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La tentación de la espada y el nudo gordiano de Ucrania

Por muchas razones —geoestratégicas, económicas, culturales— tiene fundamento la referencia a Ucrania como nudo gordiano de la geopolítica internacional. Y parece que hay quien, a un lado y a otro, se toma a pies juntillas la leyenda que relata el historiador grecorromano Lucio Flavio Arriano en su La Anábasis de Alejandro Magno: quien consiguiera desatar ese nudo, gobernaría todo Oriente. Cuentan que Alejandro fue a lo sencillo: un buen tajo de espada. Una solución que, para empezar, no cuenta con la voz de los ciudadanos de Ucrania ni con sus legítimos representantes. Lo cierto es que tampoco se cuenta con su voz en las negociaciones en curso.

La historia y también, por qué no, la ficción literaria y la cinematográfica, nos enseñan la necesidad de precaverse frente a esos análisis simplistas y también contra los maniqueos, "los buenos contra los malos", que están proliferando en estos días a propósito del conflicto —los conflictos— de Ucrania, tratando de imponer las razones de Ucrania, las de Putin o Biden, o las de la OTAN y la UE. Y nos enseñan también no poco acerca de las consecuencias del recurso a la espada, en el que todos, también el que la empuña primero, salen perdiendo. En lo que sigue, trato de proponer algunas pistas para la reflexión.

Sobre los simplismos y maniqueísmos

Comencemos por el elenco de personajes, sus versiones y razones. Recordaré ante todo que la necesidad de evitar simplismos y maniqueísmos no implica la famosa equidistancia, porque es imposible estar ciego a algunos hechos difícilmente contestables. Por si alguien no se ha dado cuenta, Putin tiene todos los rasgos de un autócrata dispuesto a todo, que reproduce los modos y propósitos de los más poderosos zares de la vieja Rusia. Así lo ha descrito David Remnick en un artículo en The New Yorker —a mi juicio extremado—, en el que subraya la ambición de Putin por emular al zar Alejandro III, pionero del proceso de rusificación del gran imperio, que abarcaba una inmensa realidad multicultural. Lo que parece indiscutible es que Putin ha hecho de la Federación Rusa un régimen en el que apenas quedan restos de lo que debe ser, no ya una democracia, sino un Estado de derecho. No tiene problemas en pisotear derechos de los homosexuales o de minorías étnicas, por no hablar de las ONG de defensa de los derechos humanos, de la prensa libre o de los disidentes. Si hay que expropiar, se arrasa. Si hay que envenenar, se envenena. Cultiva hasta extremos difícilmente soportables la imagen de "líder fuerte", que ofrece a la humillada alma rusa recuperar el orgullo perdido. Y sabe utilizar perfectamente la guerra de inteligencia. A Putin no le conviene el contagio democrático, desde luego. Esa es, creo, una de las claves de su preocupación por desactivar el peso de la Unión Europea.

Hay que convenir que la estrategia de Putin no es de ayer. Su proyecto de recuperar la dimensión de la URSS y su papel como potencia decisiva en las relaciones internacionales es casi transparente: sus objetivos y los pasos en la estrategia están bien explicados, por ejemplo, en el artículo Escalade du verbe entre la Russie et l’Ouest. Que cherche Moscou? Quid de l’invasion de l’Ukraine?, del conocido blog bruselense B2: el objetivo primordial sería recuperar el estatus de Gran Potencia en igualdad con los EEUU y China, para lo que necesita mantener y aun desarrollar su potencial armamentístico, asegurar su presencia en el Mediterráneo y fracturar el bloque occidental, en particular el vínculo entre los EEUU y la UE y la cohesión interna de la propia UE. En el camino a la consecución del éxito de su estrategia, Putin está jugando con mucha habilidad sus bazas (véase el caso de Siria), lo que incluye sostener como aliados básicos de la Federación Rusa a Bielorrusia y Kazajstán. Y parece muy claro el requisito mencionado: no es aventurado sostener que, entre los que Putin considera obstáculos para ese éxito, no se encuentran sólo los EEUU de Biden —tampoco China, con la que consigue mantener algo más que un pacto de no agresión—, sino de forma destacada la Unión Europea y la OTAN. Dividir a una y otra es condición para su propósito. Añadamos que la compleja historia de las relaciones entre Rusia y Ucrania, como veremos enseguida, proporciona a Putin herramientas para una estrategia reivindicativa: lo que llamamos Ucrania (incluida Crimea) no está exenta de fuertes elementos de vinculación con cierta idea de Rusia.

