¿Más Amancios Ortegas?

Sergio Domínguez

Hace unas semanas, la organización juvenil RUGE organizaba un debate en la sede de UGT (Madrid) con la intención de abordar, desde la juventud de los diferentes partidos políticos, algunas de las cuestiones que más afectan a los jóvenes de nuestro país. De aquel debate quisiera destacar la reflexión que me pareció más reveladora, la que mejor define a la derecha española. La reflexión la hizo Elisa Vigil, una joven diputada del Partido Popular en la Asamblea de Madrid. Ella alegaba que en España existen pocos ricos, y que le gustaría que existiesen más Amancios Ortegas, pero que, por desgracia, solo tenemos uno. Esto que aparentemente suena tan bien, ¿qué significa?

Actualmente, España es uno de los países más desiguales de la Unión Europea, y así lo corroboran dos informes de Oxfam Intermón, uno de 2016 y otro de 2019. El primero señala que en España 20 familias acumulan más porción de renta que el 20% de la población con menos recursos. El segundo apunta que, mientras las familias que no reciben ningún tipo de ingreso se han disparado hasta las 16.500, el número de ultramillonarios ha aumentado un 4%. Es decir, que la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor en nuestro país, un fenómeno que no sucede con la misma intensidad en los países de nuestro entorno. Y estos son datos previos a la llegada de la pandemia, lo que debería poner los pelos de punta. En este contexto, como decía, la reflexión de Elisa Vigil es muy reveladora, pues habla del modelo de país, de comunidad y de ciudad que el Partido Popular defiende ya desde sus bases y sus perfiles políticos más jóvenes. Es un modelo de desigualdad, de acumulación de rentas y de riqueza en unas pocas manos, y mientras al PP le gustaría que las familias más ricas pasasen de la veintena, otros partidos de la izquierda política, como Unidas Podemos, quieren que el porcentaje de familias con menos recursos se reduzca. Esta es la gran diferencia de modelo entre la derecha y la izquierda: apuntalar la desigualdad o reducirla.

Más capitalismo y más ultraderecha significa menos democracia. Más desigualdad significa instalar a la sociedad en una lógica más egoísta y competitiva

Decía el historiador Tony Judt que la desigualdad es corrosiva en la medida que corrompe la sociedad desde dentro. Una desigualdad que, además, y esto Elisa Vigil lo sabe de sobra, se ceba con las mujeres y con los más jóvenes. Es evidente que el Partido Popular no ha inventado la desigualdad social que existe en España, pero es, sin duda, el máximo responsable de agravarla: por un lado, con el milagro económico de Rodrigo Rato, que fue un milagro solo para unos cuantos; por otro, con la reforma laboral de 2012, que disparó la temporalidad al tiempo que rebajó los salarios, y, por último, con las políticas de recortes sobre los servicios públicos que han conformado la base de nuestra democracia. Por tanto, al PP le ha sobrado siempre el Estado del Bienestar, el trabajo digno, la vivienda pública y la propia democracia. No es casualidad que en estos años de crisis no haya apoyado la prórroga de los ERTES, la subida del SMI, la nueva reforma laboral (por lo menos esa era la intención) o las políticas de vivienda. Por esto, el Partido Popular es a día de hoy, en nuestro país, el mayor enemigo de los jóvenes, de las mujeres y de la democracia. Por esto y por ser el principal responsable de que exista la ultraderecha y de que ésta entre en las instituciones. Porque más capitalismo y más ultraderecha significa menos democracia. Porque más desigualdad significa instalar a la sociedad en una lógica más egoísta y competitiva. El activista y expolítico Joan Herrera se preguntó en 2014: “¿cuánta desigualdad puede soportar la democracia?”. Casi una década después, hoy que sabemos que Díaz Ayuso ha cerrado más de la mitad de las urgencias de los Centros de Salud de la Comunidad de Madrid, podemos preguntarnos: ¿Cuántas políticas del Partido Popular puede soportar nuestra democracia? Y habrá algún iluminado que te recuerde que el PP no gobierna a nivel central, pero oponerse a la mejora de las condiciones de vida de la gente también es hacer política.

La cuestión es que, con las calamidades que hemos pasado desde la crisis de 2008 y el panorama desolador que tenemos con la nueva crisis, consecuencia primero de la pandemia y segundo de la guerra, el PP se permite el lujo de reclamar más Amancios Ortegas para España. Y lo hace porque puede, lo hace porque las derechas están a la ofensiva, están desacomplejadas y no hay nada ni nadie que les plante cara.

Y ante una sociedad cada vez más desigual y unas derechas cada vez más temerarias, las izquierdas tenemos el deber moral de dar la batalla cultural, que también es material, de la redistribución de la riqueza y de las rentas. Si la “patria” de la izquierda está en la escuela de nuestros hijos, en los hospitales o en los centros de salud de nuestros barrios, en el trabajo de nuestros jóvenes o en las pensiones de nuestros abuelos, tenemos que hablar de una fiscalidad justa y de un reparto del trabajo. Es decir, que paguen más los que más tienen y trabajar menos para trabajar todos, para vivir mejor. Hay que dejar de hablar de subir o bajar impuestos y empezar a hablar de solidaridad o de traición fiscal, es decir, de quién paga y quién no paga impuestos, o de quién no paga los impuestos que le corresponden. Por supuesto, las familias trabajadoras, como la pequeña y mediana empresa, no se pueden permitir el lujo de no pagar impuestos. Las grandes fortunas y las grandes empresas, sí, y hay que acabar con ese privilegio. Si no queremos seguir a la cola de Europa, debemos tener una fiscalidad más parecida a la europea. Si queremos seguir teniendo derechos, los ricos no pueden seguir teniendo privilegios. Y quien te diga lo contrario o no esté de acuerdo con esto, no es de los tuyos.

Ganar la igualdad pasa por la justicia fiscal como pasa por repartir el trabajo, también el no remunerado, es decir, el trabajo de los cuidados. Hay más trabajo del que el empleo puede absorber, y con el desarrollo tecnológico y el sistema financiero actual, la productividad y la riqueza de los países cada vez dependen menos del factor trabajo. Sin embargo, las familias trabajadoras siguen dependiendo del empleo para tener unas condiciones básicas de vida. Como también dependen del tiempo de ocio para disfrutar y estar con sus seres queridos. “Queremos pan, pero también rosas” que dice la canción. Por tanto, repartir el trabajo significa trabajar menos horas por el mismo sueldo, trabajar menos para conciliar, para repartir los cuidados, para repartir la riqueza, para ser más libres. La izquierda tiene pendiente crear la utopía del siglo XXI. Un horizonte que haga mirar al futuro con ilusión, que le hable al deseo, que consiga construir anhelos. En esa utopía no puede faltar la igualdad que la izquierda del siglo XXI debe conseguir. Una igualdad concebida desde la empatía y la convicción de que todas las personas merecen tener una vida libre, feliz y plena. La izquierda debe ganar la igualdad para ganar la libertad. Si eso pasa, ganamos todos.

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Sergio Domínguez es miembro del Área Joven de Podemos Madrid.

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