Una civilización –pronunció José Luis Sampedro en su precioso discurso de ingreso a la RAE– puede entenderse como una complejísima estructura de fronteras, determinantes de actores y relaciones en el sistema social. El nuevo académico puntualizaba a continuación: no sólo de fronteras en el espacio, sino también en el tiempo.
El mundo entero atraviesa hoy una frontera temporal. Enric Juliana y Esteban Hernández han viajado ya a un nuevo mundo. Hay quienes como Trump y Hegseth lo hacen orgullosos de hacerlo asesinando; quienes, como Von der Leyen, tratando de desembarazarse de los viejos arneses del derecho para luego recular habiendo ya causado el daño; o quienes, como Peter Thiel, arden en deseos de profetizar desde Roma y misteriosamente –el Capital, siempre oculto– lo que ha de suceder, el Tiempo que está cerca, el Anticristo o Greta Thunberg, santa subito.
En este marco de mundo todo loco, sonó escandalosa una frase que deslizó a un periodista el arzobispo de Santa Fe, John Wester, uno de los 17 obispos firmatarios de una declaración condenatoria de la política migratoria del gobierno Trump: “Estamos en un momento Bonhoeffer”. Recordemos que Dietrich Bonhoeffer fue un pastor y teólogo luterano ejecutado en 1945 por su activismo antinazi, acusado de complicidad con los conspiradores que intentaron asesinar a Hitler en 1944. Invocar a Bonhoeffer en este momento es invocar a la resistencia. Que desde la Iglesia se invoque a la resistencia es históricamente cosa rara: transgrede a la vez que traza una barrera.
No es para menos. En la primera guerra global de la IA se diluyen los contornos de lo militar, lo tecnológico, lo propagandístico y lo religioso. El 3 de marzo La Fundación para la Libertad Religiosa Militar (MRFF, por sus siglas en inglés) afirma haber recibido más de 200 quejas de miembros de las fuerzas armadas de EEUU que acusaban a sus mandos de sostener que la guerra de Irán es “parte del plan divino de Dios” para anunciar el regreso de Jesucristo. El 5 de marzo, líderes evangélicos volvieron a reunirse otro año más en torno al presidente Donald Trump en la Oficina Oval para orar por él, aunque en este caso oraron también por el éxito de Estados Unidos en la guerra contra Irán. Días después, Pete Hegseth, Secretario de Guerra de EEUU, comparece ante la prensa y, tras asegurar que estaban ganando y que ese día sería el de ataques más intensos en Irán, “con la mayor cantidad de combatientes, la mayor cantidad de bombarderos, la mayor cantidad de ataques y una inteligencia más refinada y mejor que nunca”, concluye recitando el versículo 1 y parte del 2 del Salmo 144, que en la Biblia de Casiodoro reza: “Bendito Jehová mi Roca, que enseña mis manos a la batalla y mis dedos a la guerra. Misericordia mía y mi castillo, altura mía y mi libertador; escudo mío en quien he confiado”. Hasta ahí leyó Hegseth. Luego, ya tirando de su cosecha, oró –o blasfemó– así diciendo: “Que el Señor otorgue fortaleza inquebrantable y refugio a nuestros guerreros, protección inquebrantable para ellos y nuestra patria, y la victoria total sobre quienes buscan hacerles daño. Amén. Que Dios bendiga a nuestras tropas y esta misión”.
“Hacen de todo para que parezca una guerra de religión”, tuiteó el profesor Massimo Faggioli. Así es: un día antes, desde las páginas del Wall Street Journal, lanzaban un cañonazo al papa León XIV: “Los sermones no liberarán Irán”. El autor, William McGurn, miembro de la Junta editorial del WSJ, reprochaba a Prevost que el Vaticano, cegado por la niebla de la guerra, haya abandonado la teoría de la guerra justa en nombre de un “pacifismo funcional”. Trump y los suyos piden a gritos que se declare desde Roma la guerra justa.
