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Para que exista una república no hay que vencer a los monárquicos, hay que convencerles

José Miguel Contreras

Mi opinión personal sobre la indignante actuación del exmonarca la escribí en esta misma columna hace unos meses, por lo que evito repetirla. Hay, sin embargo, nuevos hechos que requieren nuevos comentarios ante los que merece la pena detenerse:

Lo estamos partidizando todopartidizando. Parece lógico que lo referido al escándalo del emérito se politice. La monarquía está en la base de nuestro modelo constitucional. La dificultad radica cuando pasamos a partidizar los acontecimientos. Es decir, a valorar lo que ocurre desde los intereses particulares de cada formación política. Analizar los efectos de las aparentes tropelías que ha cometido Juan Carlos I durante años y años desde una perspectiva ideológica es hasta terapéutico. Hacerlo teniendo en cuenta las estrategias electorales de los partidos dificulta tener una imagen nítida de lo que ocurre.

La república no se puede imponer. La Constitución española fue fruto de un amplísimo consenso que hoy no se alcanzaría. Para superar una monarquía obsoleta y desgastada es indispensable que exista un amplio acuerdo que llegue por supuesto a la izquierda en su totalidad y alcance a una significativa parte de los votantes de Ciudadanos y del PP. La lógica indignación que se hace visible entre los republicanos convencidos debe ir unida a una razonable estrategia política. Para que en una España democrática exista una república hay que convencer a los monárquicos, no vencerles.

La confrontación es un callejón sin salida. Sólo hay un camino de solución para todos los problemas serios que afectan a nuestro país: la emergencia sanitaria, la crisis económica, el conflicto territorial o la subsistencia de la monarquía. Ese camino es el del diálogo y el acuerdo. No es una cuestión de buenismo. Es una cuestión de eficacia y pragmatismo. Para adoptar grandes decisiones como país que afectan a nuestro modelo de convivencia se requiere según la ley un amplísimo consenso. Y si se quiere cambiar esa ley, también es imprescindible ese mismo acuerdo transversal.

Los ataques y las descalificaciones son lo peor. La abierta discusión entre monárquicos y republicanos sólo consolida el mantenimiento del actual estatus. Mientras no haya consenso nacional, todo se quedará como está. Cuanto más dejemos llevar nuestra indignación para rebatir a quien opina lo contrario, más potenciamos el mantenimiento del modelo imperante. La derecha monárquica tradicionalista acierta al salir en tromba al combate dialéctico. El republicanismo se equivoca en amplificar el enfrentamiento.

La partidización busca votos, no soluciones.partidización Estamos una vez más en período preelectoral. De nuevo, la captación de votos se convierte para los partidos en su prioridad, por encima de sus objetivos ideológicos. Aquí está el problema. La radicalización de posturas posiblemente ayuda a algunas fuerzas políticas a obtener más votos, así que es inevitable que refuercen esa estrategia. Sin embargo, seamos a la vez conscientes de que esas actuaciones alejan el escenario de posibles soluciones acordadas entre todos.

Juan Carlos, la nueva estrella del secesionismo. La guerra partidista se traslada de nuevo al terreno de juego catalán. Juan Carlos I posiblemente haya ayudado en algún momento a consolidar una España unida. Ahora contribuye activamente a dividirla. Las actuaciones corruptas de las que se le acusa ya se han convertido en la única arma con la que cuenta el independentismo para intentar recuperar la tensión que necesita para subsistir. La monarquía protagoniza el nuevo capítulo de la serie. Tras España nos roba y España nos mata, la trilogía se completa con Gracias Juan Carlos por tu contribución al secesionismo.

Era indignante que siguiera en la Zarzuela. La mayor parte de la gente se ha centrado en el traslado de residencia del emérito fuera de nuestras fronteras. Creo que ha sido una buena decisión. Lo que era impresentable es que siguiera ocupando el palacio de la Zarzuela como si nada hubiera ocurrido. Permanecer en las instalaciones de la Zarzuela, pagadas con dinero de todos, hubiera significado un serio desprecio a la indignación extendida en la sociedad española.

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No puede escapar de la justicia. En su ya famosa carta de despedida, ha dejado por escrito que estará a completa disposición de las investigaciones que se llevan a cabo. No cabe duda de que lo hará. Si no fuera así, no sólo destruiría sus lazos de conexión con España, sino que se llevaría por delante la institución monárquica por completo. Sería insostenible la continuidad de Felipe VI si su padre se convirtiera en prófugo de la justicia por desmanes cometidos durante su reinado.

Se le juzgará por sus delitos, no por hacer su trabajo. La justicia castiga los incumplimientos de la ley. Nada más. El intento de algunas voces de defender que sea valorado públicamente por todas sus actuaciones en la vida es insostenible. Se supone que ese tipo de mediciones tendrán lugar en el juicio final que preconiza la creencia católica. Aquí en la tierra, se persiguen los delitos y las penas se cumplen si se demuestra que se han cometido. Que Juan Carlos haya desempeñado un trabajo por el cual se le pagaba religiosamente no puede compensar acto de corrupción alguno.

El ocultamiento es inaceptable. La decisión del exmonarca, de sus asesores y de sus abogados de esconderse a toda costa no puede tener más que una valoración negativa. Es incomprensible que no haya facilitado una sola explicación pública a los españoles sobre todo lo sucedido. Lo podía haber hecho en cualquiera de los grandes medios que han tapado sus escándalos y han intentado proteger su figura. Seguro que no le hubieran planteado preguntas incómodas. Llama la atención que Juan Carlos no haya tenido ni siquiera el valor de dar la cara al menos ante sus seguidores acérrimos, aunque sólo fuera para mentirles piadosamente.

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