El fin de la dinastía de los Baltar crea en la derecha gallega una incertidumbre inédita desde la 'era Fraga'

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David Lombao

Praza.gal —

El 13 de enero de 1990, Centristas de Galicia daba su visto bueno al nombre de la persona que iba a sustituir el líder del partido, Victorino Núñez, como presidente de la Diputación de Ourense. El elegido era José Luis Baltar, alcalde de Nogueira de Ramuín desde 1976 y, a efectos prácticos, el cargo político que controlaba en buena medida la institución provincial desde el inicio del mandato en 1987, aunque sobre el papel fuera solo vicepresidente y portavoz del gobierno provincial.

Núñez cambió la vicepresidencia de la Diputación por la del Parlamento, tras las elecciones en las que el PP de Manuel Fraga había conseguido la mayoría absoluta por la mínima. La provincia de Ourense había sido clave para obtener esa mayoría y sacar de la presidencia al socialista Fernando González Laxe, no sólo por el ajustado y polémico recuento, sino también porque el Partido Popular había concurrido en esa provincia en alianza con Centristas de Galicia, el partido de Núñez y Baltar, que en los años anteriores se había alimentado de múltiples fuentes de la derecha provincial, desde escindidos de la UCD hasta restos de Coalición Galega.

Aquellos hechos políticos de finales de los 80 y principios de los 90 fueron clave para entender la hegemonía fraguista en los lustros siguientes. En 1991, Centristas de Galicia ya estaba integrado a todos los efectos en el PP y la familia Baltar asentada en un trono de poder que ha llegado hasta nuestros días, más de tres décadas después. Llega a nuestros días, pero tras haber declinado desde hace años hasta desembocar en la renuncia de José Manuel Baltar conocida este 14 de junio de 2023, un día que puede acabar siendo tan histórico como el de aquel otro de enero de principios de los 90 y que inyecta en la derecha ourensana y gallega dosis de incertidumbre desconocidas desde aquellos tiempos previos a la pax fraguista.

Los tiempos del PP de Fraga, aquellos que habían comenzado con el partido inscribiéndose en el "nacionalismo moderado" por influjos como los de Centristas de Galicia, fueron también los tiempos del PP de los barones provinciales como Francisco Cacharro en Lugo, Xosé Cuíña en Pontevedra y, por supuesto, José Luis Baltar en Ourense. El granero ourensano suministró votos clave para las mayorías absolutas de Fraga (tras la de 1989 llegaron las de 1993, 1997 y 2001) a cambio de dejar hacer a la familia liderada por el autodenominado cacique bueno. También cuando su hijo José Manuel comenzó a ostentar cargos en el partido, en la Xunta y en el Parlamento.

José Manuel Baltar –Nene o Baltarín para los detractores, Manuel Baltar en la vida pública– fue llevado de la mano por el padre en su ascenso político. Primero como pieza de sus movimientos internos, incluyendo el desafío a Fraga en la célebre revuelta del piso, la sublevación del entonces conocido como sector "de la boina" contra el patrón de la derecha española tras la defenestración de Cuíña en plena crisis del Prestige, hace ahora veinte años. Y desde 2010, como sucesor.

Porque Baltar padre tenía claro que la suya iba a ser una retirada dinástica. Por eso en 2010 legó a su hijo la presidencia del partido en Ourense presentándolo como candidato a un congreso provincial en el que la dirección gallega, encabezada por un Alberto Núñez Feijóo que acababa de llegar a la presidencia de la Xunta, articuló una operación para intentar derribarlo. El movimiento de Feijóo acabó en sonoro fracaso y José Manuel Baltar heredó el partido. Años después, la Justicia daría por probado que, justo antes del congreso, Baltar padre enchufó en la Diputación a más de un centenar de personas vinculadas directamente al partido y, por lo tanto, con poder de influencia en la sucesión.

Aquella sentencia judicial inhabilitaba a José Luis Baltar por nueve años, pero cuando llegó ya habían pasado cuatro desde que había dejado la presidencia de la Diputación. Se la había dejado a su hijo tras revalidarla en las elecciones municipales de 2011 con una holgada mayoría absoluta. En las de 2015, las primeras con Baltar hijo al frente del partido y de la Diputación, la mayoría volvió a ser absoluta.

