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La lección de Francia que tampoco aprenderá Feijóo

En Francia la gente ha despertado a tiempo y las y los votantes lo han dicho alto y claro: no quieren a la ultraderecha y sus mentalidades reaccionarias en el Gobierno. Qué bueno que la realidad se haya parecido tanto al final del poema más célebre de Paul Éluard: “Sobre la salud que regresa, / sobre el riesgo desaparecido, / sobre la esperanza sin recuerdo, / escribo tu nombre. / Y por el poder de una palabra reinicio mi vida. / Nací para conocerte, / para nombrarte, / Libertad”. Porque el neofascismo que recorre Europa es justo lo contrario: un himno a la barbarie, una oda contra los derechos de las personas, un canto a la desigualdad.

La segunda plaza lograda por el partido de Macron, que disolvió la Asamblea no se sabe muy bien para qué, ha aguantado el tipo y su resistencia deja también claro el mensaje del electorado conservador: “macronismo”, sí; “matonismo”, no. El presidente de la República lo habrá entendido si, pese a lo complejo de la situación, no duda hacia dónde girarse ahora que tiene a un lado al Frente Popular y al otro a Reagrupamiento Nacional, dos términos, “frente” y “reagrupamiento”, que desprenden un inquietante aroma de guerra. Y lo mismo puede decirse de los nuevos aliados: si no evitan el baile de las escisiones, los debates internos, las luchas por imponerse a los socios, especialmente a la Francia Insumisa del euroescéptico Jean-Luc Mélenchon, los extremistas regresarán con más descontentos en sus filas. Ojalá que los elegidos no estropeen lo que les han arreglado los electores y no conviertan la Torre Eiffel en una torre de naipes: si cometen ese error, el lobo ultra soplará hasta hacerla caer.

Núñez Feijóo debería interpretar lo ocurrido en Francia como un aviso para navegantes, en lugar de seguir yendo de la mano de Vox. Le Pen y Bardella han fracasado y él volverá a hacerlo si sigue jugando a dos barajas, según a qué lado de los Pirineos le pongan un micrófono delante

En España, si nos movemos hacia la famosa lectura interna, Núñez Feijóo debería interpretar lo ocurrido en Francia como un aviso para navegantes, en lugar de seguir yendo de la mano de Vox. Le Pen y Bardella han fracasado y él volverá a hacerlo si sigue jugando a dos barajas, según a qué lado de los Pirineos le pongan un micrófono delante. Su último mensaje, en relación a la batalla del Eliseo, asegurando que “Europa siempre se ha construido desde la moderación” y que “el centro político debe unirse para evitar que los extremistas dirijan su futuro”, se la ha dejado botando a la vicepresidenta y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, que le ha respondido que “la derecha francesa, a diferencia del Partido Popular, impide que la extrema derecha alcance el poder” porque sus líderes “son demócratas y están a la altura.” Luego le ha dado un consejo: “Predique con el ejemplo: rompa gobiernos con Vox en ayuntamientos y Comunidades Autónomas”. No lo hará, le falta valor y le sobran Ayusos.

Por cierto, que en Francia no podría llevarse a cabo la táctica del bloqueo que practican aquí, o al menos lo intentan, el propio Núñez Feijóo y Puigdemont, porque allí prohíbe la Constitución repetir unas elecciones hasta pasado un año. Y un país que es la segunda economía del continente no se puede permitir esos devaneos.

En Francia ha ganado el Frente Popular y en Reino Unido se ha producido una victoria contundente de los laboristas. La izquierda y sus alrededores despiertan. En España, el Tribunal de Cuentas ha impuesto a Vox una sanción de 233.324,22 euros por financiación irregular, con motivo de sus colectas para querellarse contra rivales políticos, algo que, como se les había avisado, por si eso tampoco lo sabían, es ilegal. Los números, a veces, son una gran pista, tanto los que desaparecen como los que no. 

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