La avería del ascensor social

La trampa de la "meritocracia": el mito que blinda la desigualdad seduce al currante

Un asistente a una manifestación contra el Impuesto de Sucesiones eleva una pancarta.

Ángel Munárriz

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Si quieres, puedes. Llegarás tan lejos como te propongas. Suena bien, ¿verdad? Pero las cosas no son tan sencillas. Estas ideas serían válidas –teóricamente– en una sociedad ideal, la meritocracia, ordenada con justicia e igualdad de partida por el mérito de cada individuo, alcanzado con el sudor de su frente. Pero se trata de un marco utópico: para la academia, los determinantes sociales del éxito son tan obvios como para los matemáticos una regla de tres. Sin embargo, el mito de la meritocracia persiste. Por varios motivos: uno, por la dificultad de hilar discursos que parezcan cuestionar la valía del esfuerzo, clave en la superación de la sociedad estamental; y dos, porque protegen el mito no sólo sus beneficiarios directos, los que tienen mejor posición de partida, sino precisamente sus víctimas allí donde la desigualdad es mayor. Parece paradójico, pero está demostrado.

Un discurso poderoso

La meritocracia es una melodía transversal, pero suena sobre todo en los transistores del campo conservador. Defiende la idea el PP para oponerse a las reformas educativas del PSOE, cuyos mecanismos compensatorios con los atrasados aplastan la "meritocracia", dice Teodoro García Egea. En su partido, la gran abanderada de la causa es Isabel Díaz Ayuso, que arrastra el concepto al terreno económico: “Frente a quienes hablan de derechos adquiridos [...], el Gobierno de Madrid sí cree en la meritocracia”. Es clave en el arraigo en el PP de la idea el trabajo de FAES, la fundación de José María Aznar, que lleva más de veinte años martilleando con la "meritocracia" frente al "buenismo".

Vox sube el volumen. Santiago Abascal acusa al Gobierno de castigar el "mérito" con sus medidas contra la repetición de curso. En el terreno económico, Macarena Olona dice que el Ejecutivo "odia el esfuerzo y la meritocracia". En Cs, Albert Rivera prometía ser "el presidente de la meritocracia", concepto que ha calado en el partido naranja y su actual líder, Inés Arrimadas. "Ser liberal es defender la economía de mercado, estar a favor de la globalización, la competitividad y la meritocracia", afirma la diputada María Muñoz.

La pujante derecha libertaria ha convertido el concepto en fetiche. Un ejemplo: la "meritocracia" es bandera del Club de los Viernes, un alborotador foro por el "Estado limitado". Ojo, no se trata de reivindicar una meritocracia que se alcanzaría con la limitación de desventajas de partida, sino con el retroceso del Estado, de forma que cada cual demuestre hasta dónde es capaz de llegar sin injerencias externas. Esta ideología tiene manifestaciones extremas. La Fundación Villacisneros, que reúne a Esperanza Aguirre, María San Gil, Jaime Mayor Oreja, los eurodiputados Isabel Benjumea (PP) y Hermann Tertsch (Vox), ha defendido a través de su presidente, Íñigo Gómez-Pineda, la pérdida de derecho al voto de quien esté "subvencionado por el Estado".

El investigador Gastón Souroujon, en su artículo Las trampas de la meritocracia (2021), cree que el discurso del mérito se ha vuelto tan hegemónico que ni lo distinguimos. "Tanto el sistema feudal como el meritocrático son dos principios de legitimación de las desigualdades, pero si las críticas al primero ya no necesitan enumerarse, los problemas que atañen al segundo son menos visibles", tal es su "arraigo en la cosmovisión de las sociedades contemporáneas, desde el trabajo académico, que se alimenta del mérito y las evaluaciones continuas, hasta los reality shows", expone Souroujon, que recalca que no sólo los gobiernos a la derecha defienden esta idea. “Este es un país donde, tengas el vengas de donde vengas, si estás dispuesto a estudiar y esforzarte, puedes llegar todo lo lejos que tu talento te lleve”. Habla Obama, referente mundial progresista.

Desigualdades de partida

Carolina Márquez, profesora de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, cree que hay una degradación de la idea meritocrática, lejos de su pleno sentido de superación de privilegios aristocráticos. "La meritocracia actual se ha despojado de esa dimensión ética, moral y política clásica", considera. ¿Por qué? Responde Jesús García, profesor de Filosofía del Derecho en la Universitat Jaume I. Porque ahora funciona como "el argumento de legitimación de la desigualdad más utilizado". Su dimensión progresista, la del mérito como esperanza de quien no dispone de herencia o contactos, ha quedado eclipsada por una versión "arrogante" según la cual cada uno tiene lo que se merece, añade García. Y llega a la clave: "Si salvas la meritocracia sin reparar en las condiciones de partida, le dices a la gente que tiene lo que se merece, tanto arriba como abajo".