Pero algo había comenzado a cambiar. Los populares ourensanos seguían arrasando en las urnas con el hijo, pero un poco menos que con el padre. Y así, en 2019, aunque sus números fueron mejores que los del PP en el conjunto del Estado, el resultado en la Diputación ya no fue de mayoría absoluta. Tuvieron que entregar la alcaldía de la capital de la provincia a Gonzalo Pérez Jácome –líder de la tercera fuerza en las urnas, Democracia Ourensana– a cambio de salvar la presidencia provincial.

Y en esto llegó 2023. Por segunda elección consecutiva, el PP de Ourense se quedó sin mayoría absoluta en la Diputación. Y, a diferencia de hace cuatro años, los votos de los populares ya no son estrictamente imprescindibles para que Jácome sea alcalde, ya que su partido es la primera fuerza en la corporación municipal. 

Además, Baltar llegó a la cita electoral notablemente desgastado tras trascender que la Guardia Civil lo interceptó el pasado abril conduciendo la 215 kilómetros por hora un coche oficial de la Diputación, caso por lo que aún está pendiente de juicio tras lograr retrasarlo hasta después de las municipales. Desgastado externamente y, sobre todo, a nivel interno en el PP que ahora dirige en España el expresidente Feijóo, cuyo círculo más próximo siempre consideró a Baltar un mal tan incómodo como necesario en Galicia, pero no tanto en el Estado.

Mucho más desgastado que tras el escándalo que se generó después de ser acusado por una mujer de haberle ofrecido empleo en la Diputación a cambio de sexo. El caso fue archivado por la justicia en 2017 porque la jueza no vio suficientemente acreditado que los hechos denunciados fuesen constitutivos de delitos de cohecho, acoso o tráfico de influencias.

Este cúmulo de factores sirve para explicar, cuando menos en parte, la carta con la que José Manuel Baltar anunciaba este 14 de junio de 2023 que renuncia a volver a aspirar a la presidencia de la Diputación y también a su acta de concejal en Esgos. A esa condición, la de mero edil en un pequeño ayuntamiento, llegó a reducirlo en público en las últimas semanas el actual presidente de la Xunta y del PP gallego, Alfonso Rueda. 

Baltar renuncia a los cargos institucionales, pero no se marcha. O, cuando menos, no se marcha del todo. Por el momento, conserva para sí la presidencia del partido en Ourense, de esa hasta ahora máquina implacable de captar votos y amarrar mayorías absolutas también para la dirección gallega del partido. La misma máquina, no obstante, que fue viendo como, poco a poco, demasiados ayuntamientos de la provincia se fueron tiñendo de rojo PSOE o de azul BNG.

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Y ahora ¿qué? Los rumores sobre el futuro de Baltar hijo llevan semanas disparados. El Parlamento Europeo, un puesto en el Senado por designación del Parlamento de Galicia, alguna entidad vinculada al termalismo... Lo que suceda dependerá, entre otros muchos factores, de estos históricos días de la primavera política de 2023 si acaban con el PP fuera del gobierno de la Diputación de Ourense por primera vez desde la fundación del partido. 

En el PSdeG aseguran estar haciendo "todo lo posible" para que la institución "cambie de color político" y en el BNG guardan un prudente silencio público mientras todas las miradas se dirigen a un Jácome que admite contactos con populares y socialistas. En aquel otro enero de 1990 había quien especulaba con que la llegada al poder de José Luis Baltar no iba a ser por mucho tiempo. Y acabó siendo toda una era política en Galicia. La era de un baltarismo que, cuando menos de momento, no finalizó a pesar de a sus inéditas flaquezas.

Texto original en gallego.

El 13 de enero de 1990, Centristas de Galicia daba su visto bueno al nombre de la persona que iba a sustituir el líder del partido, Victorino Núñez, como presidente de la Diputación de Ourense. El elegido era José Luis Baltar, alcalde de Nogueira de Ramuín desde 1976 y, a efectos prácticos, el cargo político que controlaba en buena medida la institución provincial desde el inicio del mandato en 1987, aunque sobre el papel fuera solo vicepresidente y portavoz del gobierno provincial.

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