus familias. Para investigar siempre hay tiempo, pero no se debe perder un minuto en ofrecer consuelo a los damnificados. Sin embargo, ha sucedido la debacle ferroviaria de Adamuz, Córdoba, con treinta y nueve fallecidos hasta el momento, y ya hay quien ha tratado de desenfundar antes que nadie y ser el primero en sacar tajada política de lo ocurrido en la misteriosa Sierra Morena. Será que lo importante para algunos es manejar el relato, como le decía Feijóo a Mazón tras la dana mortal de Valencia: “Lidera informativamente, lleva la iniciativa de la comunicación... Es la clave”. Al final fue una clave ardiendo que le quemó la mano.