La guerra cultural tiene precio de entrada: cómo la nueva derecha convirtió sus ideas en negocio de masas

Hay un dato que lo resume casi todo: para sentarse en el mismo palco que los ponentes del Madrid Economic Forum y cenar con ellos en la afterparty VIP, hay que desembolsar 2.500 euros. Para escucharlos desde la platea general, basta con 49. Entre esos dos extremos, un sistema escalonado de entradas Gold a 299 euros que promete “acceso preferente al networking” —un espacio con acceso directo a redes de contacto— y visibilidad ante los líderes del pensamiento liberal hispano. El evento es, en su propio diseño de precios, una metáfora del mundo que predica: el mercado estratifica, y quien más paga, más accede.

El Palacio de Vistalegre, ese recinto de Carabanchel construido sobre el solar de una antigua plaza de toros, se ha convertido en algo más que un espacio de eventos. En dos meses, habrá acogido dos de las convocatorias más reveladoras del momento político y cultural español. El 17 de enero, más de 6.000 jóvenes apagaron sus teléfonos durante cuatro horas para escuchar a Juan Manuel de Prada, Ana Iris Simón, Juan Soto Ivars o Jano García hablar de precariedad, sentido y trascendencia en lo que sus organizadores llamaron El Despertar. El 14 de marzo le toca al Madrid Economic Forum (MEF26), que promete traducir ese despertar emocional en claves de emprendimiento, desregulación y libertad económica.

Los dos eventos comparten algunos ponentes, el recinto y, sobre todo, la misma intuición estratégica: en España hay un mercado ideológico desatendido, joven, frustrado y dispuesto a pagar por sentir que pertenece a algo distinto.

Las empresas detrás del Madrid Economic Forum no son think tanks ni fundaciones ideológicas. Son dos firmas andorranas: Abast, dedicada al asesoramiento fiscal, y Racks Labs, consultora de “inteligencia de negocio”, que viene a ser una combinación de IA, chatbots y soluciones digitales para el manejo de datos (este grupo empresarial fue cofundado por Víctor Domínguez, un agitador conocido en redes como Wall Street Wolverine señalado por difundir desinformación). 

Su trayectoria empresarial, antes de saltar a Madrid, consistía en organizar el Andorra Economic Forum —un evento más íntimo, de unos mil asistentes, con todas las entradas vendidas— para clientes interesados en la optimización fiscal y la planificación patrimonial en el Principado. El salto a Vistalegre en junio de 2025 fue, en términos de negocio, un éxito rotundo: 7.500 asistentes, cobertura en grandes medios, clausura de Javier Milei y confirmación de una segunda edición para 2026.

Lo que los organizadores han descubierto —y aquí reside la clave de su modelo— es que la batalla cultural puede ser un producto. No en sentido peyorativo, sino literal: un producto con costes de producción, márgenes de beneficio y distintos segmentos de mercado. La entrada estándar cubre la experiencia masiva; la Gold añade encuentros profesionales cuidadosamente seleccionados; la Diamond entrega acceso directo a los ponentes. Las empresas pueden convertirse en partners —colaboradores— por menos de 1.500 euros y obtener visibilidad de marca ante un público de emprendedores, inversores y profesionales liberales. El discurso antiEstado y promercado no solo se pronuncia desde el escenario: también se practica en el modelo de negocio.

Los patrocinadores del MEF26 son, en sí mismos, un retrato sociológico del ecosistema. Economía Para Adultos y Hespérides, dos proyectos de formación con orientación liberal; marcas de fitness, oratoria e idiomas; consultoras digitales y empresas de nutrición. Es el universo aspiracional de una derecha joven que mezcla libertad económica con optimización corporal, emprendimiento con masculinidad productiva, crítica al Estado con coaching personal.

El núcleo duro

El núcleo duro del MEF26 lo forman los economistas vinculados al Instituto Juan de Mariana: Juan Ramón Rallo, Miguel Anxo Bastos y Manuel Llamas, director del propio Instituto. No es casual. El Juan de Mariana es el think tank ultraliberal de referencia en España, un laboratorio de ideas que lleva dos décadas elaborando el sustrato intelectual que ahora se despliega en eventos masivos. Su presencia en el foro es a la vez una señal de supuesta legitimidad académica y un indicador de hasta dónde ha llegado la influencia de ese pensamiento fuera de los círculos especializados.

