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El enigma Feijóo: el PP se entrega a la política sin identidad

Un trabajador de Alcoa hace un gesto ante el retrato de Alberto Núñez Feijoo durante una protesta en Santiago.

Cuando ganó las elecciones de 2009, a Alberto Núñez Feijóo (Os Peares, Ourense, 1961) le esperaba para saludarle, en la Praza do Obradoiro de Santiago, el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán. Fue un abrazo tan efusivo que muchos en Galicia siguen considerándolo un símbolo de lo que vino después: una gestión de los asuntos públicos con mucho, muchísimo espacio, para los intereses privados. Y una manera de entender su papel como presidente de Galicia casi administrativa, muy distinta de la de Manuel Fraga, su antecesor al frente del PP gallego.

A Feijóo la historia le ha ofrecido ahora la rara oportunidad de volver a subirse al tren de la política nacional, el mismo que dejó pasar en 2018 por temor a una derrota. Y aunque es un hombre reservado y alérgico a la incertidumbre, no parece que esta vez vaya a dejarlo pasar. 

Si el martes da el ‘sí’, como está previsto, nadie se opondrá y en el congreso extraordinario de abril se convertirá, con 60 años, en el tercer presidente gallego de la historia del PP. Eso sí, a una edad mucho más avanzada que la de sus inmediatos predecesores: José María Aznar tenía 36 años cuando se hizo con la presidencia del PP; Mariano Rajoy estaba en los 49 y Pablo Casado había cumplido 37. 

Suyo será el reto de reconstruir la unidad de un partido dañado por la división y los enfrentamientos internos, angustiado por el auge Vox y acosado por un calendario electoral que comenzará en los próximos meses en Andalucía y culminará el año que viene con la celebración de elecciones autonómicas, municipales y generales. 

La trayectoria de Feijóo, que lleva 31 años en política, casi la mitad de ellos como presidente de la Xunta, se entiende mucho mejor si se tiene bien presente que es funcionario en excedencia del Cuerpo Superior de la Administración General de la Xunta. “No es un político particularmente ideologizado” sino uno que cree “que la Administración había que gestionarla como una empresa”, explica el periodista David Lombao, director de Praza.gal. En esa línea “desplazó buena parte de la gestión ordinaria de la Xunta a un modelo de agencias, más opaco” y menos sometido a las reglas que rigen en la Administración.

La suya es una “idea gerencial, administrativista”, de la Xunta. Como si Galicia, más que una comunidad autónoma histórica, fuese una diputación provincial. Eso le distancia mucho de Manuel Fraga, el fundador del PP, que sí tenía una visión política del autogobierno. Los miembros de sus sucesivos Ejecutivos poseen “un perfil político muy discreto”: muchos de sus conselleiros, como él mismo, proceden de niveles inferiores de la Administración. 

“Más que un proyecto para Galicia hay un proyecto de ocupación del poder para que no lo ocupen otros”, sostiene el profesor y analista político Manuel Martínez Barreiro. La comparación con Fraga es, también para él, reveladora: el presidente fundador del PP protagonizó una “etapa expansiva” de la Xunta, en búsqueda constante de nuevas competencias. Feijóo, en cambio, aplicó directamente “una congelación absoluta”, con “cero competencias en sus mandatos”. 

Recortes y privatizaciones

Fraga expandió los “servicios públicos vinculados a la autonomía”; Feijóo se dedicó, en cambio, a recortarlos y externalizarlos. “En las etapas anteriores la Xunta, con todas sus limitaciones y con mayor o menor acierto, quería ser un actor en la arquitectura económica de Galicia”. Feijóo, por el contrario, ha representado “barra libre para las corporaciones y las empresas”. Su política es “no interferir, levantar cualquier control que pueda haber sobre el juego de las empresas” y subordinar a ese objetivo la acción del poder público. Así se entiende mejor la felicidad del presidente de Iberdrola en la Praza do Obradoiro en el día de su primera toma de posesión.

“Feijóo sólo cree en el poder y en la ampliación del poder. En ese sentido es un nihilista”, explica Barreiro. Es una persona “capaz de adoptar, en función de las circunstancias, múltiples personalidades ideológicas, desde el tecnócrata puro y duro a un neoliberal” que coquetea “con el socioliberalismo” o se entrega “al neoconservadurismo”. Todo gira “en función de aquello que le permite conservar o ampliar el poder”. 

Esa adaptación al momento que le toca atravesar —él mismo confesó en una ocasión que llegó a votar al PSOE antes de asumir cargos políticos con el PP— contrasta con el retrato simplista que desde hace años hacen de él algunas tertulias madrileñas como un político moderado, las más inclinadas a la izquierda, y como alguien con inclinaciones nacionalistas, las más derechizadas.

