La tensa Navidad de unos héroes rotos: “Es difícil abstraerse al cien por cien cuando eres sanitario”

Enfermeras del hospital bilbaíno de Basurto tratan este martes a un paciente en la UCI infectado por covid 19.

Dice Miguel Holguín que si hubiera sabido “dónde estaba la vocación” se la habría “extirpado”. Pero no lo supo. Y ahí acabó, metido de lleno en la “dura” vida sanitaria. Cuenta que siempre le apasionó esa “visión romántica” de la medicina de familia que dibujaba en sus novelas el escritor estadounidense Noah Gordon. Pero la Atención Primaria “no ofrecía grandes cosas”. De ahí, que terminara como doctor en las urgencias del Hospital Clínico de Valladolid tras acabar la residencia. El “bicho de la adrenalina” le picó allá por 2005. Y dieciséis años después no se le pasa por la cabeza dejarlo. Ni siquiera la pandemia ha hecho que se cuestione si le merece la pena quiere seguir dedicándose a ello. Los momentos dulces siempre acaban superando a los amargos. Pero eso no quita que, tras dos años enfrentándose al coronavirus, esté agotado.

El doctor espera como agua de mayo la llegada del parón navideño. En su hospital se han organizado para que todo el mundo pueda descansar. Lo necesitan. Y, de momento, no les ha llegado ninguna orden de cancelación de permisos o vacaciones. Él tiene unos días hasta final de año. Pretende exprimirlos al máximo con los suyos. “Al final, el mayor refugio que tenemos son nuestras familias”, dice. No piensa moverse de la ciudad. Ni tampoco participará en grandes celebraciones. Si eso, pequeñas reuniones con su círculo más íntimo. Y con mucho cuidado. “Los coles son un hervidero, y aunque tengamos la seguridad de que las niñas están limpias vamos a evitar todo lo posible los contactos”, sostiene. Otra vez más, unas navidades anómalas. Como lo fueron las del año pasado. Esta rara nueva normalidad persiste a pesar del éxito de la vacunación.

Es cierto que, a nivel de presión asistencial, la situación es mucho más favorable que la de hace un año. En 2020, por estas fechas, la provincia de Valladolid tenía un porcentaje de camas de hospitalización ocupadas por casos covid del 17,53%. Y del 41,6% de críticos. Ahora, sin embargo, están en un 8,2% y 21,36%, la mitad. “Vemos que ha bajado a nivel hospitalario”, señala. La variante ómicron se propaga mucho más rápido, pero los casos que se encuentran los profesionales parecen más leves. Eso no quita, sin embargo, que no le preocupe lo que se encontrará a la vuelta de las fiestas navideñas, cuando se empiecen a ver los efectos de las cenas, las comidas y las reuniones con familiares y amigos. “Creo que a la vuelta la situación va a estar mucho más tensionada”, se aventura a pronosticar.

A pesar del descanso, Holguín asume que no será capaz de desconectar por completo. “Aunque te quites el EPI y disfrutes un poco de los tuyos, no acabas de dejar nunca la mente en blanco. Es difícil abstraerse al cien por ciento cuando eres sanitario”, apunta. Encender el televisor, abrir el periódico, ver las cifras diarias, pensar si eres necesario en las urgencias de tu centro. Una rueda de la que resulta casi imposible salir. No es algo que solo le pase a él. Es recurrente en gran parte de los profesionales con los que hablas. “Estás en casa, sí, pero no desconectas nunca”, coincide Coro Arrieta al otro lado del teléfono. Ese mismo al que no deja de llegarle de forma permanente, trabaje o no, información sobre el estado de la situación. Grupos de Whatsapp, compañeras. El coronavirus se lo come todo.

Arrieta, con 57 años, es técnica en cuidados auxiliares de enfermería en el Hospital de Galdakao, en Bizkaia. Y su caso es un reflejo perfecto de la precariedad y la temporalidad laboral en la sanidad pública. En sus nueve años como TCAE calcula que llevará casi un centenar de contratos diferentes. Una media de uno al mes. El que tiene ahora dura hasta el próximo enero. “Y ahí estoy, arriesgando mi vida y la de mi familia”, se lamenta. Como Holguín, ha elegido esta profesión. Y lo da “todo” por los pacientes. Pero asume con tristeza que para la Administración no es más que un número. Es algo que ni la pandemia ha cambiado. “Cuando salí de la UCI tras la primera ola, me encontré con que el primer contrato que se me ofrecía era de quince días”, dice con rabia.

No es que la técnica desarrolle habitualmente sus funciones en las unidades de cuidados intensivos. “Yo estoy normalmente en esterilización, en los quirófanos”, cuenta. Lo que pasa es que el primer zarpazo del coronavirus llevó aparejado una suspensión de las intervenciones quirúrgicas. Y con la actividad parada, recurrieron a ella, que tiene un posgrado en esta materia, para prestar un apoyo que se tornaba fundamental en las UCI. Ahora, sospecha que puede suceder lo mismo, aunque todavía no le ha llegado ningún aviso. Con la sexta ola arreciando, el Ejecutivo vasco ha vuelto a limitar las cirugías programadas. Euskadi está ahora mismo entre las regiones con mayor incidencia acumulada, con más de un millar de casos por cada 100.000 habitantes a dos semanas. El porcentaje de camas de hospitalización ocupadas por pacientes covid es del 8%. El de las unidades de intensivos del 21%.