Esta es una Iglesia que se moja y cita a Kant: 'La violación del derecho en un punto de la Tierra se siente en todos los demás'
Y, sin embargo, la oposición del Vaticano a esta guerra es tajante. En el Ángelus del 1 de marzo, el papa habló enseguida de “tragedia de enormes proporciones” y de “abismo irreparable”. El Secretario de Estado concedía una larga entrevista el 4 de marzo alertando de “un multipolarismo caracterizado por el primado de la fuerza y la autorreferencialidad”. L'Osservatore Romano fue el único periódico occidental que el 6 de marzo publicaba escandalosamente en portada la foto de los ataúdes de las 180 niñas asesinadas por una bomba de EE.UU. El 7 de marzo, el arzobispo de Chicago, cardenal Cupich, calificó de “repugnante” la propaganda bélica jocosa publicada en la cuenta oficial de X de la Casa Blanca. “Nuestro gobierno está tratando el sufrimiento del pueblo iraní como telón de fondo para nuestro propio entretenimiento”, escribió Cupich, y acertó. El vídeo que había denunciado sería sólo un eslabón de una cadena que recorre de modo juguetón pasiones de los estadounidenses –el cine (JUSTICE THE AMERICAN WAY), el fútbol americano (Touchdown), el béisbol (Pure American dominance) , los bolos (STRIKE), los videojuegos (UNDEFEATED)– yuxtaponiéndolas a imágenes de guerra. Semejante nihilismo adictivo que no se le hubiera ocurrido ni al mejor Goebbels. El 9 de marzo es asesinado en un bombardeo israelí el padre Pierre El Raii, párroco maronita de Qlayaa (Líbano), que había ido a socorrer a una víctima de una bomba anterior. El 11 de marzo, L'Osservatore Romano publica una foto de un edredón ensangrentado bajo el título “1100 daños colaterales”.
Habíamos ya hablado de una Iglesia partisana que había hecho frente a las políticas migratorias de Trump o a la manipulación de ritos y símbolos cristianos por parte del nacionalcristianismo global. La guerra de Irán y Líbano y Oriente Medio resalta aún más la partisanería de una Iglesia que frente a la guerra habla de paz, frente al rearme grita desarme y que lanza, como experta que es en materia atómica, de un riesgo real y concreto de apocalipsis nuclear.
Esta es una Iglesia que se moja y cita a Kant: "La violación del derecho en un punto de la Tierra se siente en todos los demás".Una Iglesia que rechaza el proyecto neocarolingio de Vance o la Ilustración oscura de Thiel. El franciscano Paolo Bonanti, consejero de Francisco en cuestiones de IA, despacha la teología política apocalíptica del dueño de Palantir como “herejía”, y la nueva soberanía que abandera como un subrepticio “poder computacional”.
Este es un papado demócrata y antifascista que, en la reunión del pasado 17 de noviembre con el Comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal española, alertó del auge de la ultraderecha y del peligro de la instrumentalización política de la fe. Aunque la CEE afirma que el papa no hizo mención de ningún grupo en concreto, Vida Nueva sostiene que Prevost sí mentó a Vox.
Es una Iglesia molesta también para el gobierno vasallo de Meloni. Y una Iglesia que observa preocupada cómo en Francia grupos de extrema derecha, al considerar mártir al neonazi Quentin Deranque, fomentan un “cristianismo de combate”.
Hubo un tiempo, hace un siglo, en que catolicismo y democracia no parecían compatibles a los ojos de mucha gente. Lo sostenía firmemente, por ejemplo, Gaetano Salvemini, muy crítico con aquella Iglesia de entreguerras que en el mejor de los casos callaba, y en el peor se manifestaba abiertamente filofascista y belicista azuzando las aventuras bélicas abisinia y española. Hubo un tiempo en que la Iglesia hizo de lo íntimo, personal y privado su refugio de caza. Hubo también un tiempo en que la Iglesia abundaba en doctrina de moral sexual obviando el evangélico escándalo de justicia social. Todo lo contrario de esta Iglesia, fronteriza y batalladora como Bonhoeffer, a la que le inquietan bastante más los pecados de fortaleza que los de debilidad.
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Gorka Larrabeiti es profesor de español residente en Roma.
Una civilización –pronunció José Luis Sampedro en su precioso discurso de ingreso a la RAE– puede entenderse como una complejísima estructura de fronteras, determinantes de actores y relaciones en el sistema social. El nuevo académico puntualizaba a continuación: no sólo de fronteras en el espacio, sino también en el tiempo.