Junto a ellos, Daniel Lacalle —economista mediático, gestor de inversiones, voz habitual en los circuitos de la ortodoxia fiscal que predica disciplina, estabilidad y sostenibilidad— y una constelación de comunicadores de la derecha digital: Jano García, que ha construido su carrera sobre la crítica a lo que llama el “consenso progresista"; Vito Quiles, el agitador más conocido del ecosistema ultra en redes sociales; Pedro Herrero, especialista en narrativas culturales conservadoras; o Juan Soto Ivars, escritor y periodista, en estos momentos en Abc, que ha sabido navegar entre espacios heterogéneos agitando la bandera de la libertad de expresión y hace tiempo que desempeña del rol de cronista oficial de la guerra cultura de la derecha. Su voz también estuvo presente en el acto de El Despertar del mes de enero.

En cartel, al que cada día se van sumando nuevos nombres, siguiendo la lógica de algunos festivales, también figura Roberto Vaquero, el líder de Frente Obrero. Es una organización que, a pesar de ser muy minoritaria y declararse de inspiración marxista-leninista, ha logrado captar la atención de la derecha gracias a sus postulados identitarios y antiinmigración.

Su inclusión no es un gesto de pluralismo ingenuo. En el lenguaje de estos eventos, cumplirá una función precisa: permitirá que el foro se autopresente como un espacio de debate supuestamente libre de prejuicios, donde incluso la izquierda tiene voz, lo que otorgaría legitimidad democrática a una convocatoria cuya matriz ideológica es en realidad inequívocamente libertaria (e iliberal).

Para entender la dimensión estratégica de lo que está ocurriendo, conviene recordar que Vistalegre fue, durante años, el escenario de los grandes actos de Podemos. Las imágenes de Pablo Iglesias ante un pabellón abarrotado definieron una época. Que ahora ese mismo recinto acoja, en el plazo de dos meses, un evento de espiritualidad conservadora y un foro de economía libertaria no es una ironía caprichosa del calendario: es el resultado de una disputa consciente por los espacios simbólicos de la política española.

La nueva derecha cultural ha comprendido —antes, en muchos casos, que la izquierda— que los formatos importan tanto como los contenidos. Que la política ya no se hace solo en los parlamentos ni en los periódicos, sino en los eventos experienciales, en los podcasts, en las comunidades de Discord que han sustituido a los antiguos foros de internet, en los grupos de Telegram. Que un joven de veintitantos años dispuesto a pagar 49 euros para escuchar a Rallo o a Bastos hablar de libertad económica no es solo un consumidor político: es alguien que quiere pertenecer, que busca tribu, que necesita que su descontento tenga nombre y argumento.

El Despertar fue explícito en esto: sus organizadores, el movimiento cultural It's Time To Think, pidieron a los asistentes que apagaran los teléfonos no por razones de cortesía, sino para crear una experiencia de “conexión real” en contraposición al mundo digital. La liturgia del evento —silencio, diálogo, salto, fiesta— era deliberadamente comunitaria, casi religiosa. Varios ponentes invocaron a dios sin ambages. El sacerdote Jacques Philippe habló de “encontrarnos con un amor infinito”. Jano García, ponente también en el MEF26, instó a abrazar “los valores cristianos como marco ético”. El evento se cerraba con una fiesta. El itinerario emocional iba del recogimiento a la euforia colectiva, con escala en la crítica al nihilismo y el individualismo modernos.

Hilo conductor

Un mes y medio después, el Madrid Economic Forum propone la segunda etapa del mismo viaje: si El Despertar ofreció identidad y propósito, el MEF promete las herramientas prácticas para actuar en consecuencia. Emprendimiento, inversión, networking, desregulación. La narrativa es coherente: primero te despiertas, luego construyes.

La web del MEF26 no oculta sus ambiciones. Entre los temas del foro figura “la batalla cultural” como uno de sus ejes explícitos, junto a la inteligencia artificial y la comunicación. No es habitual que un evento que se presenta como foro económico emplee esa expresión con tanta naturalidad. Su uso revela que los organizadores no se conciben únicamente como promotores de un debate sobre fiscalidad o emprendimiento, sino como actores en una disputa por la hegemonía cultural y política.

