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Biodiversidad, divino tesoro

Un ciervo, en Doñana.

Eduardo Crespo de Nogueira y Greer

En 1973, cuando el niño que yo era tuvo el inmenso privilegio de salir al monte con el añorado Félix Rodríguez de la Fuente, faltaba más de una década para que naciera el término “biodiversidad”, y casi tres para que fuera pronunciado en un telediario. Pero, aunque fuese sin nombre y sin eco, la biodiversidad ya estaba allí. Siempre estuvo allí. La naturaleza, el conjunto armónico de todo lo viviente, la vivacidad, como le gusta decir al maestro Joaquín Araújo, ya nos arropaba entonces, como llevaba arropando a la Humanidad desde antes de la cuna. En España daba sus primeros y precarios pasos el movimiento ecologista, y con él nos asomábamos a puertas y ventanas que no sabíamos exactamente adónde conducían, pero que olían bien, porque traían el aroma de las plantas y de los animales, de los campos silvestres que, pese a grandes adversidades, nos han acompañado hasta hoy, y que ahora nos preocupan seriamente.

Cuenta el más ilustre de los biólogos vivos, Edward Osborne Wilson, fundador de ciencias como la biogeografía de islas y la sociobiología, que en 1986 un colega suyo, Walter Rosen, convocó un seminario académico para debatir si las categorías que la ciencia utilizaba al clasificar y estudiar las relaciones entre los seres vivos y su ambiente (biotopos, ecosistemas, biomas...) daban respuesta cabal a la variedad de la naturaleza, y en especial a su carácter sinérgico, es decir, al hecho de constituir un todo mayor y más complejo que la suma de las partes. En el transcurso del simposio, buscando aunar el retrato global y la economía del lenguaje, Rosen acuñó por primera vez el término “biodiversidad”, y dos años más tarde un Wilson ya famoso lo popularizó de forma irreversible al titular con él uno de sus libros más conocidos.

El concepto nació con un sesgo inequívocamente científico, pero quienes le dieron vida eran conscientes desde el principio de su dimensión extraordinaria, y de la carga de valores de otra clase que llevaba aparejada. Muchas veces, desde aquellos días pioneros, ha defendido Edward Wilson que la conservación de la biodiversidad es un imperativo ético que nos implica a todos como seres humanos. Al afirmarlo, no hace sino recoger, revitalizar y derramar sobre el pensamiento de Occidente las voces ancestrales de tantos pueblos originarios e indígenas, cuya sabiduría se sustenta en un pilar de gratitud y reciprocidad en las relaciones con la naturaleza; en una manera milenaria de relacionarse con el entorno que nuestra sociedad quiere imitar hoy con el llamado “aprovechamiento sostenible”. Tomar solo lo que se nos ofrece. Nunca lo primero. Nunca lo último. Nunca más de la mitad. Nunca dañando. El respeto como guía de nuestro uso imprescindible de otras especies.

La biodiversidad colma nuestras necesidades básicas, y es lógico que podamos acercarnos inicialmente a ella de modo utilitario. Me viene a la memoria la metáfora que suele emplear otro conocedor maestro de la biología, Miguel Delibes: la lavadora. Un día se le cae una tuerca, no sabemos ni de dónde, y no pasa nada, no le damos importancia, la máquina sigue lavando la ropa. Al cabo de varios días se desprende el tornillo que había quedado flojo, y tampoco nos alarma porque, aunque traquetea un poco, la lavadora sigue cumpliendo su función. Pero en las semanas y los meses siguientes, como hacemos caso omiso de la máquina tocada, se rompe un manguito que tampoco arreglamos, se agrieta una goma pero no la vemos, se desajusta una polea que nos sorprende con un ruido raro... y se acaba desequilibrando el tambor, que golpea la carcasa y rompe el mecanismo, dejando un charco sucio, un rastro de grasa y un olor a quemado. Adiós lavadora. La tuerca era importante. Los ecosistemas son nuestra lavadora. Las distintas especies son las piezas. Cada extinción es una seria avería. La biodiversidad nos sirve, pero solo podrá seguir haciéndolo mientras funcione, mientras se mantenga intacta y sana, mientras le devolvamos conciencia y cuidado. Aunque solo sea por puro egoísmo, nos interesa preservar el andamiaje de la vida y su funcionamiento.

