La nueva derecha
El regreso del ‘orden moral’: las claves del ascenso del neotradicionalismo en España
“El péndulo da señales de estar recorriendo el camino inverso”. La frase es de Juan Soto Ivars y fue incluida en un artículo del diario conservador Abc de hace apenas unos días. En él, este periodista y escritor, considerado uno de los intelectuales más influyentes en la construcción del discurso neotradicionalista en España, razonaba la tesis de que, después de décadas de hegemonía cultural de la izquierda, “ha empezado a percibirse un cambio que corre parejo a las opciones de gobierno de los partidos conservadores en Occidente”.
Un ejemplo de ese movimiento pendular ha sido el evento El Despertar, organizado por el laboratorio de ideas It’s Time To Think (ITTT) en el Palacio Vistalegre de Madrid el pasado fin de semana, que congregó a más de 6.000 jóvenes en una jornada que contó con ponentes como Antonini de Jiménez (economista y youtuber neoliberal), Jano García (evangelista contra el consenso progresista, la justicia social y la multiculturalidad), Ana Iris Simón (figura puente entre el tradicionalismo y la crítica materialista), el sacerdote Jacques Philippe (profeta de la reflexión interior frente a la sociedad de consumo) y el propio Soto Ivars.
La flor y nata de la intelectualidad neotradicionalista española, de la que también forman parte, de manera destacada, el escritor Juan Manuel de Prada o el filósofo Gregorio Luri.
Allí, los asistentes tuvieron ocasión de escuchar loas a los valores cristianos, el libre mercado y la búsqueda de la trascendencia frente a lo que consideran el “pensamiento único” progresista y las políticas de identidad. Todo ello bajo la consigna de “Dios, patria y mercado” y con el respaldo de entidades como InfoJobs, Mahou y la Fundación La Caixa, aunque cada participante tuvo que abonar casi 30 euros por entrada.
El Despertar forma parte de una corriente neoconservadora y tradicionalista, en fase de consolidación en España desde hace varios años, que se define como una reacción frontal frente a lo que denomina “ideología woke” —entendida como un marco de pensamiento que pone en el centro la denuncia de las desigualdades estructurales ligadas a la identidad, como la raza, el género, la orientación sexual o el origen, y promueve políticas y prácticas orientadas a corregirlas—.
No se trata de un fenómeno espontáneo ni marginal, sino de un ecosistema organizado, con capacidad de movilización social, producción de discurso, influencia política y proyección internacional, que crece en paralelo al auge de la derecha y la extrema derecha, con las que mantiene vínculos visibles. Su objetivo declarado no es solo frenar determinadas leyes o agendas, sino disputar el terreno cultural y simbólico desde una perspectiva de largo plazo.
Este espacio se apoya en una constelación de organizaciones con funciones diferenciadas. HazteOir, fundada en 2001 por Ignacio Arsuaga, fue el núcleo inicial desde el que se impulsaron campañas contra el aborto, el matrimonio igualitario o los derechos de las personas trans. A partir de 2013, buena parte de su actividad se proyectó a escala internacional bajo la marca CitizenGO, concebida como una plataforma de movilización digital y lobby transnacional. Ese salto permitió exportar las campañas ensayadas en España y, al mismo tiempo, insertar al activismo ultraconservador español en redes globales de la derecha religiosa.
Catolicismo
A ese eje se suma la Fundación NEOS, presentada en 2021 por el exministro Jaime Mayor Oreja, que fija su marco en la defensa de la vida, la familia tradicional, la unidad de España, la Corona y la oposición a la Agenda 2030. En su impulso confluyen fundaciones y organizaciones del catolicismo político español, que aportan estructura, legitimidad y una red de contactos ya consolidada.
El ecosistema se completa con iniciativas orientadas a la movilización juvenil y cultural, como It’s Time To Think, organizadora de El Despertar, que impulsa encuentros y grandes eventos dirigidos a jóvenes. Estos espacios combinan discursos sobre trascendencia, sentido vital y crítica al “nihilismo” contemporáneo con una puesta en escena moderna y un lenguaje emocional. El objetivo es disputar a la izquierda el terreno cultural y generacional, no solo mediante la protesta, sino construyendo una identidad compartida y atractiva.