Cualquiera que haya seguido con atención su carrera política sabe que ninguna de las dos cosas es cierta. Barreiro recuerda cómo ganó la presidencia del PP en 2006, tras la retirada de Fraga, “diciendo que era centrista, reformista y galleguista. Y de ahí pasó a liderar la campaña electoral más sucia que hubo nunca en Galicia”, apostilla. 

De aquella forma de ejercer la oposición, apoyada en bulos fabricados y diseñados expresamente para desgastar el Gobierno de coalición formado por el PSOE y el BNG, dejó constancia hasta Pablo Casado en su última visita a Galicia, el pasado diciembre. Justo cuando más arreciaban las críticas por la manera en la que él se estaba enfrentando a Pedro Sánchez, recordó que no era más duro que Feijóo cuando el hoy presidente de la Xunta estaba en la oposición. Sólo estaba siguiendo su modelo “de firmeza”.

Desde la perspectiva de Madrid, admite Barreiro, quizá “las formas, el modo de modular el discurso, efectivamente,” son “más moderadas” en comparación con Isabel Díaz Ayuso o con Vox. Pero si se analiza su trayectoria política, “en absoluto es un moderado”. 

“Moderación más bien poca”, corrobora David Lombao. “Hay que recordar que la primera ley que tramita el PP cuando recupera la mayoría absoluta es una iniciativa legislativa para que una red vinculada al Foro de la Familia pudiera recibir fondos públicos y encargarse de asesorar a mujeres que hubiesen decidido abortar”. 

La comparación con Alberto Ruiz Gallardón, que durante mucho tiempo fue considerado un moderado para revelarse después como uno de los ministros más reaccionarios de Rajoy, viene rápidamente a la cabeza. Lo menciona Lombao, y también, en conversación con infoLibre, la portavoz nacional del BNG y líder de la oposición en Galicia, Ana Pontón: “Si tengo que hacer una analogía lo que me parece es un nuevo Gallardón”. 

La dirigente nacionalista recuerda, para quien no lo sepa, que “Feijóo es el heredero de Fraga, se declaraba admirador de Aznar y en el momento de la sucesión de Rajoy lo que hizo fue ponerse claramente del lado de Casado, que no representaba precisamente la opción más moderada”. Por no hablar del presente: “¿Dónde están sus discrepancias con Ayuso?", se pregunta. 

Es en su gestión al frente de la Xunta, especialmente en materia de recortes sanitarios y educativos y en la privatización de servicios públicos como las residencias, donde se encuentran las respuestas.

Lo que haga falta

“No hay más que hacer un repaso de las condiciones en las que está Galicia”, propone Barreiro. “[Feijóo] es un éxito de imagen, pero la realidad es la de una derecha conservadora en valores” cuyo papel no es muy distinto “del que representó el marianismo: unas formas más blandas, pero una práctica política en la que cuando tocan contrarreformas, tocan contrarreformas y programa duro, y cuando toca justificar malas prácticas políticas o corrupción, se hace”. “No es el paradigma de esa derecha decente europea por la que muchas veces se suspira”, resume.

“Si vamos a la política que ha hecho”, enumera Pontón, “vemos que en estos doce años se dedicó a desmontar y privatizar la sanidad, no hizo ninguna residencia pública y sí puso en marcha un pelotazo que acabó beneficiando a DomusVi (uno de los mayores grupos privados de centros de mayores). Entre sus primeras decisiones cuando llega al gobierno está apoyar una iniciativa para financiar asociaciones antiabortistas, recuperar los conciertos con los centros educativos que segregan por sexo o poner en marcha un pin parental contra la lengua gallega que el propio Tribunal Superior de Xustiza de Galicia declaró ilegal. Si alguien cree que esto es moderación”, remarca, “hay que revisar lo que significa”. 

Sin olvidar algo que a la jefa de la oposición en Galicia le parece muy significativo: “El último capítulo es lo que acaba de pasar en el PP, donde Feijóo está tapando la corrupción. No conseguimos que diga una sola palabra“ sobre el caso que afecta a la presidenta Ayuso, que “adjudicaba contratos a dedo en plena pandemia de los que su hermano parece ser que sacó una mordida”.

El de Feijóo es, a su juicio, “un proyecto personal”. Por eso le llaman la atención “las expectativas que algunos medios generan en torno a él” ahora que se da por hecho que asumirá la presidencia del PP en toda España. “Si alguien espera ver en él a un gran estadista con visión de futuro y proyectos estratégicos, se va a dar de bruces con la realidad”. 

