Irán en una encrucijada: tras el levantamiento y la muerte de Jamenei

Irán se encuentra en un punto de inflexión histórico. El levantamiento de enero, respondido con matanzas masivas ordenadas por Alí Jamenei, dejó al descubierto la dependencia última del régimen de la fuerza bruta. Semanas después, estallaron enfrentamientos armados entre valientes miembros de las unidades de resistencia y la guardia revolucionaria en el corazón del distrito de Pasteur, la residencia de Jamenei, en Teherán. Cinco días después llegó la noticia sin precedentes: Jamenei ha muerto. Para muchos iraníes, este momento no señala simplemente el fin de un dirigente, sino el posible colapso de una doctrina política que ha definido al país durante casi medio siglo.

Las protestas de enero no fueron disturbios aislados. Reflejaban años de ira acumulada por la represión, las dificultades económicas y la concentración del poder bajo el velayat-e faqih —el gobierno clerical absoluto—. El régimen respondió con fuerza letal, intentando restablecer el miedo como sustituto del consentimiento. Sin embargo, la represión no logró restaurar la estabilidad.

El ataque del 23 de febrero, por unidades de resistencia de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (OMPI o MEK), al complejo de Jamenei en Teherán dejó al régimen en shock. Aunque resulta difícil verificar de manera independiente todos los detalles, el simbolismo fue inequívoco: el aura de invulnerabilidad que rodeaba al núcleo del régimen quedó perforada.

Maryam Rajavi, presidenta electa del Consejo Nacional de la Resistencia Iraní (CNRI), declaró que la muerte de Jamenei marcaba “la muerte de la tiranía religiosa” y el fin del sistema construido en torno a él. Reiteró que solo el pueblo iraní tiene la legitimidad para determinar el futuro político de su país y que la oposición no busca tropas extranjeras ni tutela externa.

El levantamiento, los enfrentamientos en Teherán y la muerte de Jamenei han transformado el panorama político, si esto conduce a una reforma sostenible o a nuevas turbulencias se decidirá dentro de Irán

Poco antes, el CNRI había anunciado la formación de un gobierno provisional encargado de transferir la soberanía al pueblo y organizar elecciones libres en un plazo de seis meses. La propuesta se basa en un Plan de Diez Puntos que defiende el pluralismo, la libertad de expresión, la igualdad de género, un poder judicial independiente, la separación entre religión y Estado, y un Irán no nuclear. 

Durante el levantamiento de enero, el pueblo iraní, con lemas corrientes en las calles como “Abajo el dictador, sea el sha o el mulá”, rechazó explícitamente tanto la dictadura clerical como un retorno a la dictadura del Sha, derrocada hace 47 años.

La resistencia iraní ha presentado este momento como una transición y no como una toma del poder, subrayando que la autoridad provisional sería temporal y estaría vinculada a una reforma constitucional y a elecciones. La insistencia en plazos definidos y en una asamblea constituyente pretende diferenciar este proyecto de los ciclos autoritarios que han marcado la historia contemporánea de Irán.

Sobre el terreno, las Unidades de Resistencia dirigidas por el OMPI han ganado visibilidad. En Teherán y otras grandes ciudades han aparecido pancartas que proclaman el fin de toda forma de dictadura, ya sea religiosa o monárquica. Estas acciones coordinadas sugieren un grado de organización que va más allá de la protesta espontánea. Sus partidarios sostienen que estas redes podrían contribuir a mantener el orden durante una transición frágil; sus críticos cuestionan su capacidad y representatividad. En cualquier caso, su presencia forma parte de la ecuación política actual.

La situación regional añade complejidad. El ataque del sábado por la mañana, que desencadenó hostilidades abiertas vinculadas a los programas nuclear y de misiles del régimen, ha introducido una dimensión militar peligrosa. La señora Rajavi ha instado a todas las partes a evitar daños a la población civil y a las infraestructuras, al tiempo que mantiene que la solución a largo plazo para Irán reside en un cambio político interno y no en una intervención extranjera.

Las reacciones dentro de Irán han oscilado entre la cautela y la celebración discreta. Para algunos, la muerte del Líder Supremo elimina un poderoso símbolo de represión; para otros, predomina la incertidumbre. La cuestión clave es si el aparato de seguridad del régimen se fragmentará, se consolidará bajo un nuevo liderazgo o negociará elementos de transición.

Irán se enfrenta ahora a dos grandes posibilidades. Una es una inestabilidad prolongada, marcada por luchas internas y el riesgo de un autoritarismo renovado bajo otra forma. La otra es una transición gestionada hacia un marco democrático y laico. El desenlace dependerá menos de la retórica que de la organización política, la coherencia institucional y el equilibrio de fuerzas dentro del país.

Lo que está claro es que se ha roto una barrera psicológica. El levantamiento de enero, los enfrentamientos en Teherán y la muerte de Jamenei han transformado el panorama político. Si esta ruptura conduce a una reforma sostenible o a nuevas turbulencias se decidirá no fuera, sino dentro de Irán.

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Firouz Mahvi es analista especializado en asuntos de Irán, derechos humanos y política europea.

Irán se encuentra en un punto de inflexión histórico. El levantamiento de enero, respondido con matanzas masivas ordenadas por Alí Jamenei, dejó al descubierto la dependencia última del régimen de la fuerza bruta. Semanas después, estallaron enfrentamientos armados entre valientes miembros de las unidades de resistencia y la guardia revolucionaria en el corazón del distrito de Pasteur, la residencia de Jamenei, en Teherán. Cinco días después llegó la noticia sin precedentes: Jamenei ha muerto. Para muchos iraníes, este momento no señala simplemente el fin de un dirigente, sino el posible colapso de una doctrina política que ha definido al país durante casi medio siglo.

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