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Qué ven mis ojos

Los indecisos no lo son, lo están, y quién podría culparlos

                                                                                                                                                                                                                                                                          "Ser desconfiado puede ser una virtud o un defecto, según sea o no de fiar la gente que te rodea”.

Ha empezado la remontada, dice Pablo Casado, el líder del PP. Ha empezado la reconquista, dicen en Vox. La diferencia entre los dos es que uno duda de las encuestas y otros confían en lo ecuestre, la campaña a caballo que dicen los sondeos que los va a hacer entrar al galope en el Congreso y rodeados de banderas. No hay problema, ni se entiende tanto miedo a esa ultraderecha que es la de siempre, sólo que medio metro adelante, lo que constituye un pequeño paso para la humanidad, pero grande para sus jefes, tanto los que llevan toda la vida viviendo de lo que les daban en la calle Génova y otros que quieren su trozo de tarta. El resumen es que al PP esta gente antes le comía de la mano y ahora se le ha ido de las manos, pero cerca, a tiro de piedra. Están todos en el mismo barco o van a conquistar lo mismo, como la Pinta, La Niña y la Santa María.

Hoy blanco y mañana negro, hoy bajaré las pensiones y mañana también los impuestos, Casado dice cualquier cosa, al estilo de Albert Rivera, porque su idea de la política es esa y se ha agudizado a partir del momento en que ambos han visto que desde que se juntaron en la plaza de Colón el camino al 27 de mayo es cuesta arriba. Ahora, el sucesor de Mariano Rajoy dice lo único que puede decir: que los muestreos no hay quien se los crea y que lo único que él se cree es lo mismo que Podemos: que con el número de personas que se declaran indecisas, nada está decidido. Hay que darles la razón a los dos y romper una lanza justo a favor de eso, de los indecisos, que depende del color del cristal con el que se los mire, pueden ser los más listos o los más inteligentes, los que representan un sentimiento muy extendido entre la ciudadanía: el de la desconfianza, el que hace que tantas y tantos afirmen de puertas para dentro que van a ir a votar más por esperanza que por convencimiento, como diría el poeta Ángel González, porque ninguno de los candidatos les convence al cien por cien; y si hacemos caso a las notas que les ponen, tampoco al cinco por ciento. Así que aquí sólo lo tienen claro quienes llevan camiseta, escudo y carnet, la militancia más fiel a cada cual, y el resto nada en un mar de dudas, quizá porque ya se han visto demasiadas veces con el agua al cuello. Un respeto a los indecisos, que no lo son, lo están, como siempre que a alguien se le da a elegir entre el hambre y las ganas de comer, y en cualquier caso, la culpa no es suya, sino de quienes no los ayudan a decidirse, los que generan más dudas que entusiasmo.

En unas elecciones no sólo importa lo que acaba dentro de las urnas, es igual de relevante el por qué de cada papeleta y el cómo ha llegado allí, sobre todo en un país acostumbrado al incumplimiento de las promesas y al engaño continuo. Y también pueden llegar a ser decisivos los debates, porque en ellos los aspirantes forman un baile de disfraces al revés, que consiste en desenmascarar al adversario. Es cierto que los tiempos están medidos hasta la liofilización y que en general se deja bastante poco espacio a la improvisación y el cruce de argumentos; pero aún así, es precisamente en esos espacios en blanco, en esos ángulos muertos, donde los oradores suelen jugarse la victoria y la derrota, que tal vez no conlleve una pérdida o ganancia sobresaliente de apoyos, pero que sí puede ser definitiva más adelante, a la hora de los pactos y digo diegos donde dije digo: cualquiera que haya prestado atención a lo que ha ocurrido en los últimos tiempos en España, sabe que una minoría, por pequeña que sea, puede tener la llave de la gobernabilidad de una región o un país. La democracia es eso, aunque haya quien sólo lo entiende cuando le conviene.

Estamos en una cuenta atrás, pero aún queda mucho tiempo para decidir qué nos gustaría a cada una y cada uno que pasara los próximos cuatro años. Los indecisos esperan compromisos, pero también proyectos e ideas que puedan convertirse en soluciones a sus problemas, que debería ser lo que estuvieran buscando, no hacerse con el poder a toda costa, por cualquier medio, al precio que sea y a dúo o trío con quien sea. Hacen bien quienes se lo piensan, porque cuanto menos fácil tengan su respaldo quienes se lo piden, más tendrán que trabajárselo y, en el futuro, más tendrán que temer a las hemerotecas, que vuelven transparentes las mentiras. Porque al final, da lo mismo el hambre que las ganas de comer, mientras una urna llena no acabe convirtiéndose en millones de neveras vacías.

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