La invasión rusa ahoga un mercado energético europeo sin soberanía ni horizonte de bajada de precios

Protesta contra la operación militar de Rusia en Ucrania, frente a la Cancillería en Berlín, este jueves.

La verdad no es la primera víctima de una guerra, sino los pobres. Las clases populares son las grandes damnificadas, ahora y siempre, de un conflicto entre superpotencias; y la población civil ucraniana ya está sufriendo las consecuencias de la intervención rusa. A una escala muchísimo menor, por suerte, las clases populares europeas también pueden sufrir las derivadas energéticas de la crisis. Descartado ya el escenario de una brusca caída de los precios del gas, que encarecen hasta máximos históricos la electricidad y la calefacción, los analistas dudan también de la rebaja prometida durante 2023; y el suministro de gas natural parece garantizado este año en el continente, sobre todo si marzo y abril son tan cálidos como se pronostica, pero de cara al año que viene las certezas se convierten en incertidumbres.

El 40% del gas natural del continente procede de Rusia, por lo que la primera preocupación que embarga es derivada de las consecuencias de un hipotético cierre de grifo por parte de Vladimir Putin, en relación a la seguridad de suministro. ¿Qué pasa si, como consecuencia de las sanciones, las autoridades rusas y la estatal Gazprom deciden incumplir los contratos con la Unión Europea? Por ahora, es un escenario que no se plantea –y las sanciones están esquivando al sector energético ruso, conscientes de la dependencia–, pero es difícil hacer predicciones del comportamiento del autócrata, aunque haya prometido que seguirá mandando el combustible a través del gasoducto Nord Stream.

La Comisión Europea, como explicó la comisaria de Energía Kadri Simson durante su visita a España, lleva semanas hablando con otros habituales suministradores de gas, como Estados Unidos, Qatar, Noruega o Corea del Sur, para aumentar los hectómetros cúbicos de combustible que llegan al club comunitario. Las reservas estratégicas, en torno al 40% aunque con amplias diferencias dependiendo del país, también garantizan –en opinión de Bruselas– que a corto plazo se podría superar sin dificultades el escenario del cierre del grifo, con la ayuda de una primavera que se pronostica cálida.

Sin embargo, de cara al próximo invierno, y si el conflicto bélico y la intervención rusa a gran escala sigue vigente, las previsiones son más oscuras. Durante las semanas previas al rechazo de Alemania al segundo gasoducto con Rusia –que, a corto plazo, no cambia la situación–, "Putin se reunía con el presidente chino para conseguir un acuerdo de suministro de gas preferente" hacia el gigante asiático, explica Josep Lladós, profesor de los estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). A Rusia también le interesa tener a Europa como comprador y, en opinión de Lladós y otros analistas, no sería "inteligente" dejar de percibir esos ingresos. Pero si Putin apuesta todo al rojo o se aumentan los volúmenes dirección este, hay muchas dudas de que el Gas Natural Licuado (GNL) que viene por mar pueda cubrir toda la demanda.

Los expertos citados por Der Spiegel hablan de España como un "ojo de aguja": el país tiene regasificadoras en sus puertos para pasar el GNL de nuevo a estado gaseoso y distribuirlo por Europa, pero ni las plantas ni las tuberías son tan grandes como para abastecer a toda Europa si Rusia baja la persiana. Lladós está de acuerdo. Las alternativas "tienen la capacidad que tienen y ya están a pleno rendimiento. Y de las dos vías de entrada desde el norte de África, una está cerrada": el suministro de gas por parte de Argelia está garantizado, pero no tiene tanto margen como antes para aumentar la exportación si Europa lo requiere.

Yolanda Moratilla, investigadora de Nuevas Tecnologías Energéticas de la Universidad Pontificia de Comillas, está de acuerdo y pone cifras. España cuenta "con el 50% de las regasificadoras" de todo el continente, pero solo con un gaseoducto que la conecta con Francia, vía Pirineos. "Hay dos proyectos planteados, pero paralizados": una nueva tubería que cruce la cordillera y otra bajo el mar Cantábrico, entre Bizkaia y Burdeos.

"De aquí a unos meses podríamos llegar a duplicar el precio del gas"

Así, aunque no pueda abastecer a toda Europa, España está mejor posicionada que los países del centro de Europa ante el hipotético peligro para el suministro de gas. Las reservas están al 60% y la conexión con África funciona con normalidad. Así lo aseguraron este jueves tanto la ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, como Enagás, la compañía responsable de la distribución del gas. Y todos los expertos están de acuerdo. Pero el país se enfrenta al mismo abismo que el continente en cuanto se refiere a los precios: del gas, por extensión de la electricidad, del petróleo, de los alimentos y de la vida, en una inflación desquiciada que ya sufre el país desde hace meses y que no tiene techo.

