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Perversa distopía

Puede ser que, sin saberlo, estemos hace tiempo inmersos en una distopía que alguien proyectó basándose en autores tradicionales (Orwell con 1984 o Aldous Huxley con Un Mundo Feliz (Brave New World, en inglés), pero con componentes inéditos que ningún otro profeta del futuro hubiera sido capaz de advertir. Quién iba a imaginar que países como Hungría y Polonia, que tanto sufrieron bajo el régimen nazi, serían los primeros en abrir de par en par sus puertas a este fascismo reeditado en el siglo XXI, seguidos del propio Estados Unidos, con un Donald Trump como imprescindible director de orquesta, y suma y sigue.

Como en los mejores relatos de ciencia ficción, la humanidad entera atravesó una pandemia, que ha sido el puente transitado desde nuestra vieja y añorada normalidad (aunque con sus sinsabores y aspectos del todo cuestionables), hacia una nueva normalidad caracterizada por la incertidumbre, el retroceso en derechos, el regreso del fascismo y la incapacidad de los gobiernos de tomar medidas serias contra el cambio climático que ya es una realidad incuestionable. Todo ello coronado por el ingrediente folclórico propio de cualquier película de catástrofes: hace apenas unos días un cohete chino descontrolado caía en el Pacífico, después de provocar la alerta en varios aeropuertos españoles que cancelaron los vuelos ante posibles colisiones. Amigas y amigos, vivimos una crisis civilizatoria en toda regla y, aunque duela, es mejor reconocerlo y hablar de ello que evadir esta cruda realidad.

Llevada esta distopía a nuestro ámbito doméstico, la derecha de nuestro país se obceca en impedir el funcionamiento de las instituciones reafirmando la imagen de algo similar a un golpe de Estado blando, al bloquear por enésima vez la renovación del Consejo General del Poder Judicial con la pretensión de extenderse a otras instancias base de nuestra democracia. El líder del PP ha contentado a los suyos, en especial al ala más dura representada por Díaz Ayuso, pero el coste ha sido alto, para él mismo y para el país, porque ha quedado en evidencia su debilidad y su poco o ningún sentido de Estado. Pero, como al final ha hecho lo que se le pedía, ha recibido su premio. El periódico que guía en los últimos tiempos a los populares, adelantaba la pasada semana las nuevas virtudes de Alberto Núñez Feijóo: “Acelera su plan de convenciones, volcándose en la defensa del español, fiscalidad y energía. Aprieta en la guerra del agua y en las hipotecas, y lleva a Ceuta y Melilla nuevas propuestas de inmigración”. El PP se ha alineado, aunque puede que sea una salida coyuntural frente a las próximas elecciones autonómicas y municipales, pues ya se sabe que en tiempos de cambios es mejor no hacer mudanza. Ya veremos cómo soplará el viento en las generales.

De fondo late la ultraderecha y la escandalosa fascinación con la que los medios informativos siguen las andanzas de la señora Olona y su desparpajo a la hora de mentir y decir barbaridades, alimentando el morbo general. Díganme: ¿Qué méritos reúne esta persona para hacer correr tanta tinta? Lo único verdaderamente relevante son sus complejos devaneos en Panamá y sus extrañas relaciones con ciertos personajes de ese país, por cierto, muy bien contados por infoLibre.

Generaciones marcadas

Desgraciadamente, la distopía se hace realidad con carácter universal. En el viejo continente, la invasión rusa de Ucrania nos ha llevado a que los países miembros de la OTAN suspiren con alivio y que aquellos que no pertenecen a este club se desazonen pidiendo formar parte de la estructura bélica. Qué lejos quedan las épocas de “OTAN no, bases fuera” o incluso las más conciliadoras, las de “OTAN, de entrada, no”. Fue una de nuestras tantas peleas de juventud. Los que luchamos por la democracia hoy nos encontramos en una edad avanzada advirtiendo, como abuelos “porretas”, de los riesgos de la ultraderecha y del regreso del fascismo, que trae regresión de libertades, intolerancia, más desigualdad y la normalización de la violencia de género.

