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El Gobierno busca fórmulas para garantizar que la enmienda de ERC no afecte a la lucha contra la corrupción

El problema es que los mercaderes son los dueños del templo

La realidad es lo contrario de muchas cosas, desde la justicia a la lógica o la razón. Por ejemplo, es posible que una persona afirme categóricamente algo y lo contrario, y jure ser sincero en las dos ocasiones, con lo cual transforma los antónimos en sinónimos; o que sus actos contradigan sus palabras hasta en lo más sagrado y con tanta frecuencia que explique por qué, en el terreno de lo espiritual, la hipocresía tiene sus propias frases hechas: a Dios rogando y con el mazo dando; una cosa es predicar y otra dar trigo... Seguro que las dos valen para definir a gente que conocen y, desde luego, son una fotografía de todas esas personas en quienes están pensando. En la mitología cristiana, Jesús expulsa del templo, a latigazos, a los mercaderes, derriba “a todos los que vendían y compraban allí, y los bancos de los cambistas y las jaulas de los que vendían las palomas”, mientras les grita: “Mi casa será llamada casa de oración y vosotros hicisteis de ella un centro de ladrones". Pero la realidad también es lo contrario de la religión, y el problema de nuestro mundo es que aquí los mercaderes son los dueños del templo.

Es curioso que en nuestras sociedades suelan llevar la bandera de la moral y presentarse como defensores de la fe los mismos que ejercen la usura, no practican la solidaridad y son la voz cantante de la avaricia. Más de uno con mando en plaza y que ha acabado en la cárcel por ladrón, lanzaba proclamas de ahorro, moderación y sacrificio mientras saqueaba sus propias empresas y acumulaba una fortuna en paraísos fiscales; otros se oponen hoy a la subida del salario mínimo al mismo tiempo que ganan sueldos astronómicos con el periodismo o son cargos públicos que cobran cien veces lo que los jubilados cuyas pensiones se oponen a que se suban. Y mientras, tocan las campanas. Quien afirmó que no se podía estar a la vez en misa y repicando también nos engañó.

El Gobierno ha aprobado el cobro de unos impuestos especiales para las grandes compañías energéticas y la banca. Unas y otras recaudan millones, las primeras exprimiendo al consumidor, obligado a desembolsar cantidades estratosféricas por un producto de primera necesidad que debería valer el veinte por ciento de lo que vale, como mucho, y, en mi opinión, ser estatal, pero en lugar de eso ejecuta un saqueo puerta a puerta cuyo resultado es que sus directivos ganan decenas de miles de euros al día. Han leído bien: al día. Alguno de ellos es también un firme defensor de los recortes, la flexibilidad en los despidos y las medidas que conlleven sacrificios sin fin de las y los trabajadores “para que no colapse el sistema”. Se puede tener más cara, pero ya habría que ser una de las cabezas del monte Rushmore, en Dakota del Sur.

El mundo va mal porque está en malas manos, sólo por eso. No seamos nosotros quienes les pongamos los anillos de piedras preciosas en los dedos

El famoso relato, la manera en que lo que sucede se cuenta y, a base de repetirlo, se da por hecho, siempre lo imponen quienes más poder manejan y más dinero tienen, porque disponen de canales por los que transmitir su doctrina, de porteadores que les saquen en procesión y de personas que, unas de buena fe y otras a cambio de algo, los secundan y vitorean. Que algunos de esos partidarios sean a la vez sus víctimas es uno de los grandes misterios de nuestra época, porque una cosa es que haya desaparecido lo que en algún momento se llamó conciencia de clase y otra muy distinta hacerles de limpiabotas a quienes nos pisotean. A mí ya no me convencía lo de poner la otra mejilla, así que ni hablamos de aplaudir a los que nos dan bofetadas, que son cosas opuestas, por mucho que el sonido que hacen sea parecido. Que, además, nueve de cada diez veces los adalides de la desigualdad se cuelguen del cuello la medalla de mujeres y hombres piadosos, ya es de nota. “Porque nunca he querido dioses crucificados, / tristes dioses que insultan / esa tierra ardorosa que te hizo y deshace”, escribió Luis Cernuda, y los grandes poetas nunca te engañan.

Tal vez, la nueva crisis que se avecina para cuando las playas se vacíen y las luces de los hoteles y los bares de la costa se apaguen se afronte de otra manera, sin abandonar a su suerte a los más débiles para defender a los más fuertes, que ya están ganando cantidades ofensivas, aquí y ahora: los bancos a los que se impone la nueva contribución han ganado miles de millones en el primer semestre del año, algunos mil ochocientos y pico hasta marzo y otros dos mil cuatrocientos de ahí a junio, al mismo tiempo que los pequeños ahorradores que tenían un modesto remanente en sus cuentas, perdían y perdían. “La situación”, les explican, “la guerra en Ucrania”, “los imponderables…” Las grandes cajas fuertes se llenan mientras las huchas se vacían. Y qué decir del gas, la luz y los carburantes, que se han convertido en un secuestro.

El mundo va mal porque está en malas manos, sólo por eso. No seamos nosotros quienes les pongamos los anillos de piedras preciosas en los dedos.

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