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Tocarle el bolsillo (y las narices) al IBEX y a Blackrock

Despistados por el incesante carrusel de acontecimientos "históricos" que a la semana son pasto del olvido, no hemos prestado suficiente atención a algo que no me atrevería a calificar de histórico –me resisto a ese adjetivo con tan poca perspectiva–, pero sí desde luego de bastante novedoso. Se ha producido, sin llamar demasiado la atención, el desmentido rotundo –puntual, pero rotundo– de esa extendida creencia según la cual la política jamás roza los intereses de los más poderosos. Esta vez, no ha sido así. Al menos, esta vez.

Al grano. Me refiero al impuesto a las energéticas y a la banca, que el Gobierno ha anunciado que mantendrá, bien es cierto que con un retoque/compensación para las energéticas. Poca broma: hablamos de mucho dinero, casi 3.000 millones sólo en el primer año que han salido directamente de las cuentas de la superélite empresarial española: Santander, Caixabank, Sabadell, Iberdrola, Repsol, Naturgy... Hablamos de la crème de la crème de dos sectores tenidos por inaccesibles para los poderes terrenales. Pues bien, resulta que a todos esos gigantes corporativos el Gobierno les ha tocado el bolsillo –y las narices– con el famoso impuesto.

Y no han sido los únicos bolsillos –y narices– que el impuesto ha tocado. Los lectores de infoLibre, donde venimos publicando una investigación sobre los fondos de inversión internacionales, su penetración en diversos sectores, su capacidad de presión y su alianza con la aristocracia capitalista española, saben que entre los damnificados hay mucho más que pesos pesados del IBEX. Porque detrás de estos hay bestias aún mayores. Como Blackrock, la mayor gestora de fondos del mundo, máxima accionista de Santander (que ha pagado 224 millones), BBVA (225 millones), Sabadell (157 millones) y Repsol (450 millones). O como Qatar, cuyo fondo soberano QIA es máximo accionista de Iberdrola (que ha pagado 213 millones). O como Emiratos Árabes, cuyo fondo soberano Mubadala está al frente del accionariado de Cepsa (que ha soltado 323 millones). No es moco de pavo.

Se ha producido, sin llamar demasiado la atención, el desmentido rotundo –puntual, pero rotundo– de esa extendida creencia según la cual la política jamás roza los intereses de los más poderosos

Ojo, no querría incurrir aquí en una lectura ingenua. Es innegable que los beneficios de banca y energéticas siguen siendo espectaculares incluso tras pagar los impuestos, y que los dos oligopolios mantienen la misma posición privilegiada. Y también lo es que para las megagestoras estadounidenses y los fondos soberanos árabes la merma de beneficios es casi calderilla. Pero es igualmente innegable –y es justo reseñarlo– que una medida salida de la política, esa que según el tópico jamás le tose a los de siempre, ha mantenido esta vez el pulso a gente muy poco acostumbrada a que le aguanten un pulso.

¿A ustedes no les ha sorprendido? ¿No ha tenido un punto sorprendente, más cuando el Gobierno acredita cierta propensión al temblor de piernas en la escena decisiva? ¿Cuántos, durante la legislatura pasada, cuando el PSOE y Unidas Podemos debatían el impuesto, podían pensar no sólo que acabaría aprobándose, sino que lograría una recaudación masiva? Pocos, me atrevería a decir. ¿Y cuántos, en el momento en que los directivos de las empresas afectadas empezaron a quejarse y a advertir de una reacción contra España de los sacrosantos "inversores", pensaron que el famoso impuesto tenía las horas contadas? Muchos, probablemente.

Y, sin embargo, ahí sigue el impuesto, pese a todas las presiones, todas las advertencias, todos los negros presagios. ¿Se han cabreado los afectados? Mucho. ¿Intentarán resarcirse por otro lado? Ya lo están haciendo. Pero no querría desviarme de lo esencial de este asunto: ahí están las grandes empresas pagando lo que no querrían pagar y Hacienda cobrando. El dinero ha cambiado de sitio. Y nada se sabe de la famosa fuga de inversores. Así que hay que preguntarse: ¿qué otras cosas sorprendentes podrían pasar si, simplemente, se hicieran?

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