España y una defensa europea compatible con el Estado del bienestar

Europa está entrando en una nueva etapa geopolítica en la que la dependencia estratégica ya no resulta sostenible. La agresividad de Putin, la incertidumbre derivada de la política exterior estadounidense de Trump y la inestabilidad crónica en Oriente Próximo, agravada por la estrategia del gobierno de Netanyahu, han dejado una lección clara: Europa no puede seguir delegando indefinidamente su seguridad.

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España debe asumir que este debate ya no es ajeno.

Tradicionalmente, la política española ha tratado la defensa como una cuestión periférica, subordinada a otras prioridades. Sin embargo, en el contexto actual, la seguridad europea y la estabilidad económica están íntimamente conectadas. Energía, comercio, migración, cadenas logísticas, seguridad digital y estabilidad regional dependen también de la capacidad de Europa para proteger sus intereses.

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Esto no significa abrazar una lógica militarista ni sacrificar el modelo social europeo. De hecho, uno de los errores más persistentes del debate público consiste en presentar la inversión en defensa como incompatible con el gasto social.

No lo es.

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La dicotomía entre “más defensa o más bienestar” simplifica un problema mucho más complejo. La cuestión no es elegir entre hospitales y seguridad, entre educación y capacidades estratégicas, sino decidir cómo organiza Europa, y dentro de ella España, sus prioridades presupuestarias, industriales y tecnológicas.

España dispone de una oportunidad singular para liderar este proceso dentro de Europa.

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Su posición geográfica, entre el Atlántico, el Mediterráneo y el norte de África, la convierte en una pieza estratégica de primer orden. A ello se suma una base industrial relevante: Navantia en construcción naval, Indra Sistemas en tecnología y defensa, presencia industrial de Airbus, así como capacidades logísticas, satelitales y de ciberseguridad con amplio margen de expansión.

Invertir en defensa europea no debería entenderse exclusivamente como adquisición de armamento, sino como política industrial avanzada. Supone innovación, investigación, transferencia tecnológica, empleo cualificado y autonomía en sectores críticos.

Una estrategia común de defensa europea mejor coordinada permitiría además reducir ineficiencias históricas: compras fragmentadas, duplicación de sistemas y dependencia tecnológica externa. Es decir, gastar mejor, no simplemente gastar más.

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España podría desempeñar un papel central en la construcción de una arquitectura europea de defensa más integrada y racional, compatible con el mantenimiento del Estado del bienestar que define el proyecto europeo.

Reforzar la seguridad, la industria y la soberanía estratégica es también una forma de proteger el bienestar de los ciudadanos

Ese debería ser el verdadero objetivo: no copiar modelos de potencia basados en hipertrofia militar, sino construir una capacidad de defensa suficiente para proteger autonomía política, estabilidad económica y cohesión social.

Porque una Europa incapaz de defenderse termina dependiendo de agendas ajenas. Y una Europa dependiente pone en riesgo, precisamente, aquello que pretende preservar: prosperidad, democracia y protección social.

España haría bien en comprender que liderar una defensa europea más autónoma no contradice su vocación social. Al contrario: reforzar seguridad, industria y soberanía estratégica es también una forma de proteger el bienestar de sus ciudadanos.

No se trata de elegir entre cañones o pensiones. Se trata de entender que, en el mundo actual, la autonomía estratégica también es política social.

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Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.

Europa está entrando en una nueva etapa geopolítica en la que la dependencia estratégica ya no resulta sostenible. La agresividad de Putin, la incertidumbre derivada de la política exterior estadounidense de Trump y la inestabilidad crónica en Oriente Próximo, agravada por la estrategia del gobierno de Netanyahu, han dejado una lección clara: Europa no puede seguir delegando indefinidamente su seguridad.

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