Esto es clave en España porque, recalca García, existe una gran desigualdad de partida, por lo que el ideal meritocrático se aleja. Y cada vez más. Ya antes de la pandemia habían crecido los hogares sin ningún ingreso al mismo tiempo que los ultramillonarios. El programa Urban Audit de Eurostat constata año a año brechas entre barrios ricos y pobres que no tienden a cerrarse. Social y territorialmente, hay dos Españas. Ahora el Banco de España alerta del agravamiento de estas desigualdades por la pandemia.

Encubrimiento de desigualdades

La economista Carolina Márquez señala que la meritocracia se recrudece en paralelo el incremento de la desigualdad y como una forma de encubrir fenómenos como la creciente diferencia entre el salario de los directivos y los trabajadores rasos. "La ideología se vuelve frenética y dogmática porque las condiciones de partida están cada vez peor repartidas. En los 50 se atribuía la pobreza a que el mercado cometía fallos. Hoy es un castigo por la ineficiencia".

¿Qué encubre el discurso de la "meritocracia"? ¿Cuáles son esas "preguntas que dejamos de preguntarnos", en palabras de Souroujon? Podríamos preguntarnos por las desigualdades no sólo de partida, también de acceso, como coinciden Márquez y García. Ahí es fundamental la escuela, donde crece la segregación entre alumnos ricos y pobres cebada por el sistema de doble red pública-concertada. Pero también la universidad. Como señala Carolina Márquez, las privadas se han convertido en expendedoras de títulos de pago en un "sistema credencialista" que excluye a los estudiantes con menos recursos.

Son debates que, a su juicio, quedan opacados por el mito meritocrático.

Avería del ascensor social

Otra posible pregunta es si funciona el "ascensor social". Y la respuesta sería que no, o al menos peor que antes. El ensayo Vidas low cost (Catarata, 2021) desvela cómo entre las generaciones X y millennial se han desclasado 3,1 millones de jóvenes. En palabras de uno de sus autores, el sociólogo Xavier Martínez-Celorrio, "el sueño meritocrático se ha desmoronado y lo reemplaza el darwinismo social". El propio Gobierno ya admite en su Plan España 2050 que en los 90 el ascenso social empezó a "oxidarse".

Los datos y análisis que socavan el ideal meritocrático se multiplican. La evidencia es firme en la educación, precisamente allí donde más resuena el discurso del mérito. Los alumnos más pobres repiten cuatro veces más que los que tienen más recursos. ¿Es que se esfuerzan menos, como sugiere el discurso de "mano dura"? Difícil de creer. Un 45% de quienes han nacido en hogares con estudios básicos se queda en ese nivel, y sólo el 32% alcanza estudios superiores. Esperan al ascensor, pero no llega. Además, el covid-19 agrava la avería al penalizar a los alumnos de familias pobres.

Educación familiar y herencia

Uno de los trabajos que ponen datos en la mesa es Desigualdad de oportunidades (2021), de investigadores de las universidades Complutense y La Laguna. La conclusión es que un mínimo de un 44% de las desigualdades de renta en España se explican por factores ajenos a las decisiones de los individuos. El otro 56% es un "residuo" de factores imponderables, entre los que figuran tanto el mérito como otros inseparables del origen social. El elemento con más peso es la educación de los padres. Algo que viene dado.

Dos de los autores de este informe, Pedro Salas-Rojo y Juan Gabriel Rodríguez, firmaron en 2020 otra aproximación al tema que concluía que en España las circunstancias ajenas al esfuerzo explican hasta el 70% de la desigualdad en riqueza, destacando las herencias y la educación de los padres. "La riqueza no se acumula por mérito", señala Salas-Rojo.

Una idea de éxito popular

Los barreras de acceso no se levantan sólo en la acreditación educativa o en la empresa privada. Es un fenómeno que, como señala Jesús García, "llega a todas partes". Llega a la judicatura, por ejemplo, con un acceso determinado por la escasez de becas que privilegia las conexiones familiares y exige sólido apoyo económico. El catedrático de Ciencia Política y de la Administración Carles Ramió ha expresado su temor a que las propias administraciones públicas "repliquen" los mecanismos de "discriminación social" con la incorporación a los filtros de selección de una inteligencia artificial sesgada

No sólo permanecemos –mayoritariamente– ajenos a hechos como estos, sino que "tendemos a sobredimensionar los méritos", aunque "lo cierto es que las ventajas familiares son muy persistentes en el nivel de renta al que se llega". Son palabras de Salas-Rojo, del grupo de investigación Equalitas. Pero, ¿por qué, si contamos ya con importante evidencia que indica que no se dan condiciones para una batalla justa de méritos? "El discurso meritocrático de las élites –responde Salas-Rojo–, el si quieres, puedes, aunque es útil a los que están en mejor posición, es eficaz en la justificación de desigualdades, especialmente entre los que sufren las consecuencias de la desigualdad". 