Los que luchamos por la democracia hoy nos encontramos en una edad avanzada advirtiendo, como abuelos “porretas”, de los riesgos de la ultraderecha y del regreso del fascismo, que trae regresión de libertades

Pertenezco a una de las generaciones a las que un hada perversa besó en la frente cuando nacimos, augurando que no tendríamos descanso en esta vida. Pienso en los italianos, en su resistencia contra el fascismo; en la edad de oro de Il Manifesto de Rossana Rossanda, que nos admiraba a los universitarios de la época; en el camino de luces y sombras que marcó el PCI; en la lucha contra la mafia de los fiscales Paolo Borsellino y Giovanni Falcone. Otra distopía se hizo presente allí, pues nadie habría pensado jamás que hoy la mafia recobraría el paso y que el país sería gobernado por una admiradora de Mussolini como Giorgia Meloni, que niega el acceso a puerto a los barcos humanitarios de las ONG con un millar de seres humanos a bordo. No puedo dejar de decir que la reciente imagen del presidente francés Macron, en un encuentro en Roma con aquella, me produce rechinar de dientes, por mucho que se argumente que es necesario para que la UE se lleve bien con Italia. Con justificaciones de este tenor, comienzan las debacles.

Otro bipartidismo

En esta etapa casi irreal que vivimos, el bipartidismo ya no es entre izquierda y derecha sino entre progresistas y ultraderecha, sin que haya existido un tránsito. Miremos a Europa; en Dinamarca los partidos progresistas se han visto obligados a pactar con el centro para que la ultraderecha no gobierne. En Noruega, Finlandia e Islandia la opción de centro izquierda ha conseguido hacerse valer. En Suecia, aunque ganaron los socialdemócratas la derecha sumó más escaños. Esto es lo que hay. 

América Latina ofrece otras lecturas, aunque con un ruido de fondo muy parecido. El mapa de la región se tiñe de progresismo con las últimas incorporaciones de Chile y Colombia, pero con enormes dificultades a la hora de implementar políticas en beneficio de la mayoría. Brasil es sin duda el ejemplo más claro y reciente de lo que ocurre. El sociólogo Boaventura de Sousa Santos se refiere también a un “golpe de Estado continuado” que comenzó en 2014 con la impugnación del triunfo de Dilma Rousseff; continuó con su impeachment en 2016; siguió con el encarcelamiento ilegal de Lula da Silva en 2018 para impedirle presentarse a las elecciones que ganó el presidente Bolsonaro. Señala que ahora se inicia el trabajo de vaciar la institucionalidad democrática y la cultura política. ¿Les suena la estrategia? Añade algo crucial que hace entender las huelgas de camioneros que junto a futbolistas de postín reclaman unas nuevas elecciones o, en su caso, la intervención militar para reponer al decaído Jair Bolsonaro. “Brasil se ha convertido en el laboratorio de la extrema derecha mundial donde se pone a prueba la vitalidad del proyecto fascista global en el que el neoliberalismo se juega un nuevo (¿último?) aliento. El objetivo principal es la elección de Donald Trump en 2024”. En el camino, vendrá el desgaste y un probable impeachment contra Lula para sacarlo de la presidencia.

Necesaria reacción

Hemos dado marcha atrás hacia tiempos que creíamos superados y nos alcanza una ultraderecha que juega además con la ventaja de las redes sociales que todo lo acogen. La adquisición de Twitter por parte del millonario Elon Musk supone una preocupación añadida ante los augurios de permisividad hacia el mundo oscuro en un medio virtual tan sensible y mayoritario. 

No puedo estar más de acuerdo con Josep Ramoneda cuando afirma: “La estampa de los estáticos e inexpresivos miembros del congreso del Partido Comunista Chino, solo hombres vestidos de negro y sin otra forma de expresión que el aplauso cerrado que se convirtió en referencia del congreso del partido; la imagen de Giorgia Meloni en su toma de posesión, de riguroso oscuro, presentada como 'primer ministro' conforme a sus instrucciones; el triunfo en Israel de la derecha más autoritaria, con el ultrarreaccionario partido Sionismo Religioso convertido en tercera fuerza, y todo ello con Putin de fondo dándole a los misiles, buscando condenar a los ucranios al frío y al hambre, componen un relato del presente que es mucho más que una señal de alarma. La política mundial está entrando en una deriva hacia el autoritarismo posdemocrático y nadie podrá alegar ignorancia”.

Somos conscientes de lo que ocurre, pero falta una reacción mayor. En estos momentos críticos de nada sirven las disputas entre progresistas, antes bien, es imprescindible presentar una auténtica unión. La derecha lo tiene claro, por eso lava la ropa sucia en casa. La apatía no nos salvará. Si no despertamos en las calles, en las aulas, en el campo y en las fábricas, no podremos abatir la tela de araña de esta perversa distopía en la que pretenden envolvernos.

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Baltasar Garzón Real es jurista, presidente de FIBGAR y autor de 'Los disfraces del fascismo'.

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