Putin no es el único malo de la historia. Conversando sobre esto con el profesor Massimo LaTorre, me recordó que Gorbachov relata en sus Memorias que, en las negociaciones de 1990 con Bush y el secretario de Estado Baker, éste le prometió que “ni la jurisdicción ni las tropas de la OTAN se extenderían a territorios situados al este de los actuales límites de la Alianza”. El propio Gorbachov, que confiesa que en aquel momento no consideraba ni remotamente la posibilidad de una reunificación alemana, sostuvo con firmeza que “en cualquier caso, sería inaceptable una ampliación del territorio de la OTAN”. Ese testimonio no diverge demasiado de lo que sostiene Mary Elise Sarott, (catedrática de Historia de la Universidad de Southern California y autora de un libro de referencia, 1989: The Struggle to Create Post-Cold War Europe), en su muy comentado artículo publicado en el número de octubre de 2014 de la revista Foreign Affairs, A broken Promise? La tesis de Gorbachov entonces, que es la de Putin en buena medida, era que Rusia no podía aceptar jamás tener frontera con un país de la OTAN, porque, como lo fue la instalación de los misiles en Cuba, a escasos kilómetros del territorio norteamericano, eso sería una línea roja, inadmisible. Putin ha reiterado en múltiples oportunidades esa tesis. Por ejemplo, en un famoso discurso en la 43 Conferencia Internacional de Munich sobre política de seguridad, en 2007: “Creo que es obvio que la expansión de la OTAN no tiene ninguna relación con la modernización de la propia Alianza ni con garantizar la seguridad en Europa. Por el contrario, representa una grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Y tenemos derecho a preguntar: ¿contra quién va dirigida esta expansión? ¿Y qué pasó con las garantías que hicieron nuestros socios occidentales después de la disolución del Pacto de Varsovia? ¿Dónde están hoy esas declaraciones?” ¿Tiene razón Putin para sostener que la expansión de la OTAN y singularmente la incorporación de Ucrania a la OTAN sería una amenaza inaceptable para Rusia? Eso nos lleva a la vexata quaestio del papel estratégico de la OTAN, el segundo actor en el escenario. 

De entrada, diré que no parece que la analogía entre la crisis de los misiles y la presencia de fuerzas de la OTAN en Ucrania pueda sostenerse sin más. Tendríamos que admitir esa tesis de Putin según la cual la OTAN es una amenaza. Pero la OTAN es una alianza defensiva, que sigue teniendo sentido frente al riesgo (no digamos la amenaza) de agresión, que existe, aunque haya desaparecido la URSS: baste pensar en Corea del Norte y en la amenaza que supone la impresionante capacidad nuclear en manos de Putin. Pregunten a los ciudadanos de los Estados bálticos si creen que ese riesgo es verosímil. No digamos nada si preguntamos a los gobiernos de Polonia y Hungría, estados en los que siguen vivas las heridas de la férrea dominación soviética. 

Por supuesto que eso no significa que debamos ignorar la existencia de quienes, desde hace tiempo, no conciben la OTAN como una alianza defensiva, sino como un instrumento para asentar la hegemonía en eso que los británicos dan en llamar el "gran tablero". Un veterano iusinternacionalista, el profesor Faramiñán, en uno de los artículos que ha dedicado a este asunto, Ucrania sobre un trípode inestable, ha subrayado que la OTAN y Putin, en el fondo, comparten una estrategia similar: la creación de lo que denomina “cuñas de influencia”. Así, escribe, “entiendo que estamos ante una estrategia muy meditada que implica ir generando cuñas de influencia, que he bautizado como "zonas buffer" por seguir un símil de laboratorio, acuñado por la ecobiología, en las que se van generando zonas de amortiguamiento en un probablemente muy bien diseñado modelo expansionista, muy calculado para determinadas áreas”. Por cierto, el Consejo de ministros de Asuntos Exteriores de la UE, en su reunión del lunes 24 de enero, como luego recogeré, ha negado enfáticamente la aceptación de “zonas de influencia” en territorio europeo.