En este contexto ha cobrado también relevancia un nuevo frente cultural, especialmente en el ámbito musical y creativo. En los últimos años han surgido iniciativas artísticas que reivindican explícitamente la fe cristiana y los valores tradicionales, presentándolos como una respuesta al vacío existencial y a la cultura de consumo. Conciertos, festivales y proyectos musicales de inspiración religiosa, a menudo vinculados a comunidades católicas o a movimientos de “renovación espiritual”, se integran en esta estrategia más amplia de recuperación de la trascendencia.
En el artículo citado al comienzo de este texto, Soto Ivars identifica a algunos de los ideólogos más relevantes de este movimiento, como el filósofo Gregorio Luri, adalid de un conservadurismo heterodoxo que critica tanto el relativismo cultural como lo que considera la hegemonía moral y pedagógica de la izquierda progresista en España. “El conservadurismo hoy no puede ser más que heterodoxo, ya que la ortodoxia está ‘okupada’ por la izquierda. En la práctica, esto significa que es muy fácil prever qué dirá un izquierdista sobre cualquier tema, mientras que es aventurado suponer lo que dirá un conservador. La libertad de pensamiento, hoy y siempre, está con la heterodoxia”, sostiene Luri.
Frente a “la moral políticamente correcta”, este ensayista reivindica perfiles —algunos claramente alineados con discursos de odio— como El Xokas, Un Tío Blanco Hetero; músicos como Los Meconios (los que cantan “Vamos a volver al 36”) o cómicos como David Suárez o Juan Dávila, que, según él, operan fuera de las normas impuestas por la izquierda.
En el plano intelectual, la corriente se articula en torno a una crítica sistemática del wokismo, entendido como un marco que fragmenta la ciudadanía en identidades de grupo. Frente a ello, propone un retorno a fundamentos cristianos y a estructuras sociales consideradas estables, como la familia, la nación y la religión. Esta visión se acompaña de una lectura pesimista de la modernidad y de la reivindicación de la trascendencia como respuesta al malestar contemporáneo, una idea que encuentra en las iniciativas culturales y musicales un vehículo especialmente eficaz.
Su auge en España responde a una estrategia consciente y sostenida que combina organización, financiación, política y cultura. Más que una reacción coyuntural, constituye un proyecto a largo plazo que aspira a redefinir los marcos del debate público y disputar el sentido común, también desde los escenarios, los festivales y los lenguajes emocionales, en un contexto de creciente polarización social y política.
Relevancia
¿Son un movimiento tan relevante como se ha publicado? Es imposible disponer de cifras que lo demuestren o lo desmientan. La antropóloga y periodista Nuria Alabao, autora de Las guerras de género. La política sexual de las derechas radicales (Katakrak, 2025), sostiene que no y afirma que tiende a sobredimensionarse en el espacio mediático. Su “visibilidad, muy alta en redes, platós y columnas de opinión, no se corresponde necesariamente con una implantación social mayoritaria ni con un apoyo electoral homogéneo”. Más que una hegemonía cultural consolidada, asegura, estamos ante “un dispositivo eficaz para marcar agenda y polarizar el debate público”, impulsado por actores muy organizados pero con una base social aún limitada.
“Hay interés en inflar este fenómeno y también cierto escándalo ante la idea de que haya una cultura de derechas que ahora mismo es aparentemente más vital que la de la izquierda —al menos en fenómenos masivos como el encuentro reciente de influencers en Vistalegre—”. La cultura, desde la Transición, ha estado mayoritariamente hegemonizada por la izquierda y “este aparente giro a la derecha se ve como algo extraordinario”. Pero todavía, argumenta, “está por ver cuál es su alcance real”.
La profesora de Psicología de la Universitat Ramon Llull Anna Pagès, discrepa y sí cree en la relevancia del fenómeno. “Es de largo recorrido y puede reconfigurar el debate público y el espacio de la derecha en España”. Frente al dilema “problema-solución”, explica, “la extrema derecha ofrece la solución simplificando el problema”. “La política como forma de vivir juntos, en el sentido de Aristóteles, está desapareciendo”, se lamenta.
“Es verdad que el discurso antiwoke forma parte de un proyecto cultural y político más amplio, de largo recorrido”, concede Alabao, que busca “reordenar el campo de la derecha y dotarlo de un nuevo eje movilizador” en un contexto de crisis de legitimidad y agotamiento de los consensos neoliberales. Su objetivo no es únicamente frenar avances en derechos, sino “redefinir qué conflictos son políticamente legítimos y desplazar el debate social y redistributivo hacia guerras culturales”.
