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El problema de la desigualdad

La clase alta usa la escuela infantil el doble que la baja y agranda así la desigualdad desde la cuna

Una niña entra en un colegio infantil en Sevilla el primer día del curso 2022/2023.

Los sociólogos no se cansan de repetir que, a la hora de determinar dónde llegará uno en la vida, el código postal influye más que el código genético. Es decir, el origen social más que las capacidades. Para algunos convencidos del si quieres puedes puede no ser un mensaje estimulante. Pero es lo que indican las investigaciones más solventes y saberlo es lo único que puede mover a políticas para crear una verdadera igualdad de oportunidades. De lo contrario, la situación de desequilibrio de partida puede incluso empeorar. ¿Cómo? Por ejemplo, educando más y mejor en la primera infancia, periodo clave para el desarrollo de habilidades, a quienes han nacido con mejor código postal.

Bien, pues eso es lo que ocurre en España.

El porcentaje de familias de la clase alta, la mejor situada, que usan para sus hijos la educación infantil duplica al de familias de clase baja, la peor situada, lo que agranda la brecha de desigualdad original. Así lo recogen Lara Navarro y Marga León, investigadoras del Instituto d’Estudis Regionals i Metropolitans de Barcelona y de la Universitat Autònoma de Barcelona, respectivamente, en el recién publicado artículo ¿Quién gana y quién pierde? El acceso desigual a los recursos de educación y cuidado en la temprana infancia, elaborado en el marco del proyecto Investig in children, financiado por el Gobierno de España.

Una etapa clave para la formación

El trabajo es un análisis del "sesgo social" en el uso del cuidado tanto formal –educación en escuelas infantiles– como informal –abuelos, por ejemplo– por grupos de renta en los hogares españoles. El resultado ayuda a entender mecanismos que agravan la desigualdad desde la primera etapa de crecimiento, de 0 a 3 años, cuando la educación no es obligatoria. Pero, claro, que no sea obligatoria no significa que no sea decisiva. Lo es. En la educación temprana se forman y consolidan desigualdades de larga duración que acaban dificultando la trayectoria en las aulas y en el mundo laboral.

La propia Unión Europea, en la Agenda de Inversión Social, considera estratégico dedicar recursos a la atención a la primera infancia para propiciar una mayor igualdad de oportunidades. "Las inversiones en la temprana infancia son cruciales para nivelar el terreno de juego", señalan las autoras, citando una amplia producción académica previa. Entre las virtudes que presenta la generalización de la educación infantil está "facilitar la conciliación entre la vida laboral y la familiar, protegiendo especialmente el empleo materno", "brindar mayores oportunidades a los niños y niñas nacidos en entornos socialmente más desfavorecidos" y "mantener una red de protección social que contribuya a romper con la transmisión intergeneracional de la pobreza".

El uso de la educación formal no obligatoria encuentra resistencias. En primer lugar, económicas. España ha sufrido un histórico atraso en este campo, si bien poco a poco "ha ido convergiendo con Europa", señalan las autoras. Ahora bien, añaden: "Sigue siendo insuficiente y financiada en parte por los recursos de las familias". A este déficit se suman creencias populares según las cuales cuanto más tiempo esté el niño en casa con sus padres –especialmente con su madre–, mejor para su desarrollo. En realidad, no es así. Las instituciones educativas y especialistas coinciden: si hay proyecto educativo, si hay objetivos, si hay contenidos y metodología adecuada, la escolarización temprana produce unos aprendizajes básicos para etapas posteriores. Sus beneficios son especialmente relevantes para los menores con punto de partida más atrasado.

El "efecto Mateo"

La conclusión del trabajo es que existe un "efecto Mateo" –es decir, un efecto de acumulación de ventaja por un lado y de desventaja por otro– en la educación infantil no obligatoria, cuyo uso está "estratificado por renta". Hay un "sesgo social a favor de los hogares de más renta" que, aunque precede a la Gran Recesión, "se agudiza" durante la misma y no se cierra con posterioridad, lo que indica problemas "estructurales".

Las autoras realizan su análisis a partir de cinco clases sociales en función de su posición con respecto a la mediana de renta: baja o en riesgo de pobreza, precaria, media-baja, media-alta y alta. Lo que se observa es esta evolución para cada una de las cinco clases.

Salta a la vista: a mayor nivel social, mayor asistencia. Van a la escuela infantil el 61,7% de los niños de familias de clase alta, frente a un 28% de las de clase baja. La diferencia es de más del doble. Además, la tendencia es contraria en uno y otro caso: si los primeros van más después que antes de la Gran Recesión, entre los segundos pasa lo contrario.

El dibujo es parecido mirando la asistencia según la ocupación de la madre. A mayor grado de ocupación, mayor uso.

Se acaba generando un círculo vicioso. Las madres con menor ocupación y menos renta, ante los gastos que genera la guarde, optan por prolongar el cuidado de sus hijos ellas mismas. Ello provoca un doble resultado: 1) Dificulta su propia inserción en el mercado laboral. 2) Lastra la trayectoria de sus hijos, que pierden opciones de alcanzar un buen estatus laboral. "Los chavales que más lo necesitan, aquellos en los que está comprobado que el cuidado formal tiene más beneficios, son los más infrarrepresentados, lo que genera para ellos consecuencias negativas a largo plazo", explica Navarro a infoLibre.