Aún más: sucede que Putin tiene la ventaja de la situación de la propia OTAN, seriamente debilitada y agrietada. Por eso Macron ha podido hablar de la "muerte cerebral" en la que se encuentra la OTAN. No sólo por la asimetría en su sostenimiento (los reproches de Trump sobre la débil contribución de los socios europeos fueron idénticos a los de Obama), sino también por las tensiones entre quienes quieren hacer de ella algo más y los que tratan de encontrar una alternativa propia, al menos, europea. El reciente episodio del vicealmirante alemán Shönbach, no me parece un error por parte de éste, sino una forma deliberada de evidenciar que no todos comparten las directrices de Stoltenberg y Biden. 

Y hablemos del tercer actor, un secundario de lujo: la Unión Europea. La UE —menos aún, una potencia menor como España— no tiene asiento ni piezas clave en ese juego. ¿Puede y debería tenerlo? Sin duda, la respuesta es sí. Pero esa respuesta depende de dos condiciones. La primera, la autonomía defensiva y estratégica europea, un desiderátum tantas veces aplazado ad calendas graecas. La segunda, más al alcance, consiste en que la UE supiera hacer valer su soft power, su enorme capacidad en el plano comercial, económico y cultural (e incluyo en ello la promoción de la cultura del Estado de derecho, la primacía de los derechos humanos y la democracia). 

Y ahí debemos volver a la estrategia de Vladimir Putin. Putin necesita dividir, debilitar esa potencialidad de la UE. Para ello, une a su capacidad de presión militar, armamentística, la baza de su capacidad energética y de la dependencia de ésta por parte de Alemania y, en el fondo, de la propia UE. Anotemos además que el ex espía de la KGB no pierde ocasión de recurrir a nuevas formas de ciberguerra, como hemos visto en las elecciones en EEUU y en la campaña del Brexit. La intoxicación con fake news es una herramienta habitual. Hemos visto además que Putin reacciona sin titubeos cuando una pieza clave como Kazajstán se ve amenazada por revueltas inspiradas más o menos abiertamente en exigencias democráticas. La misma respuesta que ofreció a su títere Lukachenko, frente a la verdadera marea democrática en Bielorrusia. Y en Bielorrusia ha ensayado esa modalidad de guerra híbrida que es la presión migratoria. 

Tras el examen de algunas de las simplificaciones y maniqueísmos, pasemos a repasar algo de historia, iluminada por alguna gota de ficción cinematográfica.

Algo de historia, para precisar el contexto

Quizá la primera lección que nos ofrece la historia es que, sin poner en entredicho el derecho de Ucrania como Estado soberano y por tanto su derecho a la integridad territorial, Ucrania no puede entenderse como una realidad social, cultural y política completamente desligada de la de Rusia. 

La referencia histórica para comenzar a hablar de Ucrania como entidad política propia es la elección de Kiev como capital, por el líder tribal Riurik en 882. A partir de ese momento se habla de la "Rus de Kiev". Kiev es entendida como corazón de la patria de los rusos, con la cultura y la religión ortodoxa en el centro de esa identidad desde que Vladimir, príncipe de Kiev, comienza la cristianización de sus dominios, bajo la guía de la iglesia ortodoxa. Su hermano Yaroslav el sabio, que comenzó a gobernar en 1019, fue probablemente el gobernante más importante de esta dinastía rúrika y estableció relaciones con los principales reinos cristianos. Posteriormente, la parte occidental de lo que hoy conocemos como Ucrania pasó a quedar bajo dominio del ducado de Lituania y luego del reino de Polonia, mientras Crimea era un Kanato tártaro. Crimea y el resto del territorio pasaron a ser dominio de los zares rusos en el XVIII, y se impuso un proceso de rusificación. Tras la revolución del 17, Ucrania se declaró república independiente, pero integrada en la URSS. Crimea era de soberanía de Rusia y no fue hasta 1954 cuando Kruschev la devolvió a soberanía ucraniana. Con la disolución de la URSS, en 1991, el soviet de Ucrania proclamó su independencia, En 1992, apoyada por Rusia, Crimea proclamó su separación de Ucrania y anexión a Rusia, proclamación rechazada por la Rada ucrania que lo consideró una gravísima violación de su soberanía e integridad territorial. Huelga señalar nada sobre la importancia estratégica de Crimea, por sus puertos que permiten salida al mar Negro y al Mediterráneo y por la importancia de la flota y el armamento. Ucrania se vio también sacudida desde 2014 por un enfrentamiento bélico con los movimientos secesionistas prorrusos en el territorio oriental conocido como Donbass, que poclamaron las repúblicas independientes y prorrusas de Donetsk y Lugansk, alentadas por la Federación Rusa, como reacción a la revolución democrática y antirusa del Maidán, que salió victoriosa en Ucrania.

