tintaLibre

Estudiantes, cincuenta años no son nada

Protesta contra la 'ley Wert' en Barcelona, en 2014.

Sara Montero Mínguez

Han pasado 50 años desde que la utopía tomó las calles de París en mayo de 1968. Los estudiantes lograron, junto al movimiento obrero, parar la ciudad entera. Lo que comenzó en las facultades de Nanterre y la Sorbona terminó sacando a unos nueve millones de personas a la calle, llenando la luminosa capital de barricadas y siendo objeto de una dura represión. En las elecciones legislativas posteriores ganó la gaullista Unión de Demócratas por la República. Se acabó el sueño. O no. Medio siglo después, Mayo del 68 ha sido calificado con todo tipo de epítetos, glorificado o demonizado, pero ha dejado rastro. La generación española que impulsó las modestas manifestaciones en Madrid es hoy la misma que sale a la calle reclamando su pensión. A los más jóvenes, les quedan los libros, los relatos orales y la canción de Ismael Serrano Papá cuéntame otra vez, que algunos canturrean: “Fue muy dura la derrota, todo lo que se soñaba, se pudrió en los rincones, se cubrió de telaraña”. Todo ha cambiado desde entonces. Hoy, el mítico estudiante Daniel Cohn-Bendit, Dani, el Rojo, símbolo de la revuelta, mira con buenos ojos al presidente Emmanuel Macron.

Cincuenta años dan para mucho. Permiten que el relato pase de la prensa a los libros de Historia. El propio Macron nació en 1977, casi 10 años después del mítico episodio parisino, pero en Francia sigue siendo una etapa controvertida y llena de aristas. Hace años, el expresidente Nicolás Sarkozy prometió “liquidar la herencia del Mayo del 68”. La proliferación de artículos, libros y referencias sugieren que no lo ha conseguido, al menos, en el imaginario colectivo.

Si se cambian las coordenadas y se centran en 2018 y en España, el movimiento estudiantil sigue siendo combativo y se moviliza ante escándalos como el máster de la expresidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes. Para la generación actual, Mayo del 68 es una “referencia”. “Nosotros no lo hemos vivido, pero sí lo conocemos, aunque sea grosso modo. Creo que sí compartimos ese espíritu de protesta. Las injusticias de Mayo del 68 hoy se siguen dando, incluso a un nivel superior”, argumenta Ana García, secretaria general del Sindicato de Estudiantes y una de las caras más conocidas del movimiento estudiantil actual.

Aunque en España no tuvo tanta efervescencia como en Francia o Italia, los jóvenes también valoran a la generación que se comenzó a movilizar bajo el yugo del franquismo: “En España se vivió de una manera muy diferente al resto de países. Marcó un antes y un después en la dictadura y se volcó luego en los años setenta ”, asegura Alejandro Delgado, presidente de la Federación de Asociaciones de Estudiantes Progresistas (FAEST). Los españoles podían entonces leer lo que ocurría en Francia en la prensa, que aún así estaba vigilada permanentemente por el poder y no podía traspasar la línea. El 30 de mayo, un artículo del diario Madrid titulado Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle le costó al periódico dos meses de suspensión de publicación. El régimen vio cierto paralelismo entre ese viejo De Gaulle, que pintaba el editorialista Rafael Calvo Serer, y el dictador Francisco Franco.

Los estudiantes actuales conocen Mayo del 68 por los libros, documentales o los propios testimonios de la generación anterior, aunque García reconoce que en los últimos años “hay una sed de conocer la historia de las luchas estudiantiles y sociales”. A pesar de la admiración, los paralelismos entre el movimiento estudiantil francés de los años sesenta y el movimiento estudiantil actual son pocos. El 68 se caracterizó por estar muy escorado a la izquierda, mientras el 15M estaba ideológicamente más repartido y levantaba las simpatías de todo tipo de jóvenes. La conciencia de clase también está más diluida y el contexto histórico es totalmente distinto. Los jóvenes que gritaban el eslogan “prohibido prohibir” escudriñaban en las páginas del periódico los últimos avances de la Revolución cubana, las manifestaciones estadounidenses contra la guerra de Vietnam o los primeros pasos de la Revolución Cultural china, que emergía con una nueva idea comunista frente a la vieja URSS. Hoy no existe un modelo alternativo capaz de hacer frente de igual a igual al capitalismo y Estados Unidos vuelve al proteccionismo con Donald Trump en la presidencia.

