La guerra que supuestamente iba a durar unos días se ha encontrado con un choque de realidad, obligando a Washington a mendigar una salida para evitar el desastre. Mientras la Casa Blanca prepara una especie de salida victoriosa, la economía global se acerca a un periodo de inflación severa y escasez. ¿Quién pagará realmente los platos rotos de este sinsentido?
Quemar 16.500 millones de dólares en apenas doce días y perder el control de la economía global es un precio demasiado alto para una campaña de marketing electoral (que, por cierto, se le ha vuelto en contra). ¿Qué sucede cuando la fuerza militar más poderosa del mundo es derrotada por cuestiones comerciales? Hace ya más de un mes, bajo la etiqueta de Operación Epic Fury, la administración de Donald Trump prometía arrasar la infraestructura militar de Irán y propiciar un cambio de régimen en cuestión de semanas. Hoy, la realidad refleja todo lo contrario: la guerra ha fracasado en sus objetivos y el presidente estadounidense, con su popularidad hundida al 36%, busca desesperadamente una huida hacia adelante, haya acuerdo o no.
Washington ha perdido completamente la iniciativa estratégica. Lejos de someter a la Guardia Revolucionaria o forzar una rendición incondicional, Estados Unidos se encuentra acorralado en una guerra de desgaste que guarda cierto parentesco con el conflicto entre Ucrania y Rusia. Los objetivos oficiales de la Casa Blanca van cambiando casi a diario, pasando de exigir la destrucción completa de las capacidades iraníes a conformarse con "debilitarlas".
Ante la imposibilidad de reabrir el Estrecho de Ormuz por la fuerza sin arriesgarse a una incursión de tropas terrestres, la diplomacia estadounidense ha virado hacia la urgencia. Trump dispara amenazas comerciales a aliados como España, al mismo tiempo que utiliza canales secundarios en Pakistán para filtrar un plan de paz de 15 puntos. El objetivo ya no es la victoria militar, sino construir una narrativa que le permita imitar a George W. Bush y salir airoso antes de las elecciones.
El objetivo de Trump ya no es la victoria militar, sino construir una narrativa que le permita imitar a George W. Bush y salir airoso antes de las elecciones
Pero mientras Washington prepara su salida, el verdadero problema está en nuestros bolsillos. El cierre del Estrecho de Ormuz ha bloqueado de un día para otro unos 20 millones de barriles diarios, provocando la mayor disrupción en la historia de la industria petrolera. Los datos hablan por sí solos: el crudo ha saltado de 71 a más de 100 dólares por barril, y el precio del diésel ha experimentado un repunte del 45%. En Estados Unidos, la gasolina supera ya los 4 dólares el galón y los analistas del mercado advierten que, si la guerra se prolonga, el barril podría tocar los 200 dólares, empujando el galón a los 7 dólares. No nos engañemos, esto va a traer repuntes (que ya estamos viendo) en productos agrícolas y metales básicos como el aluminio.
Habrá quienes digan, no sin razón, que el programa nuclear iraní y sus 440 kilos de uranio suponían un problema que requería una intervención directa. Y es cierto que la pasividad ante un régimen hostil conlleva enormes riesgos. Sin embargo, la improvisación y la falta de una estrategia clara han hecho que el remedio sea peor que la enfermedad. La operación no solo ha despertado a otras fuerzas enemigas, como los hutíes en Yemen, sino que ha destrozado el pacto de seguridad de Estados Unidos con los países aliados del Golfo. Es más, aunque suene contraproducente, Trump ha beneficiado a China, que sigue recibiendo crudo a través de otras vías y ya se prepara para dominar la reconstrucción en Oriente Medio.
En unas semanas, cuando veamos que esto no avanza, chocaremos de frente contra una realidad que dista mucho de parecerse a la narrativa de estos días. Es muy probable que Trump empaquete sus bártulos pronto, declare un triunfo que no existe y abandone la región intentando salvar su popularidad. Pero esa huida no borrará el daño que ha causado. Las consecuencias de su fracaso ya se hacen notar en nuestro día a día. La Guerra terminará, pero la factura de la inflación la pagaremos todos nosotros.
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Antonio Jesús García-Amate es profesor de finanzas en la Universidad Pública de Navarra (UPNA) e investiga sobre energías renovables y gas.
La guerra que supuestamente iba a durar unos días se ha encontrado con un choque de realidad, obligando a Washington a mendigar una salida para evitar el desastre. Mientras la Casa Blanca prepara una especie de salida victoriosa, la economía global se acerca a un periodo de inflación severa y escasez. ¿Quién pagará realmente los platos rotos de este sinsentido?