A navajazo limpio (sobre la escritura de Annie Ernaux)

Sé que un Premio Nobel de Literatura siempre tiene que ver con algo que se nos escapa. Como si todo fuera cosa de las teorías de la conspiración. A veces es verdad, esa teoría. Hay nombres entre los premiados que huelen a podrido. Pero no siempre ha sido así. Este año no ha sido así. No me lo creía. Era incapaz de asumir que esta vez el jurado de los Nobel literarios no se había equivocado. El nombre de la mujer galardonada: Annie Ernaux. Tengo la espalda medio rota por un resbalón estúpido (no sé si como todos los resbalones) provocado por una lluvia igualmente estúpida. Pero no quería dejar de escribir unas líneas sobre la alegría inmensa que me provoca la noticia. En este país (bueno, en casi todos) se lee poco (o nada) a las mujeres. Llevo mucho tiempo haciéndolo. En estas mismas páginas, sin ir más lejos. Por eso no quería dejar de hacerlo esta vez. Menos que nunca quería dejar de hacerlo.

Escribía sobre ella misma. Quién no lo hace. Que levante la mano. Otra cosa es eso tan absurdo de la autoficción y otras rarezas. Ella escribía de su vida. De lo que le pasaba. De lo que amaba. De a quién amaba. De quienes traicionaban (con demasiada frecuencia) ese amor al que ella se entregaba siempre como si fuera una adolescente que se enamora por primera vez. Siempre nos enamoramos por primera vez. Y leer a Annie Ernaux es el testimonio más preciso para mantener esa afirmación.

Nunca abandonaría sus orígenes: ni de clase ni literarios. Ahí la grandeza que siempre leí en sus novelas. Escribía abriéndose en canal. Y eso no es fácil

Llegaba de una infancia en que todo era como muy burgués y la realidad es que pasaban más hambre que la pobreza de solemnidad. Segunda Guerra Mundial. Miseria. Estudió porque era la manera de salir de esa precariedad. De ser algo en la vida. Pero lo suyo era escribir. Lo supo desde siempre. Sencillamente porque le gustaba leer. Lo leía todo. Y sobre todo leía esa literatura que era despreciada por el canon literario (ay, señor, el dichoso canon). Esa literatura llamada de subgénero. Igual que yo devoro las novelitas del Oeste, FBI y Ciencia-Ficción, pues ella disfrutaba con lecturas que nadie le recomendaba. Luego, ya llegaría la escritura grande. Los nombres importantes: Kafka y Dostoievski, por ejemplo. Y bastantes más. Virginia Woolf, otro ejemplo. Pero nunca abandonaría sus orígenes: ni de clase ni literarios. Ahí la grandeza que siempre leí en sus novelas. Escribía abriéndose en canal. Y eso no es fácil. Nada fácil. Porque el mundo, el de entonces y el de ahora, está para pocas florituras. Miren algunas de las razones que esgrime el jurado del Premio Formentor que le fue concedido en 2019: “Annie Ernaux ha interpelado a la sociedad de su tiempo con una crudeza insólita y difícil de encontrar entre sus contemporáneos”. Más claro, ni el agua clara. Ella misma escribe en Perderse, su último libro publicado, como casi todos los suyos desde hace años, por Cabaret Voltaire (lo hizo antes en Tusquets, no sé si todavía ahora): “Todo es cada vez más difícil de vivir”. Todo es cada vez más difícil de escribir. Enfrentarse a lo que pasa, a lo que nos pasa. Descubrir que escribir puede hacernos felices, pero también sacarnos las tripas a navajazo limpio. “Todos somos seres atravesados por conflictos”, escribe ella misma con motivo del Premio Formentor. Si no hay conflicto, de qué hablamos cuando hablamos de literatura. Desprecio profundamente la escritura complaciente: con quien la escribe, con quien la lee. A cada página, a cada frase, Annie Ernaux se despelleja viva. Lo sé. La he leído entera. Desde su primer libro hasta el último. Amo lo que escribe. Una vez estuve muy cerca de conocerla. Fue en Annecy. Yo había ido a dar unas conferencias. Sabía que ella vivía en esa ciudad hermosa de la Alta Saboya. Ya no vivía allí. Se había ido a vivir cerca de París. Me quedé "como un gilipollas", como dice mi hermano Javier Krahe en una de sus obras maestras.

Hago una miaja de autopublicidad. A principios de 2021 se publicó mi último libro: Algo personal. Para sus páginas he seleccionado cincuenta nombres y un libro de cada uno de esos nombres. Muchos nombres absolutamente desconocidos (casi todos). Uno es el de Annie Ernaux. Hablo de uno de sus libros que más me han impresionado: La ocupación. Cómo se puede escribir algo así y seguir viva. Pues lo escribió y siguió viva. Alguien me dijo en una ocasión que estaba enferma. Ese alguien sabía de mi amor por ella y por lo que escribía. Ahora tiene ochenta y dos años. Y le acaban de conceder el Premio Nobel de Literatura. Permítanme una broma: me siento orgulloso de, al menos esta vez, haberme anticipado a los suecos.

La espalda me cruje con el puñetero corsé. Nada grave. Pero fastidia. Sólo quería escribir unas cuantas líneas apresuradas sobre una de las escritoras que más admiro. Ya lo dije antes: escribir es difícil si quieres que la escritura no sea una impostura. Releo a Natalia Ginzburg: “Este oficio no es nunca un consuelo o una distracción… Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, se come lo mejor y lo peor de nuestra vida, en su sangre fluyen tanto nuestros sentimientos malos como los buenos. Se alimenta y crece en nuestro interior”. Ese es el oficio de Annie Ernaux. A navajazo limpio con la vida. Con la suya. O sea, con la nuestra.

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro es Algo personal (Piel de Zapa, 2021).

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