Por ahora, la oferta rusa no se ha reducido. Pero basta con que los principales actores crean que se puede reducir para que todo se tensione. Así funcionan los mercados a futuro. La cotización de los contratos a largo plazo se ha disparado un 60% en la plataforma neerlandesa TTF, que sirve de referencia a toda Europa. En una situación similar está el mercado a futuro del petróleo, donde el barril de Brent ya supera los 100 dólares cuando los Presupuestos españoles se basan en una estimación de 60 dólares. No ha hecho falta que Putin ordene atacar a Ucrania: este miércoles 23 de febrero, el Mercado Ibérico del Gas –compartido entre España y Portugal– marcaba una estimación de 58 euros el MWh para 2023, cuando estuvo todo enero y buena parte de febrero entre los 48 y los 52.

Lladós explica que la situación del gas es más complicada que la del petróleo. La oferta del oro líquido está controlada por el cártel de la OPEP, que puede aumentar las exportaciones, aunque por ahora no lo esté haciendo para recuperarse de la brutal caída de la demanda en 2020. La incorporación de Irán tras un posible final de las sanciones añade un rayo de esperanza. Además, explica Moratilla en cuanto a la influencia del conflicto, "grandes petroleras como Qatar o Arabia Saudí no se van a alinear con Rusia sino con Estados Unidos". El futuro del gas natural, sin embargo, es mucho más negro. Y no solo por los mercados a futuros y el miedo de los inversores.

Si Rusia termina reduciendo el suministro de Europa o eliminándolo por completo, y aunque Europa logre suplirlo gracias al GNL, hay que pagar los metaneros. Es muchísimo más barato distribuir el gas por una tubería que mediante un barco gigante que tiene que cruzar el océano. "Posiblemente, de aquí a unos meses podríamos llegar a duplicar el precio del gas", estima la especialista. Y ya es lo suficientemente alto como para tensionar todas las economías europeas y amenazar la recuperación post-covid.

Dependencia de Rusia... y del combustible fósil

El conflicto entre Rusia y Ucrania evidencia aún más dos duras realidades del mercado energético europeo. Una, es que Europa depende del gas natural. Y la segunda, derivada, es que Europa depende de Rusia. ¿Se puede evitar? No a corto plazo, consideran los analistas.

La transición energética en el continente se sostiene, aunque suene paradójico, sobre el gas natural. Tras la alarma generada por el accidente de Fukushima en 2011, pero también por los altos costes y la escasa flexibilidad, la energía nuclear decayó en buena parte de Europa, sobre todo en Alemania. España renunció a buena parte de sus proyectos, por razones políticas pero también económicas: se endeudaron. Ahora, las energías renovables, que aportan soberanía e independencia, no están listas para absorber toda la demanda eléctrica. Y el gas emergió y se consolidó como "combustible de transición" por sus bajas emisiones en comparación al carbón y su flexibilidad.

La nuclear no se puede reactivar así como así, aunque determinados desmantelamientos pueden retrasarse. No en España, cuyos siete grupos están a pleno funcionamiento y lo estarán en el próximo lustro, como mínimo. El sucísimo carbón también puede reactivarse y esta tecnología sí está volviendo a la vida en las centrales de As Pontes (A Coruña) y Litoral (Almería). No por seguridad energética, sino por negocio: es más barato que el gas, a pesar de su enorme impacto ambiental. Pero no pueden instalarse en poco tiempo nuevas centrales, ni de un tipo ni de otro. Y, por último, la industria y la calefacción consumen gran parte del gas natural que llega a Europa: sectores mucho más difíciles de electrificar, donde este combustible fósil tiene poca competencia.

La trampa se exacerba. Ya estábamos dentro de ella. La transición provoca que la oferta de petróleo y gas, aunque pueda modularse, no aumente como en otras décadas: ¿quién quiere apostar por un negocio con fecha de caducidad? "Muchas petroleras europeas y norteamericanas han abierto líneas de negocio en renovables y no están invirtiendo", explica Lladós. La misma situación atenaza al otro combustible fósil. La vía que escoge la Unión Europea, por el momento, es la de acelerar la implantación de renovables. Pero no es una solución a corto plazo. Ni para el próximo invierno. "Es aconsejable, pero es más lento y también genera tensiones políticas: no queremos que nos pongan molinos en el mar", recuerda el especialista, en referencia al rechazo de algunas zonas rurales a las nuevas instalaciones.

El único alivio a corto plazo es el fin, o la modulación, del precio del gas con el de la electricidad, más con la llegada de la primavera. La Comisión Europea insistía este mismo lunes en esperar a abril y al informe de los reguladores, aunque abre una puerta al cambio de reglas que antes estaba cerrada. España, y Ribera lo deja claro en cada ocasión con la que cuenta, quiere cambiar ya las normas para que los combustibles fósiles dejen de lastrar a la Unión.

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