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Cuánto tiempo seguirá la izquierda aplazando la solución a sus problemas

Xoán Hermida

Podría escribir decenas de artículos al mes, pero en algún momento me desmotivo y no cumplo ni con mis mínimos compromisos.

Entre los motivos de mi desmotivación está que me canso de dar malas noticias para los que imagino como mis camaradas. Podría escribir sobre hipótesis, que luego no se confirmen. Nadie me lo reprocharía. La prensa está llena de ellas. Contentaría a los que aún me tienen por un buen "izquierdista"; pero hace tiempo que no le veo motivación a hacer apología de una izquierda que no actualiza sus programas, no atiende sus obligaciones y no cuida a sus electores.

Así que toca escribir sobre la realidad existente aun a sabiendas que no es la mejor posible ni la soñada en tiempos no muy lejanos. Aunque visto lo que acontece en el entorno podría ser mucho peor.

Hace poco más de dos meses, ante la previsible llegada de Feijóo a la presidencia del PP, escribí un artículo que algunos entendieron como hagiográfico. Nada más lejos de mi intención. En realidad, era una seria advertencia para la izquierda. Mi objetivo era dar algunas de las claves para que las fuerzas progresistas abordaran el problema que se les venía encima. No porque pensara que el relevo en el liderazgo de la derecha fuera el elemento central por el que este va a llegar al poder, pero sí porque Feijóo iba a ser un catalizador para la redimensión del espacio político de los Populares.

En realidad, los dirigentes de izquierda de la Corte prefirieron escuchar los análisis que insistían en las debilidades de Feijóo por los mismos que en más de una década no habían sido capaces no solo de vencerle, sino de interpretar por qué gana.

Así que dos meses después siguen sin entender lo que representa Feijóo y vuelven cual remake con los dosieres de la corrupción de la década pasada (ya me tarda la reedición de las fotos de Marcial Dorado).

Otra de las ideas fuerza de nuestros analistas es buscar en las diferencias entre Ayuso y Feijóo las grietas que resquebrajen lo que consideran una tregua temporal en la guerra interna de la derecha.

Decía, en ese mismo artículo, que Galicia no es Madrid. Madrid no es Galicia. Madrid no se parece a España. Y Galicia se parece aún menos. Tanto es así que Núñez Feijóo no es Díaz Ayuso, y Díaz Ayuso no es Núñez Feijóo. Y aunque lo hubieran querido ser, no podrían. Pero lo primero que había que decir es que la cuarta victoria de Núñez Feijóo (autonómicas 2020) y la primera de Díaz Ayuso (autonómicas 2021) responden a la misma receta.

Hace tiempo que el PSOE abandonó la idea de transversalidad construida para mayorías, aceptando la lógica de la necesaria articulación de alianzas amplias para gobernar. También el PP de Casado había aceptado esa realidad (renunciando a aquello que Fraga bautizó como mayoría natural) y que su única posibilidad de gobernar dependía de acuerdos con Vox.

En esa lógica es normal que no se entienda que en un mismo partido puedan convivir Ayuso y Feijóo, de forma natural; del mismo modo que en el PSOE de los ochenta convivían Maragall e Ibarra o Felipe González y Alfonso Guerra. Y que detrás de la amplitud, o no, de las victorias electorales está la gestión de esas coralidades complejas.

También decía que las autonómicas gallegas (2020) y las autonómicas madrileñas (2021) indicaban que había una corriente de fondo de cambio de ciclo importante en sectores dinámicos de la población atenta, hasta hace poco, a las agendas de la izquierda. Y que esa corriente no se vería alterada por los recientes resultados de las elecciones de Castilla y León. Un auténtico despropósito de una campaña del PP sobreactuada y españolizada, que acabó favoreciendo a Vox en su detrimento.

No nos equivoquemos, el resultado de Castilla y León no anunció un cambio de ciclo político sino un paréntesis provocado por la incompetencia del equipo de Casado empeñado en querer atraer el voto urbano y de sectores liberales profesionales con la idea peregrina de poner en el centro de la campaña el debate sobre las macrogranjas y de convertir en el adversario central de la misma al ministro Garzón. El resultado: Ciudadanos desapareció y el PSOE se desplomó, pero Mañueco —a diferencia de Feijóo y Ayuso en sus respectivas comunidades— no absorbió ni un solo voto de toda esa debacle.

Es en este ciclo político en el que se van a celebrar las próximas elecciones andaluzas.

Las elecciones andaluzas, al igual que las gallegas, son siempre elecciones clave. Esto es así porque en los últimos años de la transición, entre la intentona golpista de Tejero (23/02/1981) y la victoria del PSOE (28/10/1982), se celebraron dos elecciones en España. Las primeras elecciones autonómicas gallegas (20/10/1981) y las primeras elecciones andaluzas (12/04/1982). En las dos se empezó a asentar la que sería la estructura de partidos —bipartidaria PSOE/PP— de los siguientes años, con el sorpasso en ambas elecciones de AP a la UCD y el papel central del PSOE en la izquierda. Y en ambas se empezaron a definir geográficamente las zonas de influencia de la izquierda y de la derecha, con Andalucía y Galicia como "campamento base" de ambas.

