La ciudad como enemigo: así se agravan la desigualdad y el cambio climático por culpa de un urbanismo "hostil"

Usuarios de la bicicleta transitan desnudos por Madrid en protesta por el tráfico y la contaminación.

Ana Fuente Díaz

Más de la mitad de la población global reside en ciudades, una cifra que se prevé alcance el 70 % en 2050, según los datos de Naciones Unidas. Estos enclaves, que a priori representan un espacio seguro y habitable, esconden en su diseño profundas desigualdades y problemáticas que afectan directamente a la calidad de vida de sus residentes, especialmente a la de los más vulnerables. "Tenemos la sensación de que, hoy en día, algunas ciudades se están volviendo progresivamente más hostiles”, asegura José Manuel Caballol, director general de Hogar Sí. “Elementos arquitectónicos que antes eran poco frecuentes, o una excepción, cada vez son más habituales en ciudades y pueblos”. La arquitectura funciona a veces como “una herramienta que pretende impedir el establecimiento de personas en espacios públicos a través de la instalación de elementos arquitectónicos hostiles”, añade. Bancos divididos, objetos punzantes en suelos lisos o elementos de todo tipo que impiden la pernocta son ejemplos comunes, que impiden “estar en la calle y generar comunidad para la ciudadanía”.

Sara Ortiz, de Col·lectiu Punt 6, destaca que “la manera en la que se han diseñado los espacios también reproduce desigualdades de género y otras desigualdades y opresiones estructurales”. Vivimos en espacios pensados desde una visión androcéntrica, vinculada a un hombre blanco de clase media, con trabajo a tiempo completo y que cuenta con todas sus capacidades físicas, sociales y cognitivas. Esta perspectiva ha invisibilizado a la mayoría de la población, según Ortiz, para quien el urbanismo, lejos de ser neutral, responde a un modelo de sociedad patriarcal y capitalista, donde cada metro cuadrado “se explota para el beneficio de unos pocos, aprovechándose de la explotación de muchas”.

El diseño actual de nuestras ciudades contribuye a exponer especialmente a aquellas personas que viven en situación de sinhogarismo a una situación de extrema inseguridad, “siendo una respuesta que lejos de resolver el problema, lo agrava", recuerda Caballo. "La calle no es un lugar seguro, y las personas que se ven obligadas a vivir en ella conviven con esa inseguridad de manera permanente".

Ciudades sin refugios climáticos

Según el Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2023, las áreas urbanas abarcan solo el 3% de la superficie terrestre, al tiempo que representan entre el 60% y el 80% del consumo energético, así como el 75 % de las emisiones de carbono. Además, debido a la concentración de población y a la ubicación de muchas ciudades, son más susceptibles a los impactos del cambio climático y a los desastres naturales.

De esta manera, la hostilidad no solo impacta a aquellos que se ven obligados a utilizar la calle como refugio. Según señala Jesús Martín, vocal del Área de Naturaleza de Ecologistas en Acción, "el modelo urbano predominante intensifica la desconexión de las personas con la naturaleza, generando una deriva social que desvincula a la especie de su hábitat original". Por eso la eliminación de áreas verdes en entornos urbanos representa uno de los grandes desafíos. Martín advierte de que "esta acción va directamente en contra de los procesos de renaturalización urbana, los cuales deberían estar en el centro de la agenda de las administraciones públicas, sobre todo en un contexto de emergencia global debido a la crisis ecológica".

El aumento de las temperaturas, exacerbado por la falta de espacios naturales, contribuye a un entorno urbano aún menos habitable. Según datos del Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico, en 2023 fueron frecuentes los episodios de altas temperaturas, observándose hasta cuatro olas de calor en la Península iIbérica y Baleares y tres en Canarias. El año 2023 fue, además, extremadamente cálido y seco, tal y como se desprende del informe realizado por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET).

El ejemplo más evidente en materia de políticas urbanísticas sostenibles y respetuosas con el medioambiente en España es Vitoria, la ciudad con más superficie verde per cápita, con 42 metros cuadrados por habitante. "El anillo verde o el parque de Salburua son ya referencia internacional en materia de renaturalización urbana", explica Martín. Sin embargo, esta no es la realidad generalizada en el resto del territorio ni a nivel internacional.

"Las áreas naturalizadas proporcionan refugios climáticos, amortiguan los efectos de olas de calor y minimizan inundaciones, contribuyendo a crear condiciones ambientales adecuadas en los espacios urbanos, mejorando la calidad del aire, el confort térmico y reduciendo el ruido", asegura Martín. Además, “son espacios de convivencia, lugares de encuentro e historia de nuestras vidas de gran importancia en nuestro desarrollo. Son los escenarios de nuestro crecimiento y cotidianidad”. 

El reto de la movilidad

De acuerdo con datos de Naciones Unidas, en 2022 solo la mitad de la población urbana mundial tenía acceso al transporte público. Aquí la planificación de la movilidad también juega un papel crucial. Según Ortiz, se "excluye a la mayoría de las personas que se mueven en la ciudad", poniendo “lo productivo, el capital y el consumo en el centro”. Además, recuerda que esta problemática afecta especialmente las mujeres, que “tienden a tener una movilidad más sostenible, utilizando más el transporte público”.

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Detrás de toda esta problemática se encuentra un interés claro: dar prioridad a las actividades productivas que se desarrollan en el ámbito urbano. En lugar de esto Ortiz propone poner la vida cotidiana en el foco de la planificación, incluyendo todas las tareas de cuidados a nivel familiar, comunitario y personal –que generalmente recaen sobre las mujeres– y “convertirlas en responsabilidades  públicas y comunitarias”.

Sin embargo, según Ortiz, este enfoque aún “no existe en un país como el nuestro". A pesar de tener legislaciones normativas a nivel autonómico, estatal y europeo, asegura que estas no cumplen completamente las necesidades y deseos de los más vulnerables en la planificación urbana. Para ella, muchos en el ámbito de la planificación, tanto político como técnico, “no incorporan esta mirada ni valoran la diversidad de personas en nuestro territorio”.

De cara a abordar estos problemas, Ortiz sugiere la formación para “desaprender conceptos que reproducen las estructuras patriarcales y capitalistas” y destaca la necesidad de proyectos que incorporen una perspectiva feminista e intersecciones de manera intencional. Aunque existen modelos exitosos en lo relativo a urbanismo responsable y feminista, como la ciudad de Viena –que se ha convertido en uno de los grandes ejemplos de diseño urbanístico con perspectiva de género–, la implementación a menudo se enfrenta a desafíos políticos que derivan en la invisibilización de estos esfuerzos.

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