A diferencia de Holguín, ella no tendrá descanso. Le toca la Nochebuena y el Año Nuevo. Aunque reconoce que ha tenido suerte con los turnos. El primer día estará de mañana. Y el segundo de tarde. Podrá, si nada se tuerce, cenar y comer con los suyos. Eso sí, reuniones pequeñas. Aunque son seis hermanos, tendrán que dividirse. Otro año más. Igual que tantas y tantas familias. “Está en nuestras manos, hay que ser responsables”, afirma. A pesar de la fatiga pandémica, la joven Irene Soriano también espera encuentros pequeños con los suyos. “La cena será escueta”, dice entre risas en su día de descanso. Ella sí tendrá libres los días gordos. Ya le tocaba. El año pasado se comió los festivos importantes.

El descanso no vendrá mal a la joven enfermera de 27 años, que acabó la residencia hace un lustro. Estos días en el Hospital de Albacete, donde trabaja, han sido “caóticos”. El lunes, cuenta, tenían un centenar de pacientes con problemas respiratorios. En una ciudad que no alcanza los 200.000 habitantes. “Y las pruebas se están agotando”, cuenta. Es increible, reflexiona, que sigan teniendo estos problemas a estas alturas. No es la primera ola. Ni la segunda. Llevan seis. “¿No han tenido tiempo para organizarse bien?”, continúa Soriano, que tiene un contrato a media jornada pero que parece que con esto de la crisis sanitaria ha conseguido dejar la eventualidad atrás. En medio de la pandemia, la demanda de enfermeras es brutal. Y eso ha dado cierta estabilidad a su vida.

El 2021 de la "desesperación"

Dice Holguín que si el año 2020 fue el más duro de toda su trayectoria profesional, este 2021 que se cierra es el de la “desesperación”. Aunque todos éramos conscientes de que las vacunas no impedían el contagio, fue irremediable que el éxito de la campaña, unido a la caída del número de casos, hiciese que anidase en todos esa “ilusión” de que salíamos del túnel. También en ellos, en los sanitarios. “¡Pero esto no se acaba, es una hartura!”, dice con cierto tono de frustración el doctor del Hospital de Valladolid. Llevan casi dos años a piñón, surfeando ola tras ola. Y están completamente fundidos, agotados, exhaustos. Como lo estaría cualquier trabajador con guardias infinitas de forma permanente.

Eso afecta a nivel físico. Pero lo más duro es lo que no se ve, lo que se lleva por dentro. El impacto sobre su salud mental ha sido brutal. En dos años, entre 2019 y 2020, el Programa de Atención Integral al Médico Enfermo (Paime), creado a finales de los noventa para tratar trastornos psíquicos y de adicciones entre los profesionales sanitarios, ha atendido 1.201 casos, un repunte del 37% respecto a los dos años anteriores, según el último informe de la Fundación Social de la Organización Médica Colegial (Fpsomc). Casi ocho de cada diez han acudido a él por problemas relacionados con trastornos de la salud mental. Algo que ha impactado, sobre todo, en ellas.

A Arrieta se le entrecorta todavía hoy la voz cuando habla de lo vivido durante el primer año de la pandemia. Sobre todo, cuando toca el tema de la soledad, del aislamiento, de las relaciones perdidas. “Ahora ya no me ocurre tanto, pero al principio no parabas de pensar en pacientes y hasta soñabas una y otra noche con el trabajo”, coincide Soriano. Holguín comenta que en su servicio no han tenido, por el momento, gran cantidad de bajas por esta cuestión. Debe ser, dice, porque las urgencias están acostumbradas a la “batalla”. Pero, a día de hoy, él sigue también sin poder olvidarse de esas “jornadas maratonianas” en las que uno no acababa de “querer irse” porque, a pesar del cansancio, sabía todo lo que dejaba atrás.

"Siempre puse estas fiestas en cuarentena"

Más allá de los datos generales, si algo evidenciaba el informe del Fpsomc es que los que más han acudido al Paime son los médicos de familia. Meritxell Sánchez lleva casi dos décadas batallando en Primaria, la puerta de entrada al sistema sanitario. Desde 2007 ejerce en el CAP Besòs, en Barcelona. Y no tiene problema en contar que, durante la primera ola, se puso en contacto con el servicio de atención psicológica del centro para intentar quitarse esa “angustia” que tenía encima. “Los primeros días del confinamiento yo reaccioné con miedo, sobre todo por mi familia”, cuenta. Luego, ese sentimiento ha ido reapareciendo con cada ola. Pero cada vez con menos intensidad. “Supongo que el cuerpo se termina acostumbrando”, desliza.

