Silicon Valley y el sueño del supremacismo blanco

Cuando Elon Musk apareció en el escenario de la toma de posesión de Donald Trump ejecutando el gesto que algunos comentaristas bautizaron como saludo romano, muchos prefirieron leer el momento como el exceso teatral de un millonario sin autocontrol. El filósofo franco-americano Norman Ajari no comparte esa indulgencia. En su reciente ensayo Technofascisme. Le nouveau rêve de la suprématie blanche, publicado a comienzos de este año, Ajari desarrolla un argumento incómodo: lo que estamos presenciando no es la extravagancia de individuos con demasiado poder, sino la emergencia de una nueva forma de gobernanza política con base ideológica identificable, infraestructura material concreta y vocación decididamente transnacional. El tecnofascismo, sostiene, no es una metáfora ni un insulto de combate ni una hipérbole militante. Es una categoría analítica con un contenido preciso.

La diferencia con el fascismo histórico no es de grado, sino de estructura. El del siglo XX precisaba partido de masas y Estado nacional como instrumentos de conquista del poder. El tecnofascismo del nuevo milenio prescinde de ambos. Su base organizativa es la empresa y el CEO sustituye al líder político clásico como figura de autoridad absoluta, con mando total sobre trabajadores y amplios recursos sin control externo. No necesita ganar elecciones ni gobernar un territorio. Aspira al dominio de sistemas y flujos sobre los que descansa la vida social, y es precisamente su escala global lo que lo hace más adaptable que cualquier organización partidaria. Mientras que el Rassemblement National (RN), la Alternative für Deutschland (AfD) o Vox compiten dentro de las reglas democráticas, aunque busquen erosionarlas desde dentro, las plataformas tecnológicas operan en una dimensión donde las fronteras estatales resultan intrascendentes.

La genealogía de este movimiento no es tan reciente como podría aparentar. Ya en 1995, Peter Thiel y David Sacks publicaron The Diversity Myth, un texto que cuestionaba frontalmente el multiculturalismo en las universidades americanas y preparaba el terreno para el surgimiento de un elitismo explícitamente favorable a las clases dominantes de ascendencia europea. Ese mismo año circulaba The Bell Curve, de Charles Murray y Richard Herrnstein, ensayo pseudocientífico que postulaba diferencias genéticas de inteligencia entre poblaciones según su origen racial. Los dos textos conforman la matriz ideológica y racial del supremacismo tecnológico occidental. En 2011, Thiel fue más lejos y publicó The End of the Future, sosteniendo que solo los hombres blancos podían sacar a la humanidad del estado salvaje de naturaleza. No es casualidad que tanto él como Musk crecieran en la Sudáfrica del apartheid.

Sería un error cómodo clasificar el tecnofascismo como un fenómeno eminentemente americano a observar desde la distancia

La manifestación más concreta de esta cosmovisión se llama Palantir. La empresa de vigilancia fundada por Thiel presenta sus productos y servicios como herramientas pretendidamente neutras de apoyo a la toma de decisiones. El consejero delegado, Alex Karp, empleó un término más explícito y perturbador, señalando que los programas informáticos de la compañía sirven para modelar kill chains o cadenas que facilitan la ejecución letal de objetivos. Palantir equipa a las fuerzas israelíes desplegadas en Gaza e Irán, al ICE, milicia urbana de Trump, y a la policía fronteriza federal de Estados Unidos, a los servicios de inteligencia interior de Francia y a numerosas corporaciones del CAC40. Se trata del único fabricante de software que toma partido —y cobra— en guerras, deportaciones masivas y operaciones de espionaje interior al mismo tiempo, en continentes distintos, sin someterse a ningún control democrático.

Sería un error cómodo clasificar el tecnofascismo como un fenómeno eminentemente americano a observar desde la distancia. Sin embargo, la penetración en Europa es ya profunda y activa. Las fuerzas armadas de la OTAN integran esos sistemas en el dispositivo militar aliado y la inteligencia interior de varios gobiernos europeos depende de ellos. Cuando Musk interviene públicamente en apoyo de la AfD alemana, de Marine Le Pen o de formaciones ultraderechistas en el Reino Unido y también en el Estado español, no está dando rienda suelta a los caprichos de un multimillonario aburrido, sino ejecutando con plena coherencia una estrategia de penetración hegemónica que utiliza X como vector de difusión de un ideario donde el Occidente blanco ostenta, en palabras de Ajari, el "monopolio natural sobre el futuro". El conglomerado empresarial-tecnológico y la plataforma digital son dos caras de una misma ofensiva.

Frente a la escala de la amenaza, Ajari recupera el concepto de "intercommunalism", desarrollado por Huey P. Newton y los Panteras Negras en los años sesenta y setenta del pasado siglo. La propuesta es la solidaridad activa y transnacional entre comunidades oprimidas como respuesta política adecuada frente a poderes que no reconocen fronteras ni límites. El Estado-nación ya no es el marco suficiente para articular una resistencia efectiva. La pregunta que el trabajo deja abierta —y a la que los movimientos democráticos europeos todavía no han respondido— es si existe una capacidad real de construir esas cooperaciones transfronterizas antes de que el ente-empresa complete el proceso de sustitución de la forma-Estado. Designar y llamar a lo que ocurre con precisión es el primer paso. El tecnofascismo tiene nombre, tiene historia, tiene estrategia y tiene recursos e infraestructura. Ya nadie puede alegar que no lo vio venir.

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David Alvarado es doctor en Ciencia Política, profesor universitario, periodista y consultor.

Cuando Elon Musk apareció en el escenario de la toma de posesión de Donald Trump ejecutando el gesto que algunos comentaristas bautizaron como saludo romano, muchos prefirieron leer el momento como el exceso teatral de un millonario sin autocontrol. El filósofo franco-americano Norman Ajari no comparte esa indulgencia. En su reciente ensayo Technofascisme. Le nouveau rêve de la suprématie blanche, publicado a comienzos de este año, Ajari desarrolla un argumento incómodo: lo que estamos presenciando no es la extravagancia de individuos con demasiado poder, sino la emergencia de una nueva forma de gobernanza política con base ideológica identificable, infraestructura material concreta y vocación decididamente transnacional. El tecnofascismo, sostiene, no es una metáfora ni un insulto de combate ni una hipérbole militante. Es una categoría analítica con un contenido preciso.

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