León XIV y los paisajes después de la batalla

Con dos posts publicados en sus redes sociales, Trump ha declarado abiertamente la guerra diplomática contra el papa León XIV y abierto el Gran Cismita de Mar-a-Lago. Dicho en cristiano, Trump ha entrado en barrena. Porque el papa Prevost responde de muy buenos modos que ni le tiene miedo ni piensa debatir con él. Lo ningunea, lo cual es lo peor que se le puede hacer a uno con el ego de Trump. Puede que lo que haya desencadenado su furia final contra el papa Prevost haya sido la entrevista en el programa 60 minutes a tres cardenales estadounidenses de peso que se despacharon a gusto contra las políticas migratorias de Trump y la noción de “guerra justa” en Irán: “Pero esta es una guerra que elegimos, y creo que está inmersa en un momento más amplio y preocupante en Estados Unidos, que es el siguiente: estamos viendo ante nosotros la posibilidad de una guerra tras otra”, dijo el cardenal McElroy, arzobispo de Washington, durante esa entrevista. Trump en su post no parece haber apreciado el hecho de que [León XIV] se reuniera con “simpatizantes de Obama como David Axelrod, un perdedor de la izquierda, uno de los que querían que se arrestara a feligreses y clérigos [durante el Covid]”.

El frío entre el Vaticano y los EEUU había alcanzado ya cotas álgidas la semana pasada. Se ha sabido que el pasado mes de enero, con el fin de limar asperezas, se celebró una reunión entre el subsecretario de Guerra de EEUU, Elbridge Colby, y el entonces nuncio (embajador de la Santa Sede en Washington), el cardenal francés Christophe Pierre que tuvo mucho de atípica y no sabemos a ciencia cierta cuánto de tensa. Lo atípico es obvio: no se convoca a un embajador al ministerio de la Guerra, y menos aún lo hace un exponente de rango inferior; lo tenso, no tanto: fuentes anónimas vaticanas filtraron al periodista Mattia Ferraresi que se había llegado a mentar Avignon, o sea, el Gran Cisma de Occidente, pero el director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni, sembró dudas sobre el enfoque del artículo bomba de Ferraresi: “La narrativa de algunos medios sobre esa reunión no corresponde para nada a la verdad”. Ese corte tajante deja en el aire cierto aroma a aquel aviso del cardenal Mazarino: “Si te ofenden, lo mejor es que actúes como si no hubiera pasado nada, porque las disputas sólo generan disputas, y ya no tendrías paz. Y aun en el caso de que resultaras vencedor, esa victoria sería peor que una derrota, ya que durante ese tiempo te habrías ganado el odio de muchos”.

Gaza, ICE, Venezuela, Junta de Paz, relación transatlántica, Groenlandia: durante el segundo mandato de Trump el Vaticano y EEUU no se han alineado en ninguna cuestión geopolítica; las disputas no han cesado, hasta llegar a esta guerra de Irán y el Líbano, cuestión en la que no pueden estar más enfrentados. Trump y los suyos necesitaban imperiosamente que esta guerra fuera declarada justa, pero León XIV jamás lo hará, por más que insistan desde el Wall Street Journal en que la Iglesia se ha vuelto “funcionalmente pacifista”, o por mucho que el astuto George Weigel persuada a León XIV a abordar la cuestión partiendo desde el concepto de “tranquilidad del orden” de San Agustín.

Cuando pusieron a Francisco contra las cuerdas y lo conminaron a que denunciara la invasión de Ucrania, Bergoglio dijo: “Un papa nunca nombra a un jefe de Estado ni mucho menos a un país, que es superior a su jefe de Estado”. Cuando Trump amenazó con aniquilar la civilización de Irán, Prevost, también sin mentar a Trump, calificó enseguida su chulesca intimidación como “verdaderamente inaceptable”. La reprimenda al presidente de EEUU resonó en todo el mundo tremenda. En esos canutazos al salir los miércoles de su residencia en Castelgandolfo, es donde León XIV se muestra más suelto. Es curioso que no haya despertado tanto clamor otra frase suya de ese mismo día no menos importante: “Quisiera invitar a todo el mundo a rezar mucho, pero también a ver cómo comunicar acaso con los congresistas, con las autoridades para decir que no queremos la guerra, que queremos la paz, que somos un pueblo que ama la paz, que hace mucha falta en el mundo la paz”. Ese llamamiento dio fruto enseguida en EEUU: existe ya la plataforma standwithpopeleo.com que permite enviar un mensaje directo a los representantes en el Congreso exigiendo el cese inmediato de las acciones militares contra Irán.