Por eso es importante comprender que la biodiversidad no es sólo aquello que llama la atención, lo emblemático o espectacular. Está en los parques nacionales y en las reservas, desde luego, pero también, incluso más, fuera de ellos, en los campos y montes corrientes, en los cultivos, en los pueblos y hasta en las ciudades. En todo el territorio, los paisajes que habitamos, entendemos, usamos y alteramos son edificios construidos con ladrillos de biodiversidad. La biodiversidad es la herramienta que consigue la regulación de los procesos naturales, en su visible faceta trófica de predadores y presas, sí, pero también en niveles más ocultos o profundos, como los equilibrios de energía y los intercambios de información que determinan la dinámica de los seres vivos.

Cuando hablamos de biodiversidad no estamos ante una cuestión decorativa, ni solamente estética, por placentera que nos resulte su contemplación. No es un adorno ni una broma. Es un asunto vital. La variedad de las especies es la clave de nuestra capacidad de adaptación a los muchos y grandes cambios (climático, oceánico, sociodemográfico, económico) que definen nuestra época. Nos guste o no, la biodiversidad determinará la supervivencia de nuestras civilizaciones.

En consecuencia, y en contra de lo que parecen pensar (aunque no lo digan) casi todos los políticos y muchas otras personas, empresas y administraciones, tampoco es una hermana menor de los otros factores ambientales, sino que debe abordarse en pie de igualdad y en combinación con la acción climática y energética.

Parezca cara o barata (¿son caras o baratas las inversiones en aquello que nos da la vida?), la defensa de la biodiversidad, y de la urgencia de frenar su pérdida y lograr su restauración, es políticamente costosa, por el hecho de que no es cortoplacista, ni directamente monetarizable. Aunque apenas queda tiempo y es preciso actuar ya, la mayoría de sus efectos no son visibles de manera inmediata, mientras que exige negociaciones con poderosos aquejados de la miopía del beneficio instantáneo (que además piensan que el acceso a la biodiversidad para ellos y sus círculos cercanos estará siempre garantizado).

Ignoran (o desprecian) que se trata de una cuestión íntimamente ligada a la excelencia de la condición humana, a la dignidad de nuestro paso por la vida, al respeto que debemos a todas y cada una de las especies que comparten el planeta con nosotros, y que literalmente hacen posible nuestra existencia. Más allá del pragmatismo egoísta de nuestra propia subsistencia, nos reclama, aunque no lo reconozcamos, el agradecimiento a la vida no humana, la comprensión profunda (tanto científica como espiritual) de la hermandad de todo lo viviente. Por eso, detener el ecocidio y reparar la biodiversidad es una prioridad irrenunciable, aunque hacerla valer exija coraje y determinación.

El respaldo social a la conservación de la biodiversidad ha crecido mucho, pero ni de lejos lo suficiente. Ni Jane Goodall ni Sylvia Earle predican ya en el desierto como tuvo que hacer Félix, pero sigue habiendo líderes indígenas o vecinales, periodistas, ecologistas, guardaparques, personas anónimas de toda condición, que se juegan y acaban entregando la vida por defender la biodiversidad; héroes y mártires a su pesar que engrandecen la lucha de todos por lo que es vital y éticamente inaplazable: la recuperación de la diversidad biológica y ecológica del planeta Tierra.

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Esta lacra solo cesará cuando aceptemos y apliquemos, cada uno desde su lugar, que la biodiversidad es, para nuestras sociedades, el sinónimo más claro de potencia, de alegría, de capacidad creadora y evolutiva, de futuro. El sinónimo de humanismo. El sinónimo de juventud. Biodiversidad, divino tesoro.

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Eduardo Crespo de Nogueira y Greer es doctor ingeniero de Montes

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