En psicología, se denomina “desplazamiento” al intento de arreglar un problema cuando en realidad no podemos solucionar el que verdaderamente nos preocupa, el que es la causa determinante de nuestro malestar. Digamos que es como si decidiéramos cambiarle las ruedas a nuestro coche cuando lo que en realidad le pasa es que le falla el motor. Conecto esto con un libro que me acaba de llegar, y que creo que ilustra perfectamente la situación en la que estamos: se trata de La chica más lista que conozco, y va de relaciones asimétricas. Al otro lado de mi mesilla de noche tengo el primer volumen de Archipiélago Gulag; pero claro, ya no se escriben historias como las de antes. La mirada es profundamente introspectiva, personalista e individual.
No solamente no quiero echar un jarro de agua fría a la Cumbre Progresista que acaba de tener lugar, el pasado fin de semana, en Barcelona; todo lo contrario, creo que ha sido un verdadero éxito y que los progresistas deberían hacer mucho más a menudo lo que han hecho en Barcelona: exhibir que, por paradójico que parezca, hoy los necesitamos más que nunca. Son como el oxígeno que respiramos: necesarios para la vida. Pero, al mismo tiempo, sigo pensando que están obsesionados con cambiarle las ruedas al coche, cuando lo que le falla es, en realidad, el motor. Relaciones asimétricas, antes que archipiélagos.
Creo realmente que la historia del mundo, desde luego la historia de Europa, y más concretamente la de la Unión Europea y la de los países que la forman, empezó a cambiar a finales de los años 80. Se produjo, en ese momento, lo que en vela se denomina un “rolo de viento”: el curso de los acontecimientos cambió de dirección. Hasta ese momento, la política y el Estado tenían la suficiente fuerza como para imponerse a las otras esferas de la vida y, en particular, a la economía. A partir de ahí las cosas cambiaron, y lo hicieron de una manera no contingente, sino estructural. Se empezó a cerrar, dicho sea de otra manera, un episodio de la historia, y empezó a abrirse otro. ¿Se acuerdan, no? Empezamos a asistir, en aquellas fechas, a la explosión de la revolución digital, al despliegue de internet, a la progresiva aparición de las redes sociales, lo que se acompañó de los primeros procesos serios de liberalización y de privatización, de las telecomunicaciones, de la energía eléctrica, del Gas Natural, y un largo etcétera. En muchos casos, esos procesos fueron auspiciados por fuerzas progresistas, que observaban atónitas cómo la única opción que tenían era la de subirse al barco o morir irremediablemente ahogados. No, no creo que la Tercera Vía, ni ésta ni aquella, sea la culpable de la situación de la izquierda en el mundo. Creo que la izquierda hizo lo que pudo para adaptarse al entorno, a costa, eso sí, de perder gran parte de su credibilidad. Pero, si somos serios, ¿qué podía hacer la izquierda realmente en ese momento? Adaptarse o morir. Y todas las adaptaciones se dejan parte de la genética original por el camino. No, no fue ese el problema. El problema fue otro.
El programa de la izquierda tiene que ser de escala: una democracia global para una economía global. Si lo hacemos, a lo mejor hasta tenemos una oportunidad
Sigo pensando que el intelectual que mejor ha diagnosticado los males de los Estados modernos, y de la izquierda por tanto, es Dani Rodrik. Rodrik señala, como sabemos, que no se puede optar por globalización económica, soberanía nacional y democracia a la vez. Al menos, hay que dejar una por el camino. Aunque, como digo, el análisis de Rodrik no es un análisis sobre el estado de la izquierda, sí que tiene claras implicaciones para ella: si decidimos dejar la democracia a un lado, como en realidad está sucediendo, la socialdemocracia sufre más que otras fuerzas políticas, puesto que la socialdemocracia no puede sobrevivir sin democracia (otras fuerzas políticas, sí). Aunque Rodrik ha matizado su “trilema” en posteriores estudios, lo que me interesa recalcar aquí es que el marco que establece es esencialmente válido para entender lo que ha pasado: cuando se expandió la globalización económica, ello tuvo efectos sobre los otros dos vértices del triángulo. Dejemos a un lado la cuestión del voluntarismo (¿se optó por la globalización económica o simplemente ocurrió de forma inexorable?). El caso es que la globalización económica acabó de sellar la dominancia de la esfera económica sobre todas las demás, y en particular, sobre la política. Me da igual que en estos momentos haya un loco en la Casa Blanca que con su política arancelaria esté frenando, de alguna manera, la globalización económica: eso sí que es contingente, y cuando este episodio recesivo termine, volveremos exactamente a lo mismo de antes, aunque con mucha más fuerza.
El marco de Rodrik nos permite ver qué han hecho los Estados ante la globalización económica: optar por soberanía nacional en lugar de por democracia. Es verdad que probablemente la causa de esa opción haya que encontrarla en la crisis económica de 2008, que para mí es el epítome del triunfo de la esfera económica sobre las demás; en efecto, la crisis de 2008 produjo una reacción nacionalista tanto entre las fuerzas progresistas como entre aquellas a las que lo nacional y hasta lo local les salía de dentro de manera natural. De tener que endosar algún error a la izquierda, yo le apuntaría este: el no haber dejado a un lado la soberanía nacional y haber apostado de forma más clara por el internacionalismo, es decir, por la vía democrática regional y global.
Está muy bien que el proyecto progresista para los próximos decenios sea la ecología; también que se intente poner coto a la expansión antiética de la revolución digital. Pero mis queridos amigos y amigas del mundo progresista: ¿cuándo abordaremos definitivamente que si la economía es global, la política democrática también tiene que serlo, que no caben ya miradas nacionalistas, ni siquiera nacionales? El programa de la izquierda es, pues, de escala: una democracia global para una economía global. Si lo hacemos, a lo mejor hasta tenemos una oportunidad.
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Antonio Estella es catedrático Jean Monnet "ad personam" de Gobernanza Económica Global y Europea en la Universidad Carlos III de Madrid.
En psicología, se denomina “desplazamiento” al intento de arreglar un problema cuando en realidad no podemos solucionar el que verdaderamente nos preocupa, el que es la causa determinante de nuestro malestar. Digamos que es como si decidiéramos cambiarle las ruedas a nuestro coche cuando lo que en realidad le pasa es que le falla el motor. Conecto esto con un libro que me acaba de llegar, y que creo que ilustra perfectamente la situación en la que estamos: se trata de La chica más lista que conozco, y va de relaciones asimétricas. Al otro lado de mi mesilla de noche tengo el primer volumen de Archipiélago Gulag; pero claro, ya no se escriben historias como las de antes. La mirada es profundamente introspectiva, personalista e individual.