Este papa, al que muchos siguen acusando de ser flojo porque cómo diablos se le ocurre ir al principado de Mónaco en el fragor de una guerra tan peligrosa, ha ido elevando el tono a medida que se imponía como norma “la diplomacia basada en la fuerza” y que el Secretario de Guerra Hegseth amañaba rituales y lenguaje cristiano con fines bélicos, en especial en torno a la Semana Santa. En enero, en el discurso al Cuerpo diplomático, León XIV lanzó una frase bomba que despojaba la guerra justa geopolítica de todo encanto para dejarla desnuda en su crudo nihilismo: “La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende”. Desde entonces, León no ha parado de soltar perlas antibélicas: “Dios no puede ser reclutado por las tinieblas”, “Dios no bendice ningún conflicto”, “Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: ‘Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!’ (Is 1,15)”, “La guerra es una blasfemia”. Ese papa supuestamente apocado contraría constantemente las políticas de Trump, pero además, en aras de la paz, invita a todo el mundo al activismo, a la movilización civil, cosa verdaderamente insólita en un papa. En las cuentas del rosario al que convocó el pasado sábado se leen muchas otras frases contundentes: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!”.

Para juzgar debidamente a León XIV, conviene no olvidar que dentro de la Iglesia sigue habiendo un sector, sea lo minoritario que sea, que hubiera ya decretado la guerra justa tan anhelada en el Pentágono

Resultaba bien sencillo responder a los ataques de un papa argentino: se le tachaba de antiimperialista y antiyanki, y ya. En cambio, las críticas de un papa del Midwest, hincha de los Sox, son sacudidas coast to coast. Desde el Vaticano, sin embargo, invitan a no comprar el marco “Prevost contra Trump”. El padre Antonio Spadaro lo considera, por un lado, reduccionista, pues León XIV lucha contra la guerra, no contra el presidente, y, por otro, porque “beneficia a aquellos que retratan al papa como un rival político al que derrotar”. Remando en sentido contrario, otro que se esmera en desactivar las tiranteces entre EEUU y el Vaticano es el cardenal ultraconservador Raymond Leo Burke, el cual considera que el relato del enfrentamiento entre León XIV y Trump es “exagerado”. Dice Burke a propósito de la intervención en Irán: “Creo que desde su punto de vista también Trump tiene como objetivo la paz, en el sentido de que quiere restaurar la paz interna y también en relación con otras naciones, puesto que el régimen representa una amenaza de armas nucleares para las naciones vecinas y las que no lo son”. Para juzgar debidamente a León XIV, conviene no olvidar que dentro de la Iglesia sigue habiendo un sector, sea lo minoritario que sea, que hubiera ya decretado la guerra justa tan anhelada en el Pentágono.

El próximo 8 de mayo se cumplirá el primer año de papado del papa Prevost, un año en el que el “cambio de época” que registró Francisco ha hecho ostensible su faz más criminal. Como la diplomacia vaticana sabe simular y disimular, conviene volver la vista atrás y recordar el fundamento primero de este pontificado, que suele ser el discurso al Colegio cardenalicio que nombra el papa. Prevost dijo en esa ocasión que su nombre papal era un homenaje a León XIII, autor de la Rerum novarum, quien había afrontado la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial. El jurista Pasquale Annichino llamó entonces la atención sobre otra carta encíclica de León XIIITestem benevolentiae nostrae– en que el papa Pecci alertaba sobre el peligro del “americanismo” que pretendía subordinar la vida religiosa a las razones del siglo: “El principio fundamental de estas nuevas opiniones es que, para atraer más fácilmente a quienes difieren de ella, la Iglesia debería adaptar sus enseñanzas al espíritu de la época, suavizar parte de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a las nuevas opiniones”. La infalibilidad papal molestaba en una sociedad de impulso moderno.

Paradojas de la Historia, León XIV pelea hoy contra un “americanismo” de sentido inverso al del papa que le inspiró el nombre. Del gobierno de EEUU ha llegado un huracán que trata de subordinarlo todo a la religión. Es el gobierno de EEUU el que exige a la Iglesia que se adapte a sus exigencias políticas. “La Iglesia se equivoca. Creo que necesitan dedicar tiempo a arreglarla”, dijo Tom Homan, zar de las fronteras, Director Ejecutivo Asociado de Operaciones de Cumplimiento y Deportación de la Casa Blanca. La infalibilidad y omnipotencia ahora es la de Trump, el cual, al preguntarle si veía algún límite a su poder, respondió: “Sí, hay una cosa. Mi propia moral. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme, y eso es muy bueno”. El mesiánico discurso de Vance en Budapest en vísperas de las elecciones húngaras, o las ideas teológicas que expuso Peter Thiel en Roma son tentativas litúrgicas de ese credo que trata de imponerse.

Demos una vuelta de tuerca más a la comparación entre León XIII y León XIV. Según Gaetano Salvemini, el programa del Vaticano, bajo León XIII, consistía en esperar que el régimen político surgido en Italia de la unificación nacional cayera como consecuencia de una guerra o bajo los disparos de los radicales, republicanos, socialistas o anarquistas; los católicos tenían que rechazar participar en la vida política, quitar a los partidos de gobierno todas las fuerzas conservadoras que se agrupaban en torno al clero y así socavar la monarquía de los Saboya desde la derecha, mientras los radicales, republicanos, socialistas, anarquistas los asaltaban por la izquierda. La Iglesia debía permanecer a la espera, sin intervenir. Llegaría la caída de la monarquía, y luego los católicos se opondrían a la revolución social.

El programa del Vaticano, bajo León XIV, consiste también en esperar la caída de otro régimen, en este caso, el trumpiano, con la diferencia de que ahora el papa invita a sus obispos y a los católicos estadounidenses a participar en la vida política. Es raro ver a la feligresía aplaudiendo un sermón, pero el antibelicismo del cardenal McElroy lo consiguió el pasado sábado. Si el sistema trumpiano cae, León XIV y los católicos se verán las caras con el resto de fanáticos groyspers que pululan por el universo MAGA. En juego, la hegemonía cristiana de América, mas también algo mucho más importante, dos conceptos de civilización antagónicos, uno basado en la fuerza militar y en el fundamentalismo cristiano, otro basado en la paz, el multilateralismo y el Estado de Derecho. Son tales las querencias teocráticas del gobierno Trump que el Vaticano de León XIV, un papa que se ha mostrado hasta ahora igual de ilustrado que Francisco, se erige sin miedo como bastión de paz, laicidad –glups– y democracia. Si Salvemini levantara la cabeza...

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Gorka Larrabeiti es profesor de español residente en Roma.

Con dos posts publicados en sus redes sociales, Trump ha declarado abiertamente la guerra diplomática contra el papa León XIV y abierto el Gran Cismita de Mar-a-Lago. Dicho en cristiano, Trump ha entrado en barrena. Porque el papa Prevost responde de muy buenos modos que ni le tiene miedo ni piensa debatir con él. Lo ningunea, lo cual es lo peor que se le puede hacer a uno con el ego de Trump. Puede que lo que haya desencadenado su furia final contra el papa Prevost haya sido la entrevista en el programa 60 minutes a tres cardenales estadounidenses de peso que se despacharon a gusto contra las políticas migratorias de Trump y la noción de “guerra justa” en Irán: “Pero esta es una guerra que elegimos, y creo que está inmersa en un momento más amplio y preocupante en Estados Unidos, que es el siguiente: estamos viendo ante nosotros la posibilidad de una guerra tras otra”, dijo el cardenal McElroy, arzobispo de Washington, durante esa entrevista. Trump en su post no parece haber apreciado el hecho de que [León XIV] se reuniera con “simpatizantes de Obama como David Axelrod, un perdedor de la izquierda, uno de los que querían que se arrestara a feligreses y clérigos [durante el Covid]”.

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