De modo que el ideal meritocrático arraiga mejor allí donde hay desigualdad y entre las víctimas de esa desigualdad. Así es como se cierra el círculo, permitiendo que la defensa del Impuesto de Sucesiones se convierta en una causa con penetración incluso entre desheredados. Veamos.

En su artículo La paradoja de la desigualdad (2019), basado en el estudio de 25 años de encuestas en 23 países, Jonathan J. B. Mijs, de la Universidad de Harvard, detectó que "cuanto más desigual es una sociedad, más probable es que sus ciudadanos expliquen el éxito en términos meritocráticos" en vez de basándose en la "riqueza y las conexiones familiares". El porcentaje de personas que piensan así sube desde los 80, observa Mijs. Ahora hay al menos menos dos tercios de los ciudadanos de todos los países que atribuyen el éxito al do it yourself.

El dato de España es de 2009, ya con la Gran Recesión encima: un 68,2% creía en la meritocracia, más que en la desigualdad estructural (62,5%). La fe de los españoles en el mérito es mayor que la de los suizos y los holandeses en el mismo año. "Los ciudadanos de las sociedades más desiguales entienden la desigualdad de ingresos en términos meritocráticos y no estructurales, mientras que los habitantes de los países más igualitarios ven la igualdad estructural", señala Mijs. "La creencia en la meritocracia en el mundo occidental nunca ha sido tan fuerte", concluye el autor, que recalca cómo además la segregación residencial, educativa y laboral hace que los ciudadanos vivan en burbujas que sociales les impiden observar la dimensión de la desigualdad.

Otra vez Mijs (2020), centrándose esta vez en Reino Unido, observa cómo "desde 1980, a medida que la desigualdad de ingresos ha aumentado, la creencia de que el éxito se determina por el trabajo duro también ha aumentado hasta el punto de que es casi universal entre la clase trabajadora". Este gráfico es elocuente, con esa marcada subida de la creencia en la meritocracia de la clase trabajadora desde los años 80.

Creencia en la meritocracia en Reino Unido, según clases: trabajadora, media-baja y media-alta. Incluido en el artículo Meritocracia, elitismo y desigualdad, de Jonathan J.B. Mijs y Mike Savage.

En la misma línea apunta la investigación Desigualdad económica y creencia en la meritocracia en EEUU (2016). "Entre las personas con menores ingresos, los contextos locales de mayor desigualdad se asocian con una creencia más generalizada en que la gente puede salir adelante si está dispuesta a trabajar duro", anotan los autores, encabezados por Frederick Solt.

Completan el diagnóstico, en otro informe-síntesis de 2019, cinco investigadores liderados por Ana Filipa Madeira: en las sociedades desiguales, la meritocracia funciona como "pegamento social" para mantener la asimetría.

Volvemos a la meritocracia como cortina de humo de los problemas de fondo. Ese pegamento se nutre no sólo de la invisibilización de las causas profundas de la desigualdad, sino de la falta de mecanismos compensatorios para que la meritocracia sea creíble. Miremos España, un país que adolece de un histórico subdesarrollo de sus políticas sociales, quedando por por debajo del conjunto de la UE en todas las áreas de gasto social. Y no sólo eso. Además, la protección social no beneficia más a los más desfavorecidos. El propio FMI ha alertado de que la proporción de prestaciones familiares en efectivo que se destina a los hogares con menor renta "es bastante bajo, poco más del 30%", por debajo del promedio de la UE.

Manuel Arias Maldonado, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Málaga, señala en un artículo en Ethic que "ni siquiera los gobiernos que más dicen preocuparse por los desaventajados se olvidan ni por un momento de tener contentos –con independencia de cualquier criterio de justicia– a los grupos sociales que los sostienen en el poder", es decir, "funcionarios y pensionistas". A su juicio, la meritocracia "no tiene alternativa" en la medida en que introduce un factor de justicia que no existía –por ejemplo– en la sociedad estamental. El desafío consistiría, según su visión, en proteger el esfuerzo como valor apreciable pero introduciendo políticas que eliminasen "barreras de entrada" y facilitasen la "movilidad social", de forma que se no se legitime ni la culpabilización por el fracaso ni tampoco la tutela del Estado. ¿El problema? "Los gobiernos democráticos dependen del voto de los que no son los más desaventajados". Aquí chocamos con una nueva realidad: los pobres votan menos, como indica la investigación académica sobre abstención.

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