Aunque el estudio analiza el periodo 2006-2016 a partir de datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, Navarro señala que el diagnóstico obtenido sigue vigente, porque a pesar de las múltiples intenciones declaradas –"este es un tema del que se suele hablar en campaña"– no se han introducido "cambios legales" que propicien un cambio. "Los déficits continúan", afirma. Navarro destaca que, con el actual Gobierno, se ha creado la figura del Alto Comisionado para la Lucha contra la Pobreza Infantil. No obstante, España sigue lejos del 50% de escolarización 0-3 en el primer quintil de renta que fija el plan de acción estatal, alineado con las directrices de la UE. El plazo para conseguir el objetivo termina en 2030. Hay margen.

Las conclusiones de Navarro y León apuntan en la misma dirección que las de Unicef en su informe Donde todo empieza, de 2019: “A la educación infantil de primer ciclo acceden mayoritariamente las clases medias y altas, quedando fuera las más desfavorecidas. […] Hay una diferencia entre el 26,3% de acceso en niños del quintil inferior de renta y el 62,5% en los hogares con mayores recursos [quintil superior]. Hay una brecha social en el acceso dependiendo de la posición socioeconómica de las familias, aumentando el acceso a medida que lo hacen los recursos económicos y el nivel educativo” .

Más datos que muestran brechas. Acceden a la escolarización 0-3 el 31% de niños con madres con ESO, frente al 51% universitarias. Acceden un 26% de hijos de inmigrantes de países de fuera de la UE frente a un a 46% de españoles. Está claro que hay un filtro que provoca segregación, según el informe de Unicef. En cuanto al posterior impacto de la pandemia, los análisis coinciden en que el frenazo al avance en la escolarización 0-3 años con motivo del confinamiento, que propició un retroceso de casi un 17%, castigó especialmente a las familias de menor renta.

Las autoras observan algunos pasos al frente en el terreno institucional. Por ejemplo, que España ha pasado de un enfoque asistencialista en la etapa 0-3 a otro educativo. Ahora está incluso mal visto llamar a la escuela infantil "guardería", porque allí no se guarda a los niños, sino que se los educa. El cambio de mentalidad está en marcha, aunque queda camino. Además, durante las dos últimas décadas se ha apostado por la universalización de esta primera etapa educativa. "Sin embargo", puntualizan León y Navarro, "debido a la estructura de la oferta, la desigualdad en el acceso indica que estrategias políticas dirigidas exclusivamente a ampliar el servicio, sin introducir mecanismos compensatorios que favorezcan el acceso a los grupos más infrarrepresentados, lejos de alcanzar fines redistributivos, podrán ahondar en el carácter regresivo del servicio".

Los abuelos no compensan

El artículo recoge un segundo ramillete de resultados, en este caso sobre el "cuidado informal". Es decir, el que prestan los abuelos y abuelas. ¿Compensa este cuidado el desequilibrio observado en la guardería? No, según esta investigación. "Al tratarse de un recurso de cuidado para un porcentaje relativamente bajo de la población española —inferior al 15%—, principalmente familias de clase media baja, es cuestionable que compense las desigualdades observadas en el cuidado formal", advierten las autoras.

Aquí no se puede decir que su uso sea proporcional a la renta disponible de los hogares. La ecuación "menor renta menor uso" solo pareció válida a grandes rasgos antes de la crisis. Ahora son las familias de clase media-baja las que hacen un uso mayor, seguidas de las de renta media-alta. Para los dos estratos inferiores de la distribución, la proporción de niños cuidados por sus abuelos se reduce en torno al 14%. Para los críos de hogares con mayores recursos económicos, la ayuda de los abuelos no alcanza el 10%. No recurrir a los abuelos es un lujo que se permiten en mayor medida quienes más uso hacen del cuidado formal. "El cuidado informal parece quedar reservado para aquellos hogares que no cuentan con la capacidad financiera suficiente para costear los servicios de pago, ya sean públicos o privados", señalan Navarro y León.

Una crítica al "familismo"

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El artículo introduce una crítica al "familismo" del Estado del bienestar español, por el cual las políticas de cuidado de la primera infancia, entre otras, "han estado supeditadas al supuesto ideológico de que la familia constituye el proveedor principal de bienestar". España ha terminado implantado "un extraño principio de subsidiariedad por el cual la cultura familista es de hecho la justificación para el carácter residual de las políticas de familia".

"La fuerte solidaridad intergeneracional en los países del sur de Europa explicaría el infradesarrollo de la política familiar, al mismo tiempo que constituiría su resultado. La insuficiencia del apoyo público a la familia en forma de transferencias y/o servicios no se traduce en un aumento de la reivindicación de estas, sino que estas carencias se afrontan en la esfera privada reproduciendo y fortaleciendo el sistema al unísono", concluyen.

Otro círculo vicioso.

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