Una segunda lección de la historia nos la ofrece un pasado mucho más reciente y aparentemente ajeno a Ucrania. Reconoceré, desde luego, que las analogías con el pasado —incluso si, como digo, es reciente— hay que tomarlas siempre con precaución. Pero lo cierto es que, salvando todas las distancias, ante la eventualidad de una nueva intervención de la Rusia de Putin en Ucrania, tras la mencionada anexión de Crimea (no reconocida por la UE ni por los EEUU) y el poco disimulado apoyo a los movimientos secesionistas en el Donbass, no podemos dejar de tener en cuenta un acontecimiento del siglo XX

Me refiero a las reivindicaciones y amenazas de Hitler de apropiarse de Los Sudetes, la estratégica región checa con una importante población de origen alemán, so pretexto del trato discriminatorio que sufrían supuestamente esos alemanes de origen (el mismo argumento que sirvió a Francia e Inglaterra en su día, en la "cuestión de oriente", frente al imperio otomano y al zarista) y de la doctrina de la necesidad de Lebensraum para Alemania. A ello se enfrentó, como se recordará, el premier británico, Arthur Neville Chamberlain, que desplegó lo que se conoce como doctrina del apaciguamiento, una estrategia orientada a asegurar a toda costa la paz y evitar una guerra. Chamberlain predijo que, de producirse, sería mucho más terrible que la Gran Guerra del 14. Esa estrategia, después de tres reuniones entre Hitler y el propio Chamberlain, condujo al Pacto de Munich, suscrito por ellos, junto a Mussolini y el primer ministro francés Daladier. 

A propósito de ese objetivo de apaciguamiento existe una verdadera querella de historiadores, que juzgan a Chamberlain en términos enormemente contrapuestos. Hasta hoy, se ha impuesto la interpretación de que Chamberlain se equivocó, por cobardía o miedo a la guerra, sumada a una falta de visión política realista. Otros, como el conocido divulgador Robert Harris, sostienen que Chamberlain sabía perfectamente lo que hacía y que, además de retrasar cuanto pudo la guerra, dio tiempo a su propio país para prepararse. De hecho Chamberlain dedicó importantes recursos a reforzar la potencia militar del Reino Unido, lo que permitió afrontar el desafío nazi. Una película de Christian Schwochow, Munich: The Edge of War (2021), basada en la novela de Robert Harrris (2017) y recién estrenada en Netflix, ilustra esa tesis, al mostrarnos a Chamberlain firmemente determinado a evitar la guerra, a negociar una y otra vez con Hitler (menospreciando por cierto la relevancia de los intereses checos), y sostenido por la mayoría del pueblo británico y por el rey Jorge VI, que celebraban esa estrategia de apaciguamiento. 

Técnicamente, no es un gran film, pero se apoya en buena medida en el soberbio trabajo de Jeremy Irons y en los elementos de ficción incluidos en el libro de Harris —un notable divulgador de la historia, como lo acredita por ejemplo su trilogía sobre Cicerón—, que más que historia está escrito como thriller político, aunque todos sabemos lo que sucedió al final. Eso no ha evitado las críticas a tal modesta reivindicación de Chamberlain. Véase por ejemplo el contundente alegato de Richard J. Evans en The New Statesman.

