Verso Libre

Ahora me rindo

Al principio las cosas aparecen. La escritura es un gesto desafiante al que ya nos acostumbramos: donde no había nada, alguien pone algo y los demás lo vemos. Por ejemplo, la pradera: un territorio interminable de pastos altos.

Así empieza el libro Ahora me rindo y eso es todo (Anagrama, 2018), la nueva obra del escritor mexicano Álvaro Enrigue. Su escritura pone ante nuestros ojos muchas cosas que aparecen y se entrelazan: los procesos de la propia escritura, la historia de un territorio, la derrota de los apaches, la intimidad de muchas familias y de muchas vidas, el pasado español, la conciencia mexicana, el carácter norteamericano, América, la invención de las realidades y un sucesivo cuestionamiento de las azarosas o manipuladas certezas de la identidad.

Los lectores acostumbrados a las películas del Oeste en las que los héroes de la pistola imponen la ley ante los bandidos y los indios se sorprenderán al conocer la historia de los desiertos, las montañas y los manantiales de la Apachería. Para que los Estados Unidos montasen su epopeya por los caminos de Sonora, Arizona, Texas y Nuevo México, tuvieron que borrar del mapa a muchas tribus y a comunidades que estaban ahí, en sus tierras y sus memorias.

Con una estrategia que evitó caer en la leyenda negra tan propia de España, los norteamericanos aprendieron pronto a devorar comunidades como si le estuviesen haciendo un favor a sus víctimas.

La historia de los Apaches y los detalles de la larga guerra que acabó con ellos son un eje de mucho interés que sostiene el fluir de la escritura. Camila es una mujer mexicana robada por los indios, que encarna en su historia una transformación de identidad apoyada en las experiencias de su condición femenina. Gerónimo es un indio que habla español por naturalidad mexicana, y que fue llamado así en honor del patrón de los traductores, aunque la leyenda yanqui se lo haya reinventado de otra manera para justificar sus invasiones. El general Miles y Zuloaga representan a militares que intentan vivir con honor la dinámica cruel de las armas. Y así, uno tras otro, muchos personajes de interés, bien perfilados, que pasan de la historia a la intimidad y del secreto a la superficie del cuento. El yo y el nosotros son procesos de elaboración en los que siempre se busca un poco de carne y de agua. Luego se apuntan los dioses, los recuerdos y las armas.

Pero Ahora me rindo tiene más ejes de interés. Señalo dos: la propia estructura narrativa, que anuda y equilibra los ríos transversales de la historia, y la experiencia biográfica del autor, convertida en literatura, que lleva también el hilo narrativo a la intimidad de las metáforas. Las complejidades de la identidad se hacen presentes desde distintas perspectivas. La escritura que atiende a la desaparición de los apaches pertenece a una voz mexicana que vive en Nueva York, necesita un permiso de residencia y tal vez deba pedir también la nacionalidad española, a la que tiene derecho, porque su hijo quiere estudiar en Europa.

La escritura pone ante nuestros ojos la historia de un padre con una pareja feliz, dos hijos pequeños y un hijo mayor nacido de otro matrimonio. La incertidumbre, la debilidad, el amor, pasan del desierto a la vida personal y de los desfiladeros a unas existencias obligadas a convivir con las despedidas, la muerte, la hermandad y las fronteras de todo tipo.

La historia de la humanidad es una historia triste y violenta. Lo demás es mentira, aunque dentro de la tristeza haya momentos de alegría, risas limpias y ejemplos emocionantes de dignidad. En medio del vértigo, uno es libre de responder a su conciencia, una voluntad que implica con frecuencia la necesidad de desobedecer a las jerarquías propias en el deseo de respetar y comprender a los otros. Somos un manojo de lealtades y disidencias. Hay historias que sirven para buscar otra verdad y para no aceptar los cuentos oficiales. Esta es una de ellas, una alianza entre el conocimiento y la imaginación que nos permite ajustar cuentas con la realidad. El bueno de Gatewood, otro de los personajes que llegan a hermanarse con los indios, sueña al final de la trama que, en un futuro, las fronteras inventadas volverán a ser invadidas por otro tipo de guerreros desarmados. No buscarán una hoguera en tierra extraña, sino el regreso a un lugar que fue suyo.

Ahora me rindo y eso es todo supone una apuesta ambiciosa por la gran literatura y por la capacidad narrativa de buscar sentidos a la experiencia contemporánea. Es un tiempo de prosa admirable en el que conviven el pasado, el presente y el futuro.

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