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A lo largo de mi vida, especialmente en lo que va de este siglo, he tenido muy presente a la pareja Almudena y Luis, Luis y Almudena. Han sido para mí mucho más importantes de lo que yo haya podido manifestarles en persona. Los dos y por separado eran una lección de inteligencia, convivencia y compromiso social sin crispación.

Creo que siempre he estado de acuerdo con los análisis que Almudena hacía de nuestra vida diaria, tanto en sus columnas como en sus intervenciones en la radio. He encontrado en ellos la respuesta a muchas de mis preguntas.

Cuando empecé a hacer cine, mi furia contra Franco y sus 40 años de franquismo era tal que decidí que me vengaría negándole su existencia en mis historias. En ellas no existiría ni la sombra del franquismo. Mis primeras películas vienen de un limbo donde no había pasado ni memoria, sólo existía un presente donde explotaban todas las libertades y yo quería experimentarlas todas. Esto no significaba que yo hubiera perdido la memoria.

Almudena Grandes se convirtió en la voz de los derrotados, los enterrados en cunetas, los resistentes en los montes, los exiliados y en todos nuestros padres y abuelos que nunca abrieron la boca en casa por temor a las represalias

Creo que Almudena Grandes ha hecho más por la memoria de este país que todos los gobiernos desde que existe la democracia. (Y bienvenida sea la Ley de Memoria Democrática, Pedro Sánchez). Con sus Episodios de una guerra interminable, Almudena se convirtió en la voz de los derrotados, los enterrados en cunetas, los resistentes en los montes, los exiliados y en todos nuestros padres y abuelos que nunca abrieron la boca en casa por temor a las represalias. Mi padre estuvo en la guerra, yo nunca le escuché una sola palabra sobre ella. Cuando me documenté para Madres Paralelas y hablé con algunas familias, básicamente nietos y biznietos de las víctimas, lo cual demuestra lo atrasados que vamos en este asunto, descubrí que ese silencio era el silencio de todos los derrotados que habían conseguido sobrevivir. El silencio de nuestros abuelos, nuestros padres, nuestras madres, nuestros tíos. Un silencio patológico.

Este homenaje a la escritora Almudena Grandes es mucho más que merecido. Almudena dio voz a todas estas familias que no pudieron hablar, alumbró las décadas de posguerra no solo dándole voz a sus personajes, sino describiéndonos las calles por donde paseaban las casas donde vivían, el color de los ojos de sus personajes, sus maneras de estar, luchar y sobrevivir en una época tan carente de luz y de palabras. Sus novelas son la mejor enciclopedia para averiguar los usos y costumbres de nuestro pasado más oscuro, mucho más que los libros de historia.

Y una obra tan decididamente republicana ha conseguido la convivencia de ambos bandos. La literatura de Almudena Grandes consiguió un éxito transversal, algo tan difícil de conseguir hoy en día.

El día de su entierro, nada más llegar al cementerio, empecé a ver a hombres y mujeres que probablemente no habían conocido personalmente a Almudena, que estaban allí por devoción a la escritora, y descubrí que muchos de ellos llevaban libros en las manos. Pensé cómo no se me había ocurrido llevar uno a mí también.

Al final, cuando ya la estaban enterrando, junto a “tantos amigos” como La Pasionaria o Largo Caballero, los asistentes enarbolaron sus libros al aire, abiertos, como gesto de homenaje a su autora. Y pensé que era como un sueño, el sueño de Almudena, eternizarse como vecina de La Pasionaria y dejando en nuestras manos sus libros como única arma para luchar contra la muerte y el olvido. Y esa es sólo una de las imágenes que nos ha legado Almudena. Su obra nos va a acompañar por mucho tiempo y nos va sobrevivir a todos.

 

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Pedro Almodóvar es un director de cine, guionista y productor español.

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