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Al este del Edén

Imagen del barrio berlinés de Kreuzberg tras la caída del muro.

Carmen Rosa | Berlín

9 de noviembre de 1989, casi las siete de la tarde. Una hora en la que los alemanes, ya fueran del Este o del Oeste, estaban ya cenados o a punto de hacerlo. Hacía meses que los ánimos en la República Democrática Alemana (RDA) andaban revueltos. Las masivas marchas pacíficas por la libertad y la democracia en Leipzig, exactamente un mes antes, habían empujado al Politburó a presentar las medidas más aperturistas de sus cuatro décadas de historia. La última, el proyecto de ley del 6 de noviembre que regulaba los viajes al extranjero. La corriente de acontecimientos se desbocó aquel 9 de noviembre en una rueda de prensa para medios internacionales que pocos siguieron en directo. No se esperaba de ella mucho más que el anuncio de las nuevas medidas, así que la mayoría de los ciudadanos andaba cenando con la familia, tomando una cerveza en la Kneipe del barrio o, como una tal Angela Merkel, disfrutando de una de las actividades más populares de la Alemania oriental: la sauna.

Soplaban vientos de cambio, pero nadie adelantó lo que acontecería horas después, ni predijo que aquella sería una de las noches más largas y felices de Alemania y de Europa.

“Según entiendo… De inmediato, sin demora”, dijo, algo confundido, el portavoz del comité central del SED (Partido Socialista Unificado), Günter Schabowski. Una frase que aceleró la historia como pocas veces había sucedido antes o sucedería después. Era su respuesta al “¿desde cuándo?” que un periodista le lanzó al escuchar que se abría la veda a los ansiados viajes fuera del territorio sin necesidad de justificación.

Lo que ocurrió después ha quedado grabado para siempre en la iconografía política y social de aquel epílogo del siglo XX. Un tsunami multicolor caminando hacia los pasos fronterizos que salpicaban aquel muro de la vergüenza. En total, 155 kilómetros de acero y cemento que habían separado las dos Alemanias durante 28 años y que, de noche y por sorpresa, se volvieron porosos, hasta deshacerse y caer fulminados. El muro podía atravesarse. Nada volvería a ser igual.

Al celebrar 30 años de aquel 9 de noviembre, Alemania, como en cada aniversario, hecha la vista atrás para revisar los errores y aciertos de la reunificación, y diagnosticar las consecuencias que, tres décadas después, continúan saliendo a flote. Tocó fabricar un velcro a medida, con planes políticos, económicos y sociales concretos que permitieran volver a unir las dos orillas del río Elba, las dos mitades de un mismo país a las que 40 años de separación habían convertido en completos desconocidos. Y no fue fácil. “Crece junto lo que pertenece al mismo tronco”. La frase del excanciller Willy Brandt fue adoptada por muchos como bandera de esperanza y optimismo ante la nueva etapa. Sin embargo, pronto quedó claro que la división había agrietado el árbol hasta el tronco y que harían falta grandes esfuerzos y también sacrificios para devolverle la robustez, si es que eso era posible. Si es que alguna vez el Este y el Oeste llegaban a verse como iguales.

Ciudadanos de segunda clase

“Se ha avanzado mucho en estas décadas, pero aún queda por hacer”. La canciller alemana, Angela Merkel, no tiró de paños calientes en su discurso el pasado 3 de octubre, durante los actos de celebración de los 29 años desde que la reunificación alemana se hizo oficial en 1990. Las desigualdades entre el oeste del país y los cinco estados del este siguen siendo evidentes, aunque obviamente mucho menores que en aquellos primeros y traumáticos años noventa. Los habitantes de la RDA despertaron de un día para otro en una realidad diferente, la de la democracia, el consumismo, el libre mercado y el individualismo. En los cuatro primeros años tras la reunificación, se marcharon de allí 1,4 millones de habitantes, de los 16 millones totales. La mayoría jóvenes bien formados, ansiosos por acceder al atractivo mercado laboral que ofrecía “el otro lado”. Además, los dos marcos alemanes se habían equiparado en los sueldos y las pensiones, pero no en los ahorros, lo que dejó poco margen para que los padres pudieran ayudar a los hijos. Atrás quedaron familias rotas con parte de sus miembros marchándose para no volver y miles de personas sin trabajo cuando el sistema comunista de pleno empleo fue insostenible. La mudanza, para muchos, significó la única opción. Como bien definió Thomas de Maizière, ex ministro de Interior, en un documental de la cadena ZDF: “Para los alemanes del Este todo cambió, para los del Oeste solo el código postal”.