Aunque a nivel hospitalario, como dice Holguín, todavía no están “en las costuras”, los centros de salud están hipertensionados. Sánchez, que también es presidenta del Foro Catalán de Atención Primaria, habla de media docena de llamadas entrando al mismo tiempo en su ambulatorio o de tasas de positividad superiores al 30%. “Afortunadamente, los casos que nos encontramos son más leves”, sostiene. A pesar de ello, la doctora dice afrontar estas vacaciones en plena “tempestad” a la “expectativa” y no sin cierta “inquietud”. “Te hace sufrir pensar que los centros de Atención Primaria puedan saturarse”, reconoce.

Es un diagnóstico con el que coincide José Luis Palancar, médico de familia en el Centro de Salud Doctor Cirajas, en el madrileño barrio de Ciudad Lineal. No quiere ser alarmista, ni mucho menos. Se expresa con calma al otro lado del teléfono. Y, de vez en cuando, se intuye por su tono de voz una sonrisa cuando la charla se vuelve algo más distendida. Pero a la hora de hablar de la pandemia, es lo más claro posible. Asume que avecinan unas fechas duras. "Vamos a tener una importante cuesta de enero", se aventura a pronosticar. Los datos oficiales están ahí. Hace diez días, la incidencia acumulada en la Comunidad de Madrid no llegaba a los dos centenares de casos por cada 100.000 habitantes. Ahora, sobrepasa el millar. Cinco veces más.

A pesar del incremento bestial de la presión sobre los ambulatorios, ambos podrán cogerse unos días. Aunque celebraciones las justas. De nuevo, organización. Sánchez tiene tres hijos y cuatro hermanos. “Entre todos, hablamos de nueve niños. Y mis padres son mayores. Por eso, la idea podría ser que en Nochebuena vaya con ellos uno de los hermanos con los críos”, trata de resumir. Dice que no le ha afectado el covid haya chafado por segundo año la Navidad. Porque en ningún momento, ni a pesar del respiro de los meses posteriores al verano, se hizo ilusiones. “Siempre puse estas fiestas en cuarentena. Igual soy demasiado precavida, pero siempre me he mantenido en el ‘ya veremos’ cómo están las cosas”, apostilla.

"Los aplausos de las ocho se han quedado en el olvido"

La médico de familia hace mucho hincapié en la importancia de los equipos. Porque sin uno bien engrasado un ambulatorio no funciona. Por eso se acuerda tanto de las enfermeras como de las trabajadoras que son la puerta de entrada de la puerta de entrada al sistema sanitario. Teresa es una de ellas. Acaba de cumplir su segundo trienio como auxiliar administrativo. Antes, estuvo en hospitales. Ahora, en la Primaria. En concreto, en el centro de salud de Zaballa, donde se han organizado los turnos para que todos puedan tener un descanso en plena sexta ola. Ella ya lo ha hecho, por lo que le toca estar al pie del cañón los días gordos. Esos que antes eran los “buenos” –el centro estaba prácticamente desierto– pero que ahora está convencida de que serán los “malos”.

En la unidad administrativa no dan abasto. Una llamada, otra, otra. Algunas de ellas, incluso, al mismo tiempo. La ventanilla, repleta de personas. Algunos van a que les ayuden con la tarjeta sanitaria o el certificado covid. Otros, a que les den cita con el médico porque no consiguen hablar por teléfono con el ambulatorio y no pueden agendar una cita con el doctor a distancia a no ser que se trate de casos urgentes. Y ellas y ellos ahí, en medio, con un “estrés” y una “tensión” que en ocasiones es insostenible. Algunos pacientes, cuenta, terminan perdiendo los papeles. “Cada vez son más habituales las agresiones verbales”, relata la administrativa. Es algo que los sindicatos ya han alertado en las últimas semanas. Y que se da a lo largo y ancho del país. La voz de alarma llega desde Murcia, Castilla y León, Andalucía.

“Los aplausos de las ocho de la tarde ya se han quedado en el olvido”, reflexiona el doctor de urgencias de Valladolid, que dice que cada imagen de lugares masificados “es una bofetada en todo el rostro”. Un sentimiento de olvido que comparte la enfermera de Albacete. “Si antes éramos héroes, ahora se nos trata como criminales”, asevera. Cree que esa buena valoración que tenían en plena primera ola ha desaparecido. Que se ha ido y que ya nadie se acuerda que en los centros de salud y hospitales hay personas que lo dan absolutamente todo para salvar al resto. A pesar de las condiciones laborales. A pesar del maltrato de las administraciones.

–“¿Y, a pesar de todo, sigue resistiendo esa vocación en tu interior?”, pregunta este periodista a Palancar.

–“Yo sigo comprometido con la Atención Primaria a pesar de todo porque pienso que ha sido fundamental en el desarrollo y bienestar social. Por eso, debemos defenderla”, sentencia el médico de familia.

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