Es una controversia que tiene raíces internacionales. La primera edición del MEF cerró con Milei, el presidente argentino que ha convertido el libertarismo en espectáculo de masas. También estuvieron Alex Bruesewitz, asesor de comunicación de Donald Trump, y el argentino Agustín Laje, uno de los principales teóricos de la nueva derecha latinoamericana. El MEF se inscribe conscientemente en ese circuito global donde el libertarismo económico, la crítica a la supuesta “corrección política” de la izquierda y la reivindicación de la libertad de expresión forman un relato único, exportable y perfectamente empaquetado para su consumo.

Lo que distingue el modelo español de sus referentes anglosajones o latinoamericanos es su sofisticación empresarial. No hay aquí, aparentemente, un millonario que financia la operación desde la sombra, ni un partido que moviliza bases. Hay dos empresas andorranas especializadas en optimización fiscal que han identificado un nicho, han probado el formato en Andorra, lo han escalado a Madrid y están construyendo una marca. El discurso antiimpuestos y promercado no solo se predica: también se practica, con una base fiscal en el paraíso fiscal por excelencia de los Pirineos.

El MEF26 promete ser "el evento que dará un giro a los grandes desafíos de España". Es una afirmación grandiosa para una jornada de conferencias en un pabellón de Carabanchel. Pero esa grandilocuencia es parte del producto: los asistentes no pagan solo por escuchar ponencias, pagan por sentir que están en el centro de algo importante, que participan en el cambio, que su presencia tiene consecuencias históricas. Es el mismo resorte emocional que movía a los jóvenes de El Despertar.

Lo que el espectáculo no dice es que el pensamiento que promueve, pese a su retórica rebelde y antiestablishment, tiende a beneficiar a quienes ya tienen capital —económico, cultural o social— para moverse en sus coordenadas. La desregulación que predica Lacalle, la reducción del Estado que propone Rallo, la crítica a la “carga fiscal” que articula el Instituto Juan de Mariana: son propuestas con ganadores y perdedores concretos, y los organizadores del foro —empresas andorranas de asesoramiento fiscal— pertenecen a los primeros.

Tampoco dice que la sala de networking Blackbox, organizada por franjas temáticas —marketing y marca personal, inversión y activos digitales, startups y venture capital—, tiene más de feria de servicios que de ágora democrática. Que los ponentes cobran por aparecer. Que las marcas de fitness y oratoria que patrocinan el evento venden un sueño de éxito individual construido sobre la premisa de que el sistema es justo y el problema eres tú si no prosperas.

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Hay algo en la elección del recinto que también merece atención. El Palacio de Vistalegre está en Carabanchel, un barrio de clase trabajadora con una tradición de izquierda robusta y una memoria histórica vinculada a la cárcel del mismo nombre, donde la dictadura franquista encerró a miles de presos políticos. Que los eventos de la nueva derecha cultural elijan este espacio puede leerse como provocación o como indiferencia, pero difícilmente como casualidad. El territorio simbólico también está en disputa.

Lo que está construyendo en Vistalegre la constelación que forman El Despertar y el Madrid Economic Forum no es solo una agenda de eventos. Es una infraestructura de ideas, de comunidad, de marca, de negocio. Una infraestructura que se financia sola —con entradas, VIP, partners y patrocinadores— y que no necesita del favor del Estado ni de los partidos para existir. Que puede escalar, replicarse, franquiciarse. Que tiene ya su versión latinoamericana y su circuito internacional.

En el nuevo ecosistema de la derecha cultural, la ideología y el mercado han dejado de ser categorías separadas. Son, simplemente, el mismo producto.

Hay un dato que lo resume casi todo: para sentarse en el mismo palco que los ponentes del Madrid Economic Forum y cenar con ellos en la afterparty VIP, hay que desembolsar 2.500 euros. Para escucharlos desde la platea general, basta con 49. Entre esos dos extremos, un sistema escalonado de entradas Gold a 299 euros que promete “acceso preferente al networking” —un espacio con acceso directo a redes de contacto— y visibilidad ante los líderes del pensamiento liberal hispano. El evento es, en su propio diseño de precios, una metáfora del mundo que predica: el mercado estratifica, y quien más paga, más accede.

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