En Galicia, en el 2005, con un candidato octogenario tocado y un desastre nacional como el del Prestige, la derecha perdió por vez primera vez unas elecciones frente a la izquierda, por un solo escaño. Solo cuatro años después el PPdG volvía al gobierno de la Xunta de Galicia. Hace cuatro años en Andalucía, después de décadas, el PSOE andaluz perdía el poder y todo apunta a que estará en la oposición por muchos años. Aquellos que achacaban al PPdG su capacidad de retener el poder por su vertiente caciquil, menospreciaron su capacidad de inmersión en la sociedad y su propuesta transversal.

Según los análisis demoscópicos el gobierno de Moreno es valorado positivamente y su propuesta, igual que paso en su momento con Feijóo y Ayuso, tiene capacidad para penetrar en el espectro electoral de izquierdas.

En un ciclo favorable a la derecha, el PP solo necesita hacer dos cosas para ganar por una amplia mayoría en Andalucía y las está haciendo:

Tres reorientaciones ha necesitado el PP de Feijóo para dispararse con respecto al de Casado: un tono más educado, recentrar su crítica al Gobierno, pasar del mantra del Gobierno "ilegitimo" al de Gobierno "incompetente", y variar las agendas

- Un liderazgo nacional lo suficientemente inteligente para no perderse en soflamas incendiarias y/o mirar a su derecha. Solo tres reorientaciones han necesitado en el PP de Feijóo para disparase con respecto al PP de Casado: un tono más educado, recentrar su crítica al Gobierno (pasar del mantra del Gobierno "ilegitimo" a la idea del Gobierno "incompetente") y variar las agendas (de ETA a la economía).

Una campaña centrada en Andalucía, explicando su gestión de gobierno, evitando interferencias foráneas e intentando convencer a los andaluces de que una mayoría absoluta es el único muro de contención a Vox pues la izquierda no acepta dejar gobernar a la fuerza más votada al margen del populismo extremista.

Es normal que el PSOE y las otras formaciones de izquierda intenten hasta el último momento ganar el partido (es parte de su trabajo) y hasta es lógico que los comentaristas y editorialistas progresistas no abandonen a la izquierda a su suerte; aunque ya sepan que las elecciones andaluzas van a suponer un resultado inmejorable para el PP y van a certificar las dificultades de un PSOE andaluz poco acostumbrado a hacer política careciendo de resortes de poder.

Ahora bien, los líderes de la izquierda y el entorno honesto al que aún le quede capacidad para pensar e imaginar otras realidades no deberían conformarse con minimizar o edulcorar la derrota. Tampoco apostarlo todo a campañas de imagen y estilo postelectorales. La crisis tiene demasiado calado para pensar que se soluciona remodelando un gobierno o reconstruyendo un discurso reactivo contra la extrema derecha.

Cualquier "proceso de escucha" debe tener la valentía de escuchar a los que digan cosas que no te gusta oír. Un proceso de escucha reducido al ámbito de los nichos tradicionales de la izquierda, con los grupos corporativos que siempre la respaldaron fielmente, y con las personas e ideas que hicieron fracasar a la izquierda en repetidas ocasiones, lo único que hará es llevar a ésta al mismo punto de partida de siempre. Muchas veces la izquierda tiende a escucharse a sí misma (y a darse la razón). Escuchar es aceptar ideas que se salen de tu marco conceptual. La izquierda en el siglo XXI solo podrá sobrevivir entendiendo que para salvar su esencia tiene que destruir, incluso, su existencia previa.

Por su parte, el PSOE tiene que tener la consciencia clara de que al día siguiente de abandonar la Moncloa no le quedará otro camino, pues corre el riesgo de seguir el camino del socialismo francés, que abordar un proceso de refundación con la misión de volver a la senda de ser un partido de mayorías.

Cuando la política se convierte en un páramo conviene recordar figuras refrescantes como las de Eduard Punset, siempre ocupado en la renovación de la intervención pública y preocupado por el regeneracionismo democrático.

Cuando Punset transitó de su militancia antifranquista del PSUC a la militancia liberal, entendida ésta en su sentido amplio, de la mano de Adolfo Suárez; su amigo y líder del eurocomunismo catalán Antoni Gutiérrez dijo sobre él: “Eduard sabe muy bien de dónde viene, y sabe muy bien adónde va, ¡pero no sabe dónde está!”La base social y electoral de la izquierda hace tiempo que está, de forma colectiva, en modo Punset. Los dirigentes de la misma no deberían prolongar la agonía y retrasar por mucho más tiempo una solución profunda más que necesaria.

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Xoán Hermida es historiador y doctor en gestión pública. Analista político, director del Foro OBenComún.

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