La ultraderecha es un caballo de Troya que se ha comido a sus carpinteros

El día siguiente del Día del trabajo es una jornada normal, en el mal sentido de la palabra, para las personas con problemas: la crisis sigue ahí, con sus mil nombres. Cuando no es el rescate del sector financiero, es una pandemia y, cuando no, la invasión de Ucrania, pero el resultado siempre es el mismo: que el dinero les falta, los precios suben y llenar la nevera es un calvario, con lo que ganan no es que no lleguen a fin de mes, es que, estirando mucho cada euro, les da para una quincena. Por arriba, les piden moderación salarial quienes cobran, de media, setenta y cinco veces más que ellos, gente que en algunos casos gana millones. Las y los ciudadanos humildes son las víctimas de un sistema piramidal que, como todos ellos, va reduciendo poco a poco las opciones a sólo dos: faraones o esclavos. El verdadero enemigo de los poderosos es la clase media, contra ella maniobra día y noche el neoliberalismo y azuza a sus cortesanos.

Lo más extraño del caso es que mucha gente, es de suponer que, en gran medida, más empujada por la desesperación que por la ideología, se vaya hacia el neofascismo y sus alrededores, a ver si ahí hay alguna solución. Es una ingenuidad y también una temeridad, porque ya vemos lo que hay en ese mundo: vividores, beneficiarios de chiringuitos políticos, condenados por el Tribunal Supremo por no pagar las reformas de sus mansiones, futuras arquitectas que firman planos sin tener la titulación necesaria… Su antiguo líder en Andalucía, donde ahora presentan a una de sus candidatas más pujantes, lanzó una consigna astuta, diciendo que su partido no era “de extrema derecha, sino de extrema necesidad”, pero, más allá de los eslóganes, es un juez condenado por prevaricar y al que se persiguió por malversación y fraude: más de dos millones y medio en subvenciones. Terminó reclamando una indemnización de medio millón de euros, que también le fue denegada. ¿Se puede, al mismo tiempo, una cosa con cada mano, saquear y salvar el país? Hay quienes deben de creer que sí, porque los votan.

No hay que menospreciar el poder de esos infiltrados en la democracia, que es exactamente lo que son, porque ya vemos que parecían muy ridículos, pero han llegado a presidentes

La fuerza de la ultraderecha es la debilidad de la derecha moderada, cuyo jardín se ha llenado de unos caballos de Troya que hoy amenazan a los carpinteros que los construyeron y que ahora, de pronto, están en sus manos. Ellos los fabricaron igual que se fabrica un virus de laboratorio y hoy se ven a sus pies, atados de pies y manos, atenazados por la pinza que les hacen propios y ajenos, porque en sus filas hay agentes dobles, mujeres y hombres que se parecen al adversario como dos gotas de agua, con lo cual les es muy fácil ser sus aliados: son lo mismo con otro nombre. No hay que menospreciar el poder de esos infiltrados en la democracia, que es exactamente lo que son, porque ya vemos que parecían muy ridículos, pero han llegado a presidentes en Estados Unidos y Reino Unido, en Italia y en Brasil. En el fondo, Putin es también, en gran parte, un invento suyo, como lo fueron Bin Laden o Sadam Hussein. Ellos crean los monstruos y ellos se ofrecen a librarnos de ellos, es una táctica vieja pero que aún funciona.

Las cosas van mal, eso es evidente. El mundo no ha aprendido nada ni del coronavirus ni de todas las guerras que sirvieron de prólogo a la actual, que no es nueva sino otra vez la de siempre y con una secuencia idéntica: un loco, unos intereses, una oligarquía, unas materias primas, el ansia de expansión, las bombas, los inocentes que caen… La batalla es la misma, lo único que cambian son las armas con las que se mata. El asesino, hasta hace poco, le pagaba campañas de intoxicación a quienes hoy fingen que se escandalizan, porque no les queda otra. Las pagaba, por cierto, con el mismo dinero que paga sus misiles y sus tanques: el que le damos a cambio de su gas, incluso ahora, mientras él aniquila un país de forma salvaje y amenaza al resto del mundo con su arsenal atómico. ¿Cuánta destrucción es necesaria para que nos demos cuenta de que las energías renovables que ya tenemos e infrautilizamos salvarían nuestro planeta en muchos sentidos, entre ellos el ecológico y el estratégico, librándonos de las cadenas que ponen sus dueños en Arabia Saudí o en Rusia?

El día siguiente al día del trabajo fue igual que todos los demás. No llovió dinero del cielo para quienes más lo necesitan, llovió pólvora sobre Ucrania. Aquí en España, en Andalucía, las encuestas auguran un buen resultado para la formación que le reía las gracias al criminal que dicen que la financió. Son los círculos viciosos del mal y hay que escapar de ellos. El nuevo jefe del Partido Popular, de momento, no parece que tenga la fuerza que se necesita para hacerlo y ya ha bendecido, aunque sea entre líneas, la unión con Vox. Ese no es un camino cualquiera, es el que va a dar al borde del precipicio.

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