Ni Filadelfia ni Petrogrado. Respuesta a Álvarez Junco

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Luis Fernando Medina

En estos días El País publicó un artículo del eminente historiador José Álvarez Junco que, aunque escrito, como corresponde a la vocación de su autor, en clave histórica, no deja de buscar advertencias sobre la realidad política española del momento. A simple vista trata sobre la figura de Stalin, pero en realidad va mucho más allá, tratando de buscar las claves del pasado, del presente (¿y el futuro?) del totalitarismo. Así, el lector se entera de dos cosas. En primer lugar, que Izquierda Unida “no se ha desprendido suficientemente de su pasado estalinista”. En segundo lugar, que la causa última de las depredaciones de Stalin es que Marx era un ingenuo en teoría política, sobre todo si se le compara con los padres del constitucionalismo norteamericano que “montaron unos mecanismos de reparto de poderes, controles y contrapesos, que ponían las máximas trabas posibles a los abusos.”

Dejemos que sean los miembros de Izquierda Unida los que se encarguen de debatir el primer punto. Yo, menos sagaz que Álvarez Junco, nunca creí que ni Gaspar Llamazares ni Cayo Lara fueran a confiscar la cosecha de Murcia pero, bueno, ya estamos advertidos.

En cambio, me llama la atención la segunda sentencia sobre todo porque no parece escrita por un historiador sino por un propagandista. Si Álvarez Junco hubiera echado mano de sus vastos conocimientos históricos, habría tomado en cuenta que las circunstancias en las que escribió Marx eran muy distintas a las que vivieron los fundadores del constitucionalismo norteamericano, tan distintas que la comparación es simplemente insostenible.

La primera diferencia es que, precisamente, Hamilton, Madison y sus aliados, a diferencia de Marx, estaban escribiendo una constitución, no unos interminables tratados de crítica social. Marx nunca tuvo poder político de ninguna especie. Su actividad política era la de agitador y mentor intelectual de movimientos disidentes que en aquel momento no tenían la más mínima probabilidad de llegar al poder. Hubiera sido un poco extraño, por no decir que una pérdida de tiempo, si Marx se hubiera dedicado, en medio de las penurias económicas y las decepciones políticas que siempre lo acompañaron, a elaborar un cuidadoso andamiaje constitucional para cuando el proletariado llegara al poder, algo que para su tiempo no cabía ni en la imaginación más febril. Las revoluciones que Marx vio de cerca y que tuvieron algún tinte obrerista, la de 1848 y la Comuna de París de 1871, lo cogieron por sorpresa, al igual que a muchos otros. Ambas influyeron sobre Marx, pero en cambio, él tuvo muy poco que ver con ellas; fue más bien un observador.

Pero, podría responder Álvarez Junco, si aceptamos que Marx no tenía ninguna razón para dedicarse a la ingrata tarea de escribir constituciones porque sí, sin saber cuándo ni dónde se van a aplicar, la cosa es distinta tratándose de Lenin. Él sí tuvo responsabilidades políticas en un Estado, él sí fue líder de una revolución.

¿Por qué, entonces, no hizo gala de la sapiencia política de los padres fundadores de los Estados Unidos?

Vistas las cosas desde los comienzos del siglo XXI (o incluso desde las postrimerías del XX), podemos decir que la creación política de Hamilton y Madison funcionó mejor y con menos violencia que la aventura bolchevique. Claro, setenta y dos años después de la Revolución Americana, los mismos que duró la Unión Soviética, la población negra del Sur de Estados Unidos aún vivía en algo parecido a un Gulag, pero reflexionar sobre ese punto nos desviaría muchísimo. Pero un historiador del calibre de Álvarez Junco podría haberse fijado en que, una vez más, las circunstancias eran muy distintas en ambos casos.

No esquivar el problema político. Respuesta a Luis Fernando Medina

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La Revolución Americana fue una revolución de propietarios. El principal problema político al que se enfrentaban Hamilton y Madison era el de crear un sistema de reglas que garantizara que cada una de las élites económicas que participaban en la revolución se pudiera defender de las demás, al tiempo que limitaban las expresiones políticas que podían emanar desde abajo. Había que equilibrar el poder de los estados manufactureros y comerciales del Norte, con mano de obra libre, y el poder de los estados agrícolas, esclavistas del Sur, para lo cual se creó un sistema de representación híbrido que en algunas instancias privilegiaba la población (Cámara de Representantes) y en otras el territorio (Senado). Había que evitar que la elección popular introdujera influencias subversivas, por lo que solamente la Cámara, a diferencia del Senado o del Presidente de la República, era elegida por sufragio directo, por lo demás bastante restringido. La constitución americana como fue concebida originalmente era todo menos democrática.

En cambio, la Revolución Rusa, se enfrentaba a problemas muy distintos. Su objetivo no era armonizar los intereses de distintos propietarios sino, precisamente, erradicar dichos poderes fácticos de una vez por todas. En esa medida, era casi inevitable que dicha revolución, a diferencia de la americana, generara inmediatamente una guerra civil con intervención de las grandes potencias occidentales. (Dicho sea de paso, el delicado sistema de equilibrio de poderes de Estados Unidos estuvo a punto de colapsar precisamente ante la intervención de Inglaterra y Francia en los primeros años de la revolución.)

Tanto los Founding Fathers como Lenin evitaron los mecanismos de participación democrática que hoy tomamos como dados en las naciones más ricas del planeta. La pregunta que va a definir buena parte de la política de los próximos años, como lo sabe cualquiera que haya seguido la crisis del euro, es si dichos mecanismos sirven para apuntalar los derechos de propiedad más poderosos o si pueden ser herramientas de cambios sociales más profundos. La respuesta no está ni en la Filadelfia de 1789 ni en el Petrogrado de 1917. Pero la pregunta es ineludible.

En estos días El País publicó un artículo del eminente historiador José Álvarez Junco que, aunque escrito, como corresponde a la vocación de su autor, en clave histórica, no deja de buscar advertencias sobre la realidad política española del momento. A simple vista trata sobre la figura de Stalin, pero en realidad va mucho más allá, tratando de buscar las claves del pasado, del presente (¿y el futuro?) del totalitarismo. Así, el lector se entera de dos cosas. En primer lugar, que Izquierda Unida “no se ha desprendido suficientemente de su pasado estalinista”. En segundo lugar, que la causa última de las depredaciones de Stalin es que Marx era un ingenuo en teoría política, sobre todo si se le compara con los padres del constitucionalismo norteamericano que “montaron unos mecanismos de reparto de poderes, controles y contrapesos, que ponían las máximas trabas posibles a los abusos.”

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