Confieso que cada vez me cuesta más leer determinados titulares políticos sin sentir una mezcla de repugnancia, preocupación y desconfianza.
No porque la política no deba ser vigilada. Debe serlo. No porque un gobierno no deba rendir cuentas. Por supuesto que debe. Y no porque Pedro Sánchez o José Luis Rodríguez Zapatero estén por encima de la crítica. Nadie lo está. La crítica política es necesaria. La prensa libre también.
Lo que me inquieta es otra cosa.
Me inquieta comprobar cómo una parte del debate público español parece haber renunciado al análisis para entregarse a la sospecha permanente. Cómo cada día aparece un nuevo titular construido para provocar impacto inmediato, indignación automática y condena anticipada. Cómo se lanza una acusación con grandes letras y después, cuando llega el matiz o la rectificación, apenas queda espacio para contarla. Porque ya no importa la verdad. Basta con haber dejado la huella de la duda.
Y esa dinámica no es provocada.
La manipulación mediática rara vez funciona inventándolo todo desde cero. Funciona de forma mucho más eficaz, seleccionando, recortando, exagerando, sacando de contexto, repitiendo. Transformando indicios en certezas. Filtraciones en relatos cerrados. Hipótesis en culpabilidades políticas. Hasta que lo que empezó siendo una posibilidad termina instalado en la opinión pública como si fuera un hecho probado.
Lo hemos visto demasiadas veces con dos líderes políticos, Pedro Sánchez y también con Zapatero.
A Sánchez se le critica no sólo por lo que hace, sino por una caricatura cuidadosamente construida sobre quién supuestamente es. Cada decisión se interpreta desde el prejuicio previo. Cada movimiento político se presenta como maniobra oscura. Cada noticia parece redactada no para explicar, sino para confirmar una sentencia ya escrita de antemano.
La manipulación mediática rara vez funciona inventándolo todo desde cero
Con Zapatero sucede algo parecido desde hace años. Su papel internacional, su interlocución política o su capacidad de mediación son leídos muchas veces desde la insinuación constante, como si alrededor de él hubiera que mantener siempre encendida una sombra de sospecha. Da igual lo que haga: el marco narrativo ya está construido antes de que empiecen los hechos.
Porque el problema ya no es sólo contra quién se dirige. El problema es lo que provoca en todos nosotros.
Cuando el espacio público se llena de un calculado ruido, la ciudadanía deja de estar informada y pasa a estar dirigida. Cuando el titular sustituye al contexto, dejamos de comprender. Cuando la sospecha se convierte en método de oposición política, la democracia se debilita desde dentro.
La degradación democrática no siempre llega con grandes gestos. A veces llega poco a poco. Se instala en la conversación cotidiana. En la intoxicación permanente. En el descrédito sistemático de instituciones, adversarios y medios que no encajan en un determinado discurso. Llega cuando ya nadie espera conocer la verdad, sino únicamente confirmar aquello que quiere oír.
Y eso es profundamente peligroso.
Porque la democracia puede soportar gobiernos buenos, malos o mediocres. Puede soportar alternancia, conflicto, polarización y desgaste. Lo que no soporta indefinidamente es vivir instalada en una atmósfera de sospecha prefabricada, donde el escándalo pesa más que los hechos y el impacto vale más que la verdad.
La crítica política es necesaria. La prensa libre también
Se puede discrepar radicalmente de Pedro Sánchez. Se puede criticar políticamente a Zapatero. Pero otra cosa distinta, y mucho más grave, es aceptar como normal una maquinaria de señalamiento permanente construida desde la manipulación mediática.
Cuando la sospecha se convierte en estrategia, el ruido en herramienta y el desgaste en objetivo, ya no está sólo en juego el prestigio de un político. Lo que está en juego es avanzar en democracia.
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Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.
Confieso que cada vez me cuesta más leer determinados titulares políticos sin sentir una mezcla de repugnancia, preocupación y desconfianza.