Más allá de la película y del libro de Harris, lo que me parece interesante es el debate sobre el papel de la diplomacia y la negociación y la relevancia del objetivo de salvar la paz a toda costa, cuando existe una amenaza seria de guerra. El debate de los historiadores sobre el papel de Chamberlain frente a Hitler y el error que habría supuesto su doctrina del "apaciguamiento", según la interpretación dominante durante mucho tiempo, me parece ilustrativo, aunque —insisto— hay que ser muy prudente con la analogía entre las pretensiones de Hitler sobre Los Sudetes y las de Putin sobre territorios de Ucrania (comenzando por el aparente  fait acompli de la anexión rusa de Crimea, en violación del principio de soberanía e integridad territorial de los Estados, y siguiendo por su aliento a las pretensiones secesionistas en el Donbass). 

Putin no está dispuesto a la guerra. Lo que pretende es, de un lado, hacer imperiosa la negociación por parte de Biden y la OTAN, para lo que, si es necesario, está dispuesto a extremar la provocación militar

Se ha impuesto mayoritariamente la interpretación de que la estrategia de apaciguamiento fue un craso error de Chamberlain, pese a conocer las críticas a su posición, que rechazó. Es la tesis de libros como Guilty Man y, sobre todo, del primero de los volúmenes que escribió Churchill sobre la guerra, The Gathering Storm, publicado en 1948. En todo caso, hay que anotar que Chamberlain no dudó en declarar la guerra a la Alemania de Hitler en el momento en que los nazis invadieron Polonia el 5 de septiembre de 1939, y estuvo todavía al frente del gabinete hasta que, tras la invasión de Noruega y luego de los Países Bajos por Hiter, dimitió y sugirió al rey el nombre de uno de sus más feroces críticos, Churchill —cuyo primer volumen está en el origen de la interpretación dominante contra Chamberlain— y tampoco conviene olvidar que el propio Churchill lo incluyó en su gabinete como lord Presidente del Consejo, tarea a la que Chamberlain se aplicó con denuedo hasta su muerte en 1940.

La guerra siempre es un mal, lo que no significa, desde luego, que haya que ceder a las pretensiones del matón de turno. El precedente de la posición de Chamberlain (y, en cierto modo, de las tesis de Gandhi) me parece interesante para evitar un debate maniqueo, que presenta de modo simplista, insisto, una confrontación entre pacifistas ingenuos que se rinden ante el matón, y le dejan hacer con tal de no recurrir a la guerra, y partidarios entusiastas de una interpretación demasiado literal del "si vis pacem, para bellum", demasiado prestos a demostrar que son más rápidos con el gatillo y tienen más capacidad de destrucción. Hay otra vía: sostener la negociación y la diplomacia, sin renunciar por ello a la defensa de la legalidad internacional.

¿Qué hacer?

La cuestión que se plantea al gobierno de España (a la oposición también, obviamente) es cuál debe ser la posición de la Unión Europea, de la OTAN y de España como socio de una y otra, en el escenario de unas negociaciones que tienen como protagonistas prácticamente exclusivos a Putin y Biden. Acabamos de asistir este pasado lunes 24 de enero a la toma de posición de los ministros de Asuntos Exteriores de la UE, que han reafirmado la soberanía, independencia e integridad territorial de Ucrania, han negado la pertinencia de la doctrina de las zonas de influencia en Europa, y se han mostrado dispuestos a severas sanciones económicas inmediatas en el supuesto de una intervención armada de Rusia en Ucrania.

