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Las estupideces son lo contrario del dentífrico, ensucian la boca de quienes las repiten

El ambiente está crispado, como siempre que se acercan elecciones, y el tono de algunos discursos ha subido tanto que se podría tocar el contrabajo en las cuerdas vocales de algunos oradores, que hacen ruido para irritar a quienes los oyen, aunque no los escuchen, convencidos de que el estrépito incita a la violencia, que es su as en la manga, su baza ganadora: si la gente está muy enfadada, seguirá las huellas del envenenador y le dará su voto. Son los apóstoles de la algarabía, la secta de la tristeza, los mensajeros de la ira. Nada de lo que va bien les interesa, jamás van a reconocer que el adversario vaya a conseguir algún logro: si los números dicen que sí, demuestran que España resiste, al menos por ahora y mejor que otros países de nuestro entorno, el vendaval causado por la suma de la pandemia y la guerra; y algunas de sus iniciativas, ridiculizadas aquí por sus enemigos, ahora se repiten en Europa, donde se conmina a subir los salarios porque los beneficios han sido numerosos, o en Estados Unidos, donde la Casa Blanca instiga una subida de impuestos a las grandes corporaciones y fortunas. Aquí, se equivoquen o acierten lo niegan todo, tergiversan las cifras y elevan aún más el volumen. Tal vez porque por mucho que se pasen de la raya, no les paran los pies. Si llegan demasiado lejos, nos tendremos que arrepentir de no haber dicho basta.

Por ejemplo, dice en una de sus intervenciones, siempre torpes y rufianescas, el inenarrable líder de la ultraderecha socia de la derecha, que “en el Consejo de Ministros se sientan unas perturbadas y corruptoras de menores”… y aquí no pasa nada, para estas cosas no hay fiscalía que valga. ¿Se pueden tolerar, entonces, esos insultos soeces? ¿Hay sitio para matones en una democracia? ¿No daña la convivencia esta impunidad que parecen tener determinados sectores de nuestra política y sus correveidiles? Tampoco pasó nada porque una banda de energúmenos acosara durante meses la casa del entonces vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, y la ministra Irene Montero, sin duda aterrorizando a sus hijos. Ni sucede gran cosa si otro descerebrado con cargo público o una diputada de la oposición la acusa de haber llegado a su cargo por razones que me niego a repetir: las estupideces son lo contrario del dentífrico, ensucian la boca de quien las propaga.

 ¿Quién da aquí las lecciones? ¿La presidenta de la Comunidad de Madrid, cuya familia hace grandes negocios con el dinero público que ella reparte, mientras se ríe de los colectivos LGTBI o hace chistes sobre la paridad, que dice no apoyar? Claro, si aún no se ha dado cuenta de que la Navidad y la Semana Santa no son “periodos estivales”, como los ha llamado, qué le vamos a pedir en otros terrenos. La arrogancia suele ser una cortina de humo: la atraviesas y detrás no hay nada, el fuego está en otro sitio, bajo la olla donde se cuecen los negocios a veces oscuros.

Sobran mediocres y se echan en falta personas con capacidades intelectuales reseñables. Hay más eslóganes y menos ideas. Sobra chulería y escasea la cortesía

Ayuso y el resto de su partido siguen repitiendo que el actual Gobierno es “ilegítimo”, como si no hubiera salido de las mismas urnas, y lo acusan de todos los delitos e incompetencias habidas y por haber. Mientras, la Audiencia Nacional sigue preparando los juicios por corrupción que le esperan al Partido Popular, que ya ha sido tres veces condenado, y van apareciendo nuevas muestras de lo que ocurre cuando ellos gobiernan: a otro de sus dirigentes carismáticos, su antiguo líder en Cataluña, el antiguo alcalde de Badalona y candidato de la derecha, Xavier García Albiol, la justicia le pide dos años y diez meses de cárcel, y diez años de inhabilitación, por un delito continuado de prevaricación urbanística y medioambiental. Lo de siempre. Y en Marbella pasa lo que pasa con la alcaldesa, enriquecida de manera injustificable, y de la que no dicen nada en su formación, cuatro vaguedades y “Sánchez, Sánchez, Sánchez, / te odio y tú lo sabes”, por decirlo con la música del estribillo de Carmen, una canción del verano del grupo Trébol, que, eso sí, acaba con unos versos a tener en cuenta: “No hagas caso, por favor, / no hagas caso, que es mejor.” Núñez Feijóo, que algún narcocorrido habrá bailado en el yate de los amigos, no la va a defender, como hizo su predecesor M. Rajoy cuando proclamó a los cuatro vientos que Rita Barberá, que en paz descanse, era la mejor regidora de España y que le gustaría hacer con toda la nación lo que ella hacía con Valencia. Luego, cuando las sombras le cayeron encima, la dejaron sola, empezaron a cruzarse de calle al verla venir. Es recomendable leer La presidenta, de Alicia Giménez Bartlett. Es una novela, pero dice cosas que merece la pena pensar.

La política se ha puesto muy fea, sobran en ella malos modales y faltan argumentos. Sobran mediocres y se echan en falta personas con capacidades intelectuales reseñables. Hay más eslóganes y menos ideas. Sobra chulería y escasea la cortesía. Si, al menos en parte, su espejo civil son las redes sociales, eso demuestra hasta qué punto la falta de respeto, la música de las jaurías y el odio al diferente han calado en una parte de la población que corea con entusiasmo cada vejación, cada calumnia, cada linchamiento verbal. Cuidado, que el monstruo siempre termina atacando a quienes le dan de comer. De momento, lo exhiben en un circo, que es en lo que van a transformar el Congreso los ultras con su ridícula moción de censura encabezada por Tamames, una simple pérdida de tiempo con aires de vodevil de los malos. No se toman en serio ni a ellos mismos. No te los tomes tú.

            

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