¿Alguien se acuerda de Salma?

El domingo fue un 8 de marzo difícil para muchas de nosotras. Son tiempos de barbarie. Pero, en medio de los tambores negrísimos de la guerra y del fascismo, en un mundo cambiante y desconcertante que está provocando reacciones cada vez más violentas, me acordé de las historias de siempre, esas que no desaparecen por mucho que nos esforzamos, esas que parecen estar siempre ahí, debajo de todos los avances de las mujeres, debajo de las consignas, esas que parecen enraizadas en todos los tiempos y que tanto nos está costando arrancar. Y me acordé de Salma, ¿alguien se acuerda de Salma, de su historia, de lo que le ocurrió?

Salma es una mujer marroquí que tenía una pareja maltratador y traficante de drogas, Alberto, bien conocido por la policía. Salma desapareció un día y su familia denunció la desaparición. Estuvo desaparecida dos años durante los cuales nadie la buscó, nadie puso su fotografía en los periódicos ni su rostro salió en televisión. Podría haber muerto. De hecho, a punto estuvo de morir. Y si así hubiese sido nadie se hubiese enterado. Es razonable suponer que, si no la buscaron estando viva, nadie la hubiera buscado estando muerta. Si no hubiese conseguido fugarse, su familia nunca hubiese conocido la verdad y su torturador hubiese continuado con su vida como si nada. 

Salma era pareja de Alberto y ambos vivían en una pedanía murciana de poco más de 2000 habitantes. La familia de Salma denunció su desaparición en abril de 2024. ¿Qué es lo que hace siempre la policía cuando desaparece una mujer? Investigar en su entorno más próximo. ¿Y si el novio o marido tiene antecedentes por violencia machista como es el caso? Investigarle a él de manera exhaustiva. En este caso no se hizo nada de esto. Estando ya secuestrada, Salma fue llevada al hospital por una amiga de Alberto porque este le había dado tal paliza que casi le saca el ojo de la órbita. En el hospital, al parecer, al ver a una mujer sin ojo y llena de cardenales nadie consideró apropiado activar un protocolo de violencia machista, ni de ninguna violencia. Nadie. Nadie llamó ni advirtió a la policía. Sólo era Salma.

No parece muy aventurado afirmar que, en realidad, en ningún momento desde la denuncia, la policía hizo absolutamente nada para buscar a Salma. Como si la vida de Salma no valiese nada. No tengo dudas de que si Alberto se hubiese llamado Mohamed y Salma se hubiese llamado Marta la policía la hubiese encontrado al segundo día desde la denuncia porque estaba ahí, delante de sus ojos. Delante de los ojos de todo el mundo. Pero Salma es musulmana, y su secuestrador se llama Alberto y es murciano y su historia demuestra el racismo institucional de siempre, el racismo que existe en la policía, ese que tanta gente niega que exista.

El racismo institucional y policial que todo el caso destila es espeluznante, no es un racismo difuso. Es muy concreto, tiene culpables, y ha sido el causante de que una mujer haya sido torturada durante 700 días. ¿De verdad no va a haber una investigación? ¿No va a dimitir nadie? ¿No se va a pedir algún tipo de responsabilidad a la policía, a los médicos del centro de salud? ¿De verdad vamos a asumir que la vida de Salma no vale absolutamente nada? Este caso no nos permite la más mínima duda de que a Salma casi la mata el racismo policial. Dos años ha durado su tortura, una tortura fácilmente evitable. Estaba en casa de su pareja. Estaba en el primer lugar por el que hubiese comenzado cualquier investigación policial. Claro, cualquier investigación policial que considerara que Salma era una mujer que merecía ser salvada.