En Galicia “lo que demostró es que no tiene un proyecto que nos hiciera avanzar”. “Seguimos teniendo problemas estructurales que se agravan”, una sangría migratoria que no se ha detenido, una crisis demográfica “cada vez más aguda”, una pérdida de empleo muy importante “que se nota sobre todo en los sectores económicos básicos”, unos medios públicos bajo “control partidista” que tiene en pie de guerra a sus trabajadores desde hace dos años y “muchos ejemplos de un PP muy preocupado por beneficiar a las grandes élites económicas”.

En el terreno de la identidad, Feijóo también está lejos de la caricatura que hacen de él Vox y los medios afines a la ultraderecha. El suyo es un “juego dual”, en el que defiende ser “tan gallego como español” y el eslogan —sin traducción práctica— del “bilingüismo armónico”. “Feijóo no es una línea de avance” tampoco en esta materia, sostiene Barreiro. “Es inmovilismo puro y duro”. Fue él quien rompió en 2009 el “consenso que había en Galicia sobre el proceso de normalización del gallego” vigente con los gobiernos de Gerardo Fernández Albor, de Manuel Fraga y de Emilio Perez Touriño. “Si es expresión de algo es de una derecha rupturista de consensos que estaban establecidos,” como el de la lengua.

Lombao también destaca esa decisión, adoptada nada más llegar a la Xunta: “No tuvo ningún problema en ejecutar lo que vino a ser el primer recorte legal a la protección del gallego en la historia de la autonomía. Desde Fraga, la protección del gallego siempre había ido a más, con todas las limitaciones que se quiera, y con Feijóo fue por primera vez a menos”. Así que no es de extrañar que “lo del Feijóo nacionalista” le haga “bastante gracia, porque implica tener una memoria de un cuarto de hora”.

Feijóo es, por encima de cualquier otra cosa, un gran resistente. Sus cuatro mayorías absolutas consecutivas, la consolidación del partido como una maquinaria casi perfecta al servicio del poder, el control norcoreano que ejerce sobre los medios públicos y la influencia que tiene sobre los privados —muy dependientes del dinero que mana de la Administración autonómica— le han hecho casi invulnerable a las movilizaciones sociales y a los tropiezos. Sin esa red de seguridad, pocos políticos habrían sobrevivido a las fotografías que sacaron a la luz su amistad con el narcotraficante Marcial Dorado en una época en la que toda Galicia sabía de los negocios turbios a los que se dedicaba el hombre con el que compartía cenas, paseos en barco y viajes a Ibiza y Andorra.

Galicia no es España

Pero Galicia no es España, recuerda Martínez Barreiro, y eso implica un gran riesgo para Feijóo una vez aterrice en Madrid. El “ecosistema político” que el PP ha construido en Galicia, con una presencia hegemónica en gran parte de la sociedad civil, desde los clubs deportivos, a las asociaciones y los centros recreativos, le garantiza un panorama “muy progubernamental” y una respuesta “muy pasiva”. “Están muy bien instalados ahí” porque la estructura de poder les otorga “una base de obediencia política muy grande”. Esa es la razón por la que, aunque de vez en cuanto tengan que afrontar “ciclos de movilización y protesta social muy fuertes”, al final “los efectos electorales sean pequeños”. 

Es un entorno “perfecto para el tipo de política y de liderazgo de Feijóo”, pero no se da en España. Como tampoco el control de los medios que existe en Galicia. Por no hablar de la situación del PP. “Aquí la jerarquía del partido es primero Feijóo, segundo Feijóo y tercero Feijóo”, pero en Madrid, como ha evidenciado la operación para derribar a Casado, el partido está muy lejos de ser una organización unida. La potencia interna de Ayuso no va a desaparecer, recuerda, como tampoco la de otros barones, la del aznarismo o la de los partidarios de Vox. “Va a tener grandes contrapesos internos que en Galicia no tiene”.

¿Pactará, llegado el caso, con Vox? Lombao y Pontón están convencidos de que sí. Que la ultraderecha no haya entrado aún en las instituciones gallegas ha dado a Feijóo la reputación de ser el único político que ha sido capaz de frenar electoralmente a los ultras. Y, al mismo tiempo, el argumentario de Vox, que a menudo le tacha de nacionalista, ha alimentado la idea de que es el político del PP menos dispuestos a llegar a acuerdos con ellos.

