Zapatero, el daño y las dudas

A la imputación de Zapatero le ha seguido el camino inverso. El día de la resaca ha sido peor que la explosión del urgente. La primera reacción fue de indignación, una defensa casi automática ante lo insólito de la imputación, los registros y esos cuatro delitos de corrupción. Una reacción de revuelta ante la sensación de “caza mayor” contra un referente ideológico de la izquierda. Despejado el paisaje de ese humo, se han ido asentando los titulares del auto. El “si esto es verdad, es una mierda” de Gabriel Rufián. Y las necesarias aclaraciones de una investigación donde no intervienen Manos Limpias, ni el corruptor Aldama.

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En las 88 páginas del escrito, el juez eleva a Zapatero a líder de una trama internacional, vértice de una red de sociedades sin actividad, y como la persona que, a través de sus contactos, habría influido en operaciones por valor de dos millones de euros. El auto es indiciario. Y “es jodido”, en palabras de Rufián. Que sea indiciario significa que no está en fase probatoria ni de procesamiento. De hecho, si existieran delitos flagrantes, lo habitual sería la detención. Y a Zapatero no lo han detenido, ni le han intervenido el móvil, ni han entrado en su casa. Y esta red jerárquica manejada por el presidente Zapatero es también la que necesite dibujar en el futuro el juez —en el auto no está—.

Las mismas preguntas que surgen al leer el escrito son las que ahora tendrá que aclarar la instrucción y responder Zapatero. ¿Hizo gestiones con funcionarios públicos que demuestren el tráfico de influencias? Por ahora, tampoco aparecen. ¿Intervino en la sociedad de Dubái? ¿Ayudó a Julio Martínez con el rescate de Plus Ultra? ¿Los 240.000 euros que cobraron sus hijas fue por maquetar informes? ¿Los 350.000 euros del presidente corresponden a sus prospecciones geopolíticas? Lo que sí constata el auto es la catadura del personaje de Julio Martínez y su papel en el rescate de Plus Ultra. El 1% de comisión por el rescate. Ese “vamos a follar aunque tengamos que pagar un poquitín”. Y follaron. Y están por devolver los 53 millones del rescate.

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La imputación a Zapatero abre necesariamente el debate sobre la falta de transparencia en el negocio de la influencia. ¿Dónde empieza el lobby y dónde el tráfico?

Para quienes cuestionan si Zapatero debe ser investigado, basta comparar la figura de Julio Martínez, “Julito”, con un narco. Si te juntas con un narcotraficante, haces negocios con él y su empresa te paga, lo mínimo esperable es una investigación. Tratar con una red así, te arrastra, te salpica o acabas dentro. El juez tiene que investigar si las malas compañías de Zapatero le han jugado una mala pasada o si el presidente es realmente uno de “sus panas”. Si el 1% de comisión que “Julito” pudo embolsarse de Plus Ultra es parte o no de los pagos

Y luego está la credibilidad de la justicia, ya despejada en el caso del juez Calama. La conducción temeraria del juez Juan Carlos Peinado ha causado un daño profundo a la credibilidad de la institución. Su ánimo prevaricador —entendido, según la RAE, como el de quien "pervierte las obligaciones de su oficio", para evitar querellas de quien además acostumbra a amenazar a los medios— ha erosionado esa confianza pública. La actuación de Manos Limpias o el desequilibrio de la balanza. Ahí está la sombra del caso Montoro, archivado con el visto bueno del fiscal anticorrupción Luzón, sumado al capítulo polémico de la fiscal a la que se avasalló para que no siguiera la causa, con material de sobra para investigar a fondo el tráfico de un ministro y sus colegas de despacho. 

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La imputación a Zapatero abre necesariamente el debate sobre la falta de transparencia en el negocio de la influencia. ¿Dónde empieza el lobby y dónde el tráfico? La ausencia de una regulación clara permite que una actividad legal, pero basada en lo más sensible —el intercambio de agendas, contactos, citas y la capacidad de influir en las decisiones de la Administración— se desarrolle en la sombra, sin mecanismos de control ni rendición de cuentas. La capacidad de penetrar en las decisiones del poder se hace en la sombra.

Falta también obligar a la transparencia de los presidentes de Gobierno. Nos hemos enterado en 2025 de que Zapatero cobraba como lobista. José María Aznar, Felipe González son como el rey emérito. Llegaron al poder en calidad de abogado e inspector de Hacienda y hoy son multimillonarios. Nadie sabe a cuánto asciende su fortuna, su patrimonio, ni por qué trabajos han cobrado tras dejar el cargo. 

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Pero de momento la imputación del presidente Zapatero no juega en esa liga. Y el camino de la investigación puede ser lento y doloroso.  

A la imputación de Zapatero le ha seguido el camino inverso. El día de la resaca ha sido peor que la explosión del urgente. La primera reacción fue de indignación, una defensa casi automática ante lo insólito de la imputación, los registros y esos cuatro delitos de corrupción. Una reacción de revuelta ante la sensación de “caza mayor” contra un referente ideológico de la izquierda. Despejado el paisaje de ese humo, se han ido asentando los titulares del auto. El “si esto es verdad, es una mierda” de Gabriel Rufián. Y las necesarias aclaraciones de una investigación donde no intervienen Manos Limpias, ni el corruptor Aldama.

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