Salvo en los casos en que sus resultados son catastróficos, los partidos suelen declararse vencedores o contentos tras unas elecciones: los que han ganado, los que no pero podrían gobernar, los que van terceros pero han subido en número de votos…
El Partido Popular ha ganado las elecciones, lo dicen sus treinta y tres escaños y es notable que siga acumulando victorias después de cuatro décadas en el poder; pero le ha ocurrido en Castilla y León lo mismo que recientemente en Extremadura y en Aragón: sigue dependiendo de la ultraderecha, no puede continuar al mando sin su apoyo y sin las concesiones que le hará, porque aquí nadie te da gratis ni la hora. Y es eso o nada, porque el reelegido Mañueco, obediente a la estrategia que viene de la calle Génova –Sánchez, Sánchez y más Sánchez–, lo dejó claro en su discurso, que consistió en afirmar primero que se reuniría con todas las formaciones y después que con el PSOE no tenía una palabra que hablar. O sea, lo de que todo es verdad, salvo alguna pequeña cosa. El PP ha triunfado como la Coca-Cola, pero en realidad nada ha cambiado para la formación.
El PSOE también ha subido, no se ha desplomado como pronosticaban tantos sondeos, muchos de ellos encargados por quienes critican al CIS pero que a la hora de la verdad no han dado pie con bola, mientras que Tezanos lo ha vuelto a clavar. Eso sí, el partido de la calle Ferraz llegó a soñar darle la vuelta a la intención de voto con un giro a lo Zapatero, pero se ha quedado con la miel en los labios y seguirá en la oposición. O sea, han salvado la honra, pero han perdido.
Vox mantiene la posición, sube también como PP y PSOE, él, un escaño, ellos, dos, y sigue teniendo la llave en la mano, pero no alcanza el veinte por ciento que perseguía y en Castilla y León ha pinchado un poco en hueso. Tal vez las purgas de su líder, que se ha fumigado a casi toda la vieja guardia del partido, le ha pasado factura, entre otras cosas porque cada una y cada uno de los que echa a la calle, nada más caerse del caballo, ve la luz y se va denunciando gravísimas irregularidades contables que acaban en los bolsillos del jefe. Estamos, desde luego, en el territorio del presuntamente, pero es cierto que ese río ya ha sonado tantas veces que igual alguna fiscalía o juez debieran de haberlo oído pasar.
Parece que en la izquierda ha regresado el bipartidismo y a la derecha le ha llegado el tiempo de la escisión: el mundo al revés
Y qué decir de Unidas Podemos, Izquierda Unida/Sumar y otros que se han quedado fuera del Parlamento autonómico, mientras las organizaciones más locales tendrán una presencia casi testimonial. Parece que en la izquierda ha regresado el bipartidismo y a la derecha le ha llegado el tiempo de la escisión: el mundo al revés. De todos modos, no tendrán más remedio que entenderse: los seres bicéfalos pueden morderse uno al otro, pero las dos cabezas están condenadas a comer del mismo plato.
Uno ha ganado, todos han perdido y todos dan lecciones, hasta el histriónico, histérico e hiperbólico Milei, que viene a Madrid a insultar al Gobierno y a su presidente “que imposibilita la creación de empresas y el crecimiento económico”, cuando en la Argentina que él está destruyendo cierran veintiocho empresas diarias y en España se crearon casi ciento treinta mil el último año. Sus compis ultras, eso sí, le aplauden a él lo mismo que a Trump, a Netanyahu y a cualquiera que ataque a nuestro país: no hay peor astilla que la del mismo palo.
Salvo en los casos en que sus resultados son catastróficos, los partidos suelen declararse vencedores o contentos tras unas elecciones: los que han ganado, los que no pero podrían gobernar, los que van terceros pero han subido en número de votos…