Marisa Paredes o el incómodo valor de comprometerse

Marc Lamuà

Marisa Paredes, única, grande y libre para desgracia de la extrema derecha patria y fortuna de la cultura de España. Por eso, en la Comisión de Cultura en el Congreso, donde se ha aprobado una iniciativa socialista para que desde el Gobierno se impulse y homenajee su trabajo y su figura, quedó claro que era una mujer comprometida para la mayoría y deslenguada para los que quieren un país pequeño y uniforme.

Fue tan diva cinematográfica como mujer con conciencia crítica. Qué despropósito para esa derecha carca que prefiere mujeres florero que den bien en cámara, pero que no se salgan nunca del guion. Ciertamente, volvimos a palpar cómo su activismo la convirtió para algunos en una figura incómoda, por cómo era imposible separarlo de su incuestionable estrellato en el séptimo arte.

Paredes no renunció nunca a defender derechos o denunciar injusticias, su “no a la guerra”, su voz clara en tiempos donde no era fácil alzarla. Es de agradecer que la extrema derecha evite que ese recuerdo se borre sin más. En el debate parlamentario volvimos a ver cómo se intentó manchar su memoria, simplemente por su activismo progresista.

En una semana en donde hemos visto actuar a la extrema derecha contra la protección de nuestras lenguas, después de asistir a censuras en los teatros de nuestros pueblos, claro, Marisa Paredes sin duda es incómoda. Porque no dudaba en alzar la voz frente a la intolerancia o en defender la cultura libre y sin censura.

Marisa Paredes sin duda es incómoda (...) No dudaba en alzar la voz frente a la intolerancia o en defender la cultura libre y sin censura

Por eso hoy es tan necesario reivindicar la figura de Marisa Paredes en toda su dimensión. Porque entendió antes que muchos que la cultura no es neutral cuando se enfrenta a la injusticia. Que el silencio, en determinados momentos, no es prudencia sino complicidad.

Porque la hija de la portera de la plaza de Santa Ana, que soñaba en ser actriz viendo salir a los actores del Teatro Español, nunca olvidó quién era y de dónde venía. Sólo así se entiende a Marisa Paredes y su mirada del mundo, tal como decía ella: “ser rico se hereda, y ser pobre también”, dijo en una entrevista (El País, 2024).

Más de 75 películas, construyendo personajes complejos y memorables. Su nombre quedó ligado a directores como Fernando Trueba, Jaime Chávarri, Agustí Villaronga y, de forma inseparable, Pedro Almodóvar, con quien filmó Entre tinieblas, Tacones lejanos, La flor de mi secreto o Todo sobre mi madre. Fuera de España trabajó con Arturo Ripstein, Guillermo del Toro, Raúl Ruiz, Roberto Benigni o Manuel de Oliveira, consagrándose como una actriz generacional y referente.

Pero su papel más valiente no estuvo en la pantalla. Fue una mujer libre en un tiempo que no lo ponía fácil. Feminista, coherente y valiente, una verdadera pionera para tantas actrices y mujeres en España y, sobre todo, en su Madrid natal, donde sus vecinos añoran un homenaje a la altura de su estrella.

Por eso, cuando hoy se pretende deslegitimar el compromiso cultural o caricaturizar la defensa de la democracia de tantos artistas como una pose fingida, conviene recordar figuras como la suya. No como nostalgia, sino como referencia. Porque la cultura debe incomodar, debe ser el espejo en el que a veces cuesta verse reflejado, ese es uno de sus más altos valores. Y hay voces y miradas, como la de Marisa Paredes, que siguen recordándonos por qué.

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Marc Lamuà es portavoz socialista de Cultura y diputado por Girona.

Marc Lamuà

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