El racismo institucional y policial que todo el caso de Salma destila es espeluznante. Es un racismo muy concreto, tiene culpables, y ha sido el causante de que una mujer haya sido torturada

Mientras la policía de Murcia metía en un cajón la denuncia por la desaparición de Salma, el DAO, el jefe máximo de la Policía Nacional, ha sido acusado de agresión sexual por una subordinada que, siendo ella misma policía, no acudió a sus compañeros a poner la denuncia: acudió a un Punto Violeta. No debía de tener mucha confianza en los protocolos ni en las actuaciones de la propia policía. También hemos conocido el caso del jefe de la policía de Torrejón acusado de agresión sexual y al que ni el PP ni la propia policía han considerado necesario cesar. Él mismo ha dimitido, aunque eso es mucho decir porque, en realidad, ha pedido su reincorporación a la policía de Alcalá de Henares, se cambia de comisaría. Supongo que las mujeres víctimas de delitos sexuales de Alcalá se lo pensarán mucho antes de acudir ahora a una comisaría a poner una denuncia por agresión sexual. También tenemos al comisario Emilio del Valle, un policía ascendido varias veces, y al que descubrimos como un (presunto) delincuente machista de la peor especie. Y un poco antes, nos enteramos también de que en Pamplona hubo policías que se encargaron de hacer desaparecer las pruebas de una agresión sexual; es decir, policías que han cometido un delito para proteger a un agresor sexual, tal y como acaba de sentenciar nada menos que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.  

El PP, que encubre y protege a cualquier agresor sexual siempre que sea de los suyos, como hizo en el caso Nevenka, pide sin ninguna vergüenza la dimisión de Marlaska por el caso del DAO. Yo también la pido, pero no porque piense que Marlaska conociera que el DAO es un (presunto) delincuente machista. Marlaska debería dimitir porque en todos los años que lleva de ministro del Interior no ha dado un solo paso para que el machismo y el racismo no campen a sus anchas dentro de la policía. Porque la vida de Salma ha estado en manos de la policía, pero el racismo institucional que anida en la misma impidió que la salvaran. Marlaska debería dimitir por permitir que racismo y machismo no se topen con ninguna barrera dentro de la policía, ni sean considerados internamente algo vergonzoso y a erradicar. Porque en todos los años que lleva como ministro no ha hecho lo suficiente para que las mujeres policías se sientan seguras, porque los protocolos están resultando inútiles, porque no hay filtros efectivos para impedir que machistas y racistas de la peor especie lleguen a ocupar los puestos de mayor responsabilidad dentro del cuerpo. 

Si la policía –por su propia idiosincrasia, no nos engañemos– es proclive a albergar a individuos machistas y racistas, la labor de un ministro demócrata debería ser poner todo el empeño posible en que sean los menos, en que se sientan incómodos y presionados; en que los protocolos sean inflexibles y se cumplan; en que los filtros sean exhaustivos y los mandos, al menos, sean ejemplo y no una vergüenza para un país que, en muchas otras cosas, es un ejemplo feminista para el mundo.

Últimamente he pensado mucho en Salma, pero he pensado mucho también en todos los policías de esa comisaria murciana, en su dejadez racista; en su incompetencia, que ralla lo criminal. Y en la tortura de casi dos años que ha padecido una mujer por culpa de todo ello. Y parece que nadie va a pagar, que los culpables no tienen nombre. Por eso ahora, dos días después del 8M, yo quería acordarme del suyo, de Salma.  

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 Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.

El domingo fue un 8 de marzo difícil para muchas de nosotras. Son tiempos de barbarie. Pero, en medio de los tambores negrísimos de la guerra y del fascismo, en un mundo cambiante y desconcertante que está provocando reacciones cada vez más violentas, me acordé de las historias de siempre, esas que no desaparecen por mucho que nos esforzamos, esas que parecen estar siempre ahí, debajo de todos los avances de las mujeres, debajo de las consignas, esas que parecen enraizadas en todos los tiempos y que tanto nos está costando arrancar. Y me acordé de Salma, ¿alguien se acuerda de Salma, de su historia, de lo que le ocurrió?

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