Aún se recuerdan bien las filas de trabbis, el coche insignia de la RDA, llegando a las principales ciudades de la Alemania occidental. Y también la cara de desagrado con la que muchos los recibían en ciudades como Hamburgo, Baviera o Fráncfort. Pronto los ossies fueron percibidos como una carga más que como una oportunidad, pese al evidente valor añadido que la fuerza laboral llegada del Este tuvo para el despegue económico de Alemania.

Para paliar el golpe y mantener el optimismo inicial, el entonces canciller regaló 100 marcos a cada familia de la RDA como símbolo de bienvenida y creó ayudas concretas y a medida, además de inyectar al Este millones de marcos, incluidos los que reportan el impuesto de solidaridad que aún hoy se araña del sueldo de todo trabajador, en muchos casos a regañadientes, para enviarlo a los länder más pobres.

Todo para intentar que las dos Alemanias caminaran, algún día, al mismo ritmo. Algo que 30 años después de aquellos históricos bailes sobre el muro, aún no se ha conseguido. Según un informe del Gobierno alemán, hará falta otra década para que las cosas se equilibren. Aunque más equiparados que en los noventa, cuando unos doblaban a los otros, los sueldos en la Alemania del Este siguen siendo más bajos, y también las oportunidades laborales. Ninguna de las 30 empresas alemanas que cotizan en Bolsa tiene sede en los cinco estados del Este, pese a representar el 20% de la población. Escasean también personas crecidas en la RDA en la cúspide de las grandes corporaciones y lo mismo sucede en la política. Cierto que está Angela Merkel, pero desde que llegó al poder ha intentado aparcar su pasado para ser percibida como la líder de toda Alemania.

“La unidad nacional de Alemania se ha completado, pero la unidad de los alemanes aún no se ha logrado. La mayoría de alemanes del Este se sienten ciudadanos de segunda clase”, reconoció Merkel durante los actos del 3 de octubre. Una frustración que ha salido a flote con fuerza durante la reciente crisis de los refugiados y que se ha traducido en un auge de los movimientos de ultraderecha en los länder del Este. El “ya basta” de una parte del país que para muchos sigue siendo un enigma.

Ossis y wessis, los estereotipos

Como la línea de doble adoquín que recorre Berlín en recuerdo de la cicatriz dejada por el muro, también dentro de la mayoría de los berlineses sigue existiendo una división mental, un patrón por el que se corta a las personas según la parte del telón de acero en la que se criaron. No es raro escuchar en la calle a alguien mofarse de otro por elegir Dresde para pasar un puente. Incluso una embarazada medio bromeando sobre su temor a que su hijo nazca ossi si se pone de parto durante su próximo viaje de trabajo a Leipzig, o un levantamiento hastiado de ojos cuando se comentan los resultados electorales en el Este del país. Los wessis siguen siendo pedantes (Besser-Wessis) y los ossis lloricas (Jammer-Ossi). Y unos, en su mayoría, se siguen creyendo mejores que los otros.