Ana Pontón no se lo cree. “Feijóo tiene una historia que acredita que puede decir una cosa y la contraria, hasta en el mismo día. Que nadie tenga la más mínima duda de que si Feijóo necesita a Vox se apoyara en Vox para gobernar”, afirma tajante. En el Parlamento de Galicia, recuerda, el BNG intentó “que se pronunciara por un cordón sanitario a la extrema derecha y lo que hizo fue votar en contra. Eso define cuál es su posición”.

El director de Praza.gal está de acuerdo. “Mi opinión es que, llegado el caso, no tendría ningún problema”. Eso sí, "vendiéndolo como que no le quedó más remedio porque intentó una gran coalición con el PSOE y no quisieron”, por ejemplo.

La suya no es sólo una opinión, se fundamenta en dos evidencias: su discurso tras las elecciones andaluzas, cuando “dijo que Vox era un partido como cualquier otro”, y la decisión del PP gallego de pactar con un partido antisistema, Democracia Ourensana, el Ayuntamiento de Ourense después de afirmar durante la campaña que “nada estaba más lejos“ de su intención. ¿Cómo lo justifica? Diciendo precisamente “que no le quedó más remedio”, explica.

Lombao no atribuye a Feijóo sino a la identidad y la estructura del PP gallego las dificultades de Vox para entrar en las instituciones en Galicia. Algo que puede cambiar porque los ultras se quedaron en Galicia fuera del Congreso por apenas 2.000 votos y fueron la tercera fuerza en muchos ayuntamientos. “Vox en Galicia existe”, advierte. “Y no sería descabellado que en la siguiente convocatoria pudiese entrar” en el Congreso por alguna provincia gallega.

Cambio de escenario

En todo caso, la competencia con Vox en el conjunto de España obligará a Feijóo a hacer frente a un escenario que no tenía en Galicia. Y si trata de atraer a sus votantes construyendo “un PP de amplio espectro”, como el PP gallego, “va a espantar” al electorado más extremista.

Barreiro opina lo mismo. Cuando se haga cargo de Génova, pronostica, Feijóo tratará de hacerse con el voto moderado que existe entre el PSOE y el PP. “Él sabe que para ganar tienes que trabajar ese nicho” y lo ha ido anticipando en declaraciones públicas muy ”sintomáticas”. 

Cuando renunció en 2018 a la carrera política por la presidencia del PP, “mencionó como sus referentes a [Adolfo] Suárez y a Rajoy. No habló de Aznar”. Y cada vez que tiene ocasión, “construye un discurso de alabanzas a Felipe González. El traje político que se está confeccionando, con el que le gustaría presentarse“ en España, “es un patrón que coge cosas del primer Suárez y del último Felipe González. Una posición de orden, moderada, muy atenta a los intereses de los grandes poderes, de estabilización”. Y eso, advierte, “combina mal con Vox y con los acuerdos políticos que el PP tiene en la actualidad y que tendrá que mantener en el futuro”.

Barreiro, no obstante, sospecha que una buena parte del voto de Vox no es más que el resultado de “la falta de potencia de poder que demostraba la dirección” de Pablo Casado. No tenía “una imagen de partido fuerte, de partido competitivo”. En su opinión, la gente que vota opciones como Vox lo hace porque cree que les defienden mejor. Pero las mismas personas volverán al PP si en algún momento este partido da muestras de fortaleza, y ahí la figura de Feijóo, y su capacidad para ganar elecciones —lleva cuatro mayorías absolutas en Galicia— puede jugar un papel. 

En la medida en la que el PP trabaje el relevo en su liderazgo como “una recuperación del vigor político” de partido, serán capaces de “devolver confianza a muchos electores y de frenar el crecimiento de Vox”.

No obstante, reconoce, el punto de partida es muy complicado. “Cualquier decisión política se traduce en descuentos: si eres demasiado débil en la oposición política nutres a Vox; si eres demasiado condescendiente espantas a los moderados”. 

A su juicio, hay una parte importante del voto ultra que es producto de una reacción a un gobierno que perciben muy a la izquierda y frente al cual ven que el PP no es más que una “débil barricada”. Por eso, paradójicamente, razona Barreiro, si el PSOE se modera, en busca de electores más centrados que estén incómodos con la crisis interna del PP —muy codiciados porque “valen el doble”: cada uno que consigues es otro que además le restas a tu oponente”, explica—, “le puede poner las cosas mas fáciles a Feijóo”. 

Aunque no será sencillo. “Lo que está pasando [en el PP] es una señal de crisis global del partido, no de liderazgo. Los comportamientos, la falta de solidez y de ética, indican que eso no se resuelve con un cambio de líder. Están abocados a una refundación, como ocurrió en otras épocas. Con parches pequeños no lo resolverán”, concluye. 

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