Telepolítica

Una lección básica de navegación política

Cuando estás en mitad de una travesía marítima, a bordo de una embarcación, te explican que hay que prestar especial atención al posible cruce con los grandes cargueros que navegan a gran velocidad. En realidad, cuando se ven de lejos resulta muy sencillo evitar acercarse a ellos. Basta con adaptar mínimamente el rumbo y la velocidad para evitar con mucha antelación llegar a chocar con él. Porque el peligro empieza a ser inevitable cuando el carguero está ya demasiado cerca y no tenemos capacidad de maniobra.

Este martes, me invadía esta imagen cuando veía la retransmisión televisiva de lo acontecido en el Parlament catalán. Apenas tengo experiencia marítima y carezco de conocimientos como navegante, pero frente al televisor me sentía subido a una pequeña barquita a punto de estrellarse contra un descomunal transatlántico, sin capacidad alguna de actuación.

No pretendo representar a ciudadano alguno en una cuestión tan controvertida, pero no me resultaría extraño que las sensaciones que me invadieron durante todo el día fueran comunes a otras personas. Fue una mezcla de sentimientos entremezclados difíciles de racionalizar: impotencia, indignación, incomprensión, asombro y, sobre todo, una profunda tristeza. Por más que supiéramos que nuestra ruta se aproximaba a un peligro evidente, confieso que no me encontraba preparado para asumir lo que acontecía.

Hablar de política es una de mis aficiones preferidas. Y, además, me dedico profesionalmente a ello. Me gusta como materia de estudio académico, pero también me entusiasma como fórmula de interactuar con otras personas, como una forma peculiar de contrastar tus propias convicciones ante la posibilidad de encontrar mejores argumentos que los tuyos. Me gusta, eso sí, defender con energía mis ideas e intentar encontrar razonamientos que apoyen aquello en lo que creo. Cuando me invitan a participar en alguna tertulia televisiva, suelo preparar con antelación mis intervenciones y trato de huir siempre de enfrentamientos vacuos y descalificadores con los otros participantes. Intento que mis exposiciones lleguen a tener más peso que las de quienes opinan de manera diferente y procuro disfrutar del placer de una discusión abierta y limpia.

Algunos amigos me critican a veces por no tomar un partido claro y matizar en exceso algunas afirmaciones. Entiendo el comentario, pero me resulta muy difícil actuar de otra manera. De forma natural, cuando entro en un debate tiendo siempre a escuchar aquellos argumentos con los que coincido y, secundariamente, reparo en los que discrepo. Es un mecanismo mental que a estas alturas me resulta ya difícil de cambiar porque, además, creo que es lo que debo hacer. En ocasiones, tardo incluso en descubrir mi disconformidad total de fondo, distraído en el hallazgo de algún punto de coincidencia colateral.

Lo que este martes nos mostró la cobertura televisiva me resultó enormemente desagradable. Fue un paradigma de la política que detesto. A mí, en política me gusta el acuerdo después de la discusión. Entiendo la democracia como la exposición de diferentes ideas contrapuestas que buscan una solución consensuada mayoritariamente. Y si no hay acuerdo, que defiendo que no lo haya a veces, creo que la democracia implica la articulación de un marco legal que reconduzca la toma de decisiones. No coincido con quienes entienden el ejercicio de la política como la posibilidad de poder acabar imponiendo sus ideas a los demás en el momento que consiga un voto más que ellos. Es mi manera de pensar.

Creo que la ley no implica el triunfo de la razón. Pero el triunfo de la razón implica el cumplimiento de la ley. Las leyes son el resultado de aplicar unas determinadas ideas, en unos determinados momentos de la historia, de acuerdo con la sensibilidad mayoritaria de la sociedad en esta etapa. Hay leyes con las que no estoy conforme y defiendo mi derecho a luchar por su derogación y su mejora. Y, precisamente, para poder modificar las leyes, es indispensable contar con un marco legal que lo posibilite.

A veces confundimos la democracia con la existencia de la diversidad y la diferencia de opiniones. Pienso que la democracia es mucho más. Implica la aceptación de esa diversidad y de la confrontación pacífica de cualquier idea. No se trata de quedarse en el respeto a que existan diferentes. Ser demócrata implica entender sus razones para ser diferentes. A partir de ese punto, surge el debate público y finalmente se articula un marco legal que posibilite la obtención de decisiones firmes.

Parece evidente que todo lo ocurrido en Cataluña en estos últimos tiempos tiene poco o nada que ver con lo aquí planteado. Que el carguero se movía con velocidad y podía colisionar con nuestra ruta se vio hace años. Parece no menos evidente que no se hicieron ajustes ni en el rumbo, ni en la velocidad. Y ahora nos queda sólo la duda de saber cómo de catastrófico va a ser el resultado final de la inevitable colisión.

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