Sobre el origen de este movimiento hay más consenso entre ambas especialistas. Alabao lo atribuye a la convergencia de varios factores. Por un lado, “una crisis social larvada o latente”, que se expresa sobre todo en las dificultades de los jóvenes —precariedad juvenil, bloqueo de expectativas, crisis de vivienda, paro juvenil—. “Esto genera terreno fértil para discursos reactivos, sobre todo cuando las opciones de izquierdas se perciben como el establishment y, por tanto, no como la solución a estos problemas”.
Por otro, “aquí se importan marcos culturales y políticos procedentes del contexto estadounidense”, donde la guerra contra lo woke ha sido una estrategia central de la derecha y la extrema derecha para conseguir apoyos y “activar pánicos morales en torno al género, la raza o la sexualidad”. Ese marco “llega aquí a través de think tanks, redes digitales, fundaciones, influencers y partidos —Vox lo usa también—, y es amplificado por determinados medios”.
La supresión de la historia
Pagès cita también tres factores clave: la decepción por las promesas del progreso económico, presentado como “solución” a las trayectorias vitales; el supuesto de la construcción múltiple de la identidad (puedes ser quien quieras ser, pero sobre todo “sé tú mismo” y muéstrate para tener éxito, en particular en las redes sociales); y la supresión de la historia, del conocimiento del pasado como punto de referencia. “Esto conduce a una ‘restauración’ de valores tradicionales que ya no lo son por el hecho de haber sido restituidos en su forma extrema. Como decía Freud, cuando lo reprimido vuelve, lo hace de forma sintomática y peor”.
Alabao advierte que, a diferencia de anteriores olas conservadoras en España, esta movilización “no se articula principalmente en torno a la religión o al orden moral clásico”, sino como una reacción cultural contra el feminismo, el antirracismo o los derechos LGTBI, que se presentan como “imposiciones de élites progresistas”. Es una derecha “muy centrada en lo cultural, en manipular emociones y que se expresa sobre todo en el terreno simbólico y mediático”.
El discurso de este movimiento “conecta con malestares muy concretos”: precariedad laboral, crisis de vivienda, frustración ante la falta de expectativas y una sensación de pérdida de estatus —especialmente entre varones jóvenes— que es reinterpretada “en clave cultural y de género”. En lugar de ofrecer explicaciones económicas o estructurales, se canaliza ese descontento hacia enemigos simbólicos —el feminismo, el antirracismo o lo ‘woke’— presentados como responsables del fracaso vital.
Las redes sociales “son centrales” en esta expansión, recuerda Alabao, porque funcionan como espacios de socialización política informal y ofrecen sensación de comunidad y apoyo emocional a los jóvenes a través de subculturas digitales o formas de sociabilidad digital. En ellas, “esta sensación de agravio se traduce en discursos aparentemente transgresores, y pequeñas comunidades muy activas logran una influencia desproporcionada”. Las iniciativas culturales y mediáticas —podcasts, youtubers, editoriales o eventos— refuerzan ese ecosistema. Aunque, insiste, “de nuevo conviene matizar: más que un apoyo juvenil masivo, lo que observamos es una minoría intensamente movilizada”, con alta capacidad de difusión.
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Las redes sociales ofrecen a los jóvenes “propuestas de estilo de vida”, completa Pagès. Los influencers cuentan cómo viven, qué comen, cómo se visten, a qué hora se duermen. Frente a un vacío de ideales de referencia —los valores de la justicia, la convivencia, la belleza— “aparecen estos pseudo-amebas que se arrastran entre likes y seguidores sin intimidad”.
Estos factores producen “una expansión del vacío existencial que la actividad laboral o la participación económica no pueden solventar. De ahí también la proliferación de cuentas dedicadas a rutinas de la vida cotidiana: comidas, paseos, amigos, ropa, objetos”.
“La izquierda perdió la guerra, pero ganó la cultura”, sostiene Soto Ivars, una idea ampliamente compartida por los intelectuales que orbitan en torno al movimiento neotradicionalista y que hoy se esfuerzan de manera consciente por revertir esa hegemonía. No se trata de una corriente homogénea ni monolítica, sino atravesada por matices, aunque en ella domina una convicción común: que lo que durante décadas se presentó como “progresista” ha envejecido hasta convertirse, a sus ojos, en una forma de control social.