No ayuda al acercamiento que mientras el 95% de los nacidos en la RDA ha viajado a uno o varios länder de la parte occidental länder del país solo el 21% de wessis ha hecho el trayecto contrario. La nostalgia, otro punto tradicionalmente de unión entre compatriotas, tampoco se da en este caso. Mientras algunos berlineses en sus cuarenta recuerdan bien como montar un arma de asalto, parte de formación militar en la RDA o los campamentos de las juventudes comunistas junto a jóvenes rusos, búlgaros o rumanos debatiendo sobre política y sobre el partido, la infancia de los otros transcurrió de manera muy similar a la de sus hijos, con algún viaje a Mallorca de vez en cuando.

Los medios de comunicación y el cine son en parte responsables de la explotación de la diferencia con su atracción por reflejar el exotismo del Este y su peculiar cotidianidad bajo el régimen comunista (películas como Goodbye Lenin o la mayoría de las series alemanas que se pueden ver en Netflix se alimentan de aquella realidad ya desaparecida). En algunas ocasiones aquel pasado incluso se ridiculiza o simplifica, cuando no está tomado por la omnipresencia de la temida y casi mitificada Stasi.

Auge de la extrema derecha

El partido ultraderechista AFD (Alternativa para Alemania, en sus siglas en alemán) alcanzó el 23,5% y el 27,5% de los votos respectivamente en las recientes votaciones de Brandeburgo y Sajonia. Y se espera resultados similares en las próximas a celebrar en Turingia. Las marchas neonazis por la ciudad de Chemnitz el año pasado, con manos alzada agenciándose el Wir sind das Volk (nosotros somos el pueblo) coreado por aquellos manifestantes que en los ochenta pedían democracia, han vuelto a poner al Este en el punto de mira de aquellos que los consideran más débiles, peor armados para defenderse de los populismos.

Se empuñan razones económicas para este apoyo a la ultraderecha. Pero lo cierto es que el land con mayor paro no es uno del Este, sino Bremen, con un 10%. Tampoco lo es el segundo. Ahí se sitúa Berlín, con un 7,8%. Se señalan los 60 años de regímenes dictatoriales, el nazi y luego el comunista, como razón para una supuesta falta de madurez democrática y de su necesidad de que líderes fuertes marquen el paso. También se ha publicado mucho en la prensa alemana sobre la aversión del Este a los inmigrantes, basada en su falta de experiencia conviviendo con gente de distinta proveniencia (solo entre el 4% y el 9% de la población tiene orígenes no alemanes, frente al 25% en el resto de Alemania). Pero no son los únicos länder en Alemania con una acuciante alergia al recién llegado. Sea todo eso o nada de lo anterior, lo cierto es que la crisis de los refugiados en 2015 y la política de puertas abiertas de Merkel, hizo estallar a una población con muchas frustraciones guardadas. Como destacó la periodista alemana Anne Saverbrey en el New York Times, “los alemanes del Este han vuelto a sentir que la historia se decide sin ellos. Y esta vez tres décadas de rabia y miedo enterrados han salido a la superficie de manera tóxica y xenófoba”, alimentados por la oportunista retórica de la AFD.

El historiador Ilko-Sascha Kowalczuk desarrolló esta teoría en el Frankfurter Allgemeine Zeitung al afirmar que la revolución que condujo a la caída del muro no se llevó a cabo por el pueblo, como tanto se ha publicitado, sino por un pequeño número de activistas. El ciudadano normal se lo encontró, actuando como espectador pasivo mientras otros decidían su destino. En su libro Der Übernahme, sobre aquella revolución pacífica, Kowalczuk intenta servir de puerta de entrada para el entendimiento, para que los ciudadanos del Oeste comprendan lo que pasaron sus vecinos, lo que supuso, de un día para otro, perder no solo el trabajo, sino también el estatus social y su cultura. Así, quizá, se pueda empatizar y conocer mejor las dinámicas que hoy marcan el paso en esa parte del país, empezar a verlos como iguales y creerse, realmente, que juntas las dos Alemanias son las fuertes.

*Este artículo está publicado en el número de noviembre de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí. aquí

 

Berlín 1989-2019: aquel muro, estas murallas

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