A mi juicio, probablemente el objetivo al que apunta la estrategia de tensión que ha puesto en marcha Putin no implica necesariamente una intervención bélica significativa en territorio de Ucrania. En otras palabras, Putin no está dispuesto a la guerra. Lo que pretende, y estoy de acuerdo en ello con el análisis del mencionado artículo del blog B2, es, de un lado, hacer imperiosa la negociación por parte de Biden y la OTAN, para lo que, si es necesario, está dispuesto a extremar la provocación militar. Putin buscaría en realidad aumentar la presión política y militar sobre Ucrania, con el objetivo verosímil de conseguir un cambio de régimen en ese país. Así lo sostienen los EEUU y el Foreign Office del Reino Unido EEUU según han explicado en un reportaje de investigación los periodistas de The Guardian, Julian Borger, Luke Harding y Andrew Roth. Se trataría de Yevhen Murayev, Serhiy Arbuzov, viceprimer ministro de Ucrania entre 2010 y 2012, y primer ministro interino en 2014; Vladimir Sivkovich, exvicedirector de la Seguridad Nacional Ucraniana, y del Consejo de Defensa (RNBO, en sus siglas originales); Andriy Kluyev, viceprimer ministro entre 2010 y 2012 y jefe de Gabinete del presidente Yanukovich; y Mykola Azarov, primer ministro de Ucrania entre 2010 y 2014. Murayev lo desmintió de inmediato, al igual que el ministerio de exteriores ruso.

Pues bien, por mi parte, recordaré lo obvio: las actuaciones en la política internacional no deben ni pueden apartarse de los principios de legalidad y legitimidad que emanan de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas y del sistema de derecho internacional y de relaciones internacionales que descansan en ella. La razón fundamental de la fundación de las Naciones Unidas fue evitar el flagelo de la guerra. A partir de ahí, hablar de "guerras justas", como vuelven a sostener los defensores de una respuesta bélica frente a Putin, carece de sentido. El recurso a la noción de guerra justa es una trampa carente de justificación, por importantes que sean sus defensores, como el admirado Michael Walzer (tan proclive siempre a la noción de guerra justa frente a las agresiones que sufre Israel como indiferente ante la agresión que sufren los palestinos). A fortiori, sería absolutamente inaceptable una intervención bélica de Rusia en Ucrania.

Por supuesto, en lo que se refiere a Ucrania, cosa muy distinta de la guerra es la legítima defensa frente a la agresión, un argumento que, en todo caso, debe utilizarse con todas las precauciones que imponen los artículos 39 a 51, en el Capítulo VII de la Carta, titulado, como se recordará, "Acción en Caso de Amenazas a la Paz, Quebrantamientos de la Paz o Actos de Agresión". Algunos de nuestros iusinternacionalistas, como los profesores Remiro Brotons y Ramón Chornet (véase su reciente libro La guerra contra el terrorismo, veinte años después. Zero Dark Thirty) han analizado críticamente las coartadas de la "intervención humanitaria" y la "legítima defensa preventiva" y han desmontado cuidadosamente la coartada de la guerra inevitable (no digamos justa) frente a ese penúltimo enemigo que es el terrorismo internacional y los Estados que lo promueven.

Hoy, en todo caso, se habla de la doctrina de la responsabilidad de proteger, reconocida desde la Cumbre Mundial 2005, en la que todos los Jefes de Estado y de Gobierno afirmaron la responsabilidad de proteger a las poblaciones frente al genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad. Este deber de responsabilidad de protección, de alcance internacional, se basa en tres conceptos: la responsabilidad de cada Estado de proteger a sus poblaciones; la responsabilidad de la comunidad internacional de ayudar a los Estados a proteger a sus poblaciones y, en tercer lugar, la responsabilidad de la comunidad internacional de proteger a las poblaciones de un Estado cuando es evidente que este no logra hacerlo, que es, evidentemente, la más controvertida.

Todo ello remite, creo, a dos criterios básicos que, a mi juicio, ha subrayado pertinentemente el ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno español: en primer lugar, el deber de salvaguardar la legalidad internacional, con los medios que proporciona la Carta, lo que implica la clara voluntad de no ceder a chantajes. En segundo término, la prioridad de la acción diplomática, de la negociación, por encima de las tentaciones bélicas, aunque estén revestidas de la etiqueta de "causa justa". Esto quiere decir que se trata de negociar y negociar, mantener la cabeza fría y, así, propiciar la desescalada de ese escenario de tensión que alimentan irresponsablemente los que querrían actuar como Alejandro y, más pronto que tarde, echar mano a la espada.

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Javier de Lucas es catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad de València y senador del PSOE por València.

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