La crítica al sistema

No es la única diferencia. El sociólogo Javier Noya hace un análisis pormenorizado en su libro Mayo del 68 (Catarata, 2018), donde apunta también a la diferencia de las reivindicaciones. En el caso de los jóvenes de los sesenta, surgió una nueva izquierda posmaterialista con nuevos valores como la libertad sexual, que aún siguen siendo hoy banderas del progreso. Sin embargo, los jóvenes de hoy han incorporado demandas puramente materiales. Desde la subida de las tasas al paro juvenil o la precariedad. Los jóvenes estudiantes del Mayo francés habían crecido en un ciclo económico expansivo, mientras los actuales han pasado su adolescencia en la crisis. De hecho, el director de cine Pier Paolo Pasolini llegó a describir a los primeros como “miedosos, ambiguos, desesperados” en uno de sus escritos. “Cuando ayer en Valle Giulia pelearon con los policías, ¡yo simpatizaba con los policías! Porque los policías son hijos de pobres”, continuaba, ganándose unas cuantas enemistades.

Noya cree que el carácter materialista de las demandas de los jóvenes actuales pueden suponer un desafío mayor para los poderes que las de los estudiantes anteriores, cuyas reivindicaciones fueron rápidamente asumidas por el sistema.

Ramón Adell, profesor de Sociología de la UNED y experto en cambio social contemporáneo, apunta irónicamente a otro dato que suele pasar desapercibido: “Mayo del 68 coincide con un boom generacional, igual que la Transición española. Hoy en día hay pocos jóvenes y muchos se han tenido que ir fuera. Ahora hay menos masa crítica”. Sin embargo, sí quedan algunos posos críticos de ese mes que cambió el mundo en 1968. Adell advierte de que “el movimiento estudiantil aparece en la sociedad de forma volcánica, pero antes hay un magma activo” y que “estalla cuando no hay un relevo generacional”.

Al igual que en Mayo del 68, tras el 15M la izquierda tradicional, encarnada en este caso por el PSOE, también fue criticada, junto a los sindicatos mayoritarios. El 15M no tuvo consecuencias políticas inmediatas, pero sí a medio y largo plazo. Aunque el presidente del PP, Mariano Rajoy, ganó la presidencia del Gobierno en 2011, en 2015 se rompió el bipartidismo y dos nuevos partidos, a la izquierda Podemos y por la derecha Ciudadanos, irrumpieron en el Congreso como tercera y cuarta fuerza. Ante la esperanza de cambio, las movilizaciones sociales comenzaron una retirada que ahora parece estar comenzando a remontar.

Sin la alternativa comunista real y con el neoliberalismo campando a sus anchas por las economías europeas, hay una crítica al sistema que ha permanecido y se ha reavivado entre los jóvenes: el anticapitalismo. “Es cierto que ahora hay una sensación de que es imposible derrotar al capitalismo, pero eso no impide la lógica crítica”, explica Joseba Fernández, investigador de movimientos sociales, que observó muy de cerca el 15M y ha escrito varios trabajos sobre él.

Implicados en otras movilizaciones

Los jóvenes siguen siendo la punta de lanza de algunos movimientos sociales. Tienen tiempo, ganas y, además, no poseen un sueldo que perder si van a la huelga. La implicación de los chavales que comenzaron las movilizaciones el 15 de mayo de 2011 no se ha diluido, sino que se ha diseminado por los barrios, grupos de trabajo y otros movimientos sociales que siguen vivos. Algunos están en las instituciones. “Los debates que se crearon han actuado como semillas y se han mantenido en los movimientos antidesahucios, el feminismo, etc.”, explica Adell.

“El movimiento estudiantil se ha implicado mucho en la marea verde. Empezó con la rebelión de los profesores, y después de esa primera fase, se incorporaron los estudiantes”, recuerda la secretaria general del Sindicato de Estudiantes sobre este movimiento que nació con la oleada de recortes que aplicaban los gobiernos en la educación pública. García se arroga algunas victorias en los últimos años “como que el Gobierno tuviera que retirar las reválidas franquistas” o que el exministro de Educación, Cultura y Deporte José Ignacio Wert fuera conocido “como el ministro franquista”. Este antiguo miembro del Ejecutivo tuvo la capacidad de poner a toda la comunidad educativa en su contra, diseñando la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), que junto a los recortes, provocó una oleada de protestas que dura hasta hoy.

García reconoce que a la hora de organizar las convocatorias del Sindicato de Estudiantes aplica valiosas lecciones aprendidas en el 15M. Al menos dos: “Salir un día no sirve de nada, hay que hacerlo de forma planificada y en ascenso” y “no podemos esperar a que nadie salga por nosotros. Las marchas de la dignidad nacieron porque los sindicatos no hacían nada”.

El último gran hito del movimiento estudiantil español fueron las manifestaciones anti-Bolonia, que tuvieron su auge en 2008 y 2009 y que supusieron huelgas, manifestaciones y encierros de varios días. El objetivo del Gobierno con el conocido como Plan Bolonia era adaptar el sistema universitario español para homologarlo al Espacio Europeo de Educación Superior. Sin embargo, sus críticos sospechaban que serviría más que para mejorar la calidad educativa, para encarecer la educación superior. Lo que vino en los años posteriores fueron recortes en profesores y becas y una importante subida de las tasas de matriculación.

Después, según comentan las fuentes consultadas, las protestas han sido irregulares con picos y valles, aunque señalan que en 2015 y 2016 las movilizaciones comenzaron a estancarse. Ahora la tendencia parece encaminada hacia un nuevo repunte.

Especulando sobre qué habría podido ocurrir en los últimos años para que no haya tenido lugar una movilización semejante, Joseba Fernández da la primera respuesta lógica: no ha habido un elemento reactivo tan fuerte como el Plan Bolonia, que además de movilizar, unificara todas las protestas en un objetivo común. También apunta a que las propias reformas “de carácter neoliberal” que ha sufrido la Universidad en los últimos años, como la obligatoriedad de asistencia a clase o los propios currículos, pueden haber hecho que los jóvenes se organicen fuera del movimiento estudiantil. Siguen activos en organizaciones y colectivos feministas, en defensa de los derechos de los migrantes, etc. También las medidas punitivas a la protesta han podido hacer que el suflé baje.

Desde esa última gran movilización universitaria contra Bolonia, las organizaciones han tenido tiempo de reflexionar sobre lo pedido y lo logrado. También para intentar hallar fórmulas que hicieran las protestas más efectivas. “Con la etapa de Bolonia se organizó la lucha mediante un movimiento asambleario que dificultó la organización. Eso llevó a que no se pudiera parar Bolonia y que las asambleas resultantes fueran muriendo años después”, explica Adrià Junyent, secretario general del Frente de Estudiantes, aunque también advierte que “en los últimos meses está más unida la comunidad educativa”.

Volver a ocupar las calles

“Queremos estabilidad. Llevamos años en una incertidumbre constante”, sostiene Alejandro Delgado, de la Federación de Asociaciones de Estudiantes Progresistas (FAEST), sobre los constantes cambios de los últimos años, que han creado cierta inseguridad entre el alumnado. La mayoría de fuentes consultadas creen que el movimiento estudiantil va a resurgir en los próximos meses. Nada mejor que un enemigo común que una a todas las asociaciones contra la misma causa: la lucha contra la LOMCE. “Nosotros creemos que hay motivos para salir a la calle de nuevo. Tenemos que conseguir una ley de Educación que se debata con la comunidad educativa, hay que aumentar el presupuesto y disminuir