Cuando nuestro malestar se hace viral

El malestar social no surge de repente; se acumula gota a gota. Cuando el cercanías llega tarde otra vez, cuando a fin de mes apenas quedan unos euros, cuando para conseguir una cita médica hay que esperar semanas, o cuando trabajar no deja margen para proyectar una vida digna. Pero no es solo algo personal. Muchas personas viven experiencias parecidas. Compartimos frustraciones y obstáculos, y reconocerlo como algo colectivo ayuda a entender que nuestras dificultades no son fallos individuales, sino consecuencias de estructuras sociales, económicas y culturales.

Gran parte de ese malestar circula y se amplifica en entornos digitales: redes sociales, plataformas y aplicaciones que conectan experiencias, pero también influyen en cómo se perciben y se sienten.

¿Cuánto han cambiado las redes nuestras vidas?

Imponer agenda siempre ha dependido de tres elementos: recursos económicos, conocimiento técnico y redes de influencia. Eso no es nuevo; lo que ha cambiado con las redes sociales es la velocidad y el alcance con que el malestar se transmite. Las plataformas digitales multiplican y distribuyen nuestras emociones en cuestión de segundos. Pueden ofrecer explicaciones simplificadas, relatos emocionales o narrativas polarizantes que condicionan cómo vemos y sentimos la realidad.

La conversación pública ya no se construye únicamente en instituciones democráticas ni en medios de comunicación —que nunca fueron completamente públicos—, sino en plataformas privadas gestionadas por intereses comerciales que priorizan la atención, la viralidad y el beneficio.

El mito del genio que empezó en un garaje

Hablar de las redes siempre nos lleva a otra cuestión: el poder nunca ha sido neutral ni plenamente democrático, tampoco en la revolución digital. Por entonces, se difundió la idea del emprendedor hecho a sí mismo, que desde un garaje transformaba el mundo gracias a su talento, sin necesidad del Estado. La realidad es muy distinta. El sector tecnológico ha estado históricamente dominado por hombres blancos,  mayoritariamente heterosexuales y formados en universidades de élite. Las plataformas digitales son un espacio más donde operan las mismas dinámicas de poder que han marcado la historia durante siglos. No es casualidad: desde los orígenes de Silicon Valley, algunos ideólogos del sector, como George Gilder, alertaban contra lo que llamaban el “afeminamiento” del mundo tecnológico, promoviendo un discurso abierto al desprecio hacia la diversidad y a la exclusión de mujeres y minorías. Hoy esa lógica persiste: Meta abandona programas de diversidad, Twitter se rebautiza como X y se impulsa un discurso contra la “cultura woke”

No decidimos las reglas del juego y los algoritmos no los controlamos nosotros, aunque determinen cómo percibimos, compartimos y sentimos la información

Algunos lo llaman tecnofascismo o tecnofeudalismo, pero quizá el término más adecuado sea tecnocapitalismo: empresarios que buscan enriquecerse a costa de todo, aprovechando la mano de obra gratuita y la atención de millones de usuarios. No hablamos de señores feudales medievales, sino de ricos queriendo ser más ricos.

Democratizar la esfera digital

Atribuir todos los males al entorno digital sería simplificar demasiado. No se trata de demonizar las plataformas, sino de reconocer que no las gobernamos colectivamente, y que su influencia depende de quién controla lo que vemos y leemos. Al igual que en el siglo XIX la fábrica era un campo de disputa política, nunca neutral, hoy el entorno digital funciona de manera similar. En aquel tiempo, el patrón imponía las reglas y podía despedir a quien quisiera si se alzaba la voz; hoy, las plataformas concentran poder y beneficio privado, y seguimos jugando en desventaja: no decidimos las reglas del juego y los algoritmos no los controlamos nosotros, aunque determinen cómo percibimos, compartimos y sentimos la información.

Por eso, la batalla no se gana ignorando la tecnología, sino democratizándola. Eso implica exigir transparencia, regulación, protección de derechos digitales y modelos alternativos que no dependan únicamente del lucro. Gobernar la esfera digital significa convertirla en una herramienta de información, educación y debate democrático, y no en un instrumento de acumulación privada o manipulación emocional. Entre las medidas concretas están la responsabilidad fiscal de las grandes corporaciones, normas claras sobre contenido y diversidad, y estrategias de participación ciudadana que permitan disputar la narrativa dominante.

El malestar existe y siempre existirá. Lo decisivo no es su existencia, sino quién lo cuenta y cómo lo interpreta. Construir sentido común es, al final, una cuestión de poder: quien narra la experiencia compartida define el rumbo político de la sociedad. La pregunta no es si las redes son buenas o malas; el problema es que hoy no las gobernamos nosotros. El futuro digital dependerá de nuestra capacidad colectiva para disputar esa narrativa y poner la tecnología al servicio del bien común.

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Ángel Muelas es codirector de ‘Ideas en Guerra’.

El malestar social no surge de repente; se acumula gota a gota. Cuando el cercanías llega tarde otra vez, cuando a fin de mes apenas quedan unos euros, cuando para conseguir una cita médica hay que esperar semanas, o cuando trabajar no deja margen para proyectar una vida digna. Pero no es solo algo personal. Muchas personas viven experiencias parecidas. Compartimos frustraciones y obstáculos, y reconocerlo como algo colectivo ayuda a entender que nuestras dificultades no son fallos individuales, sino consecuencias de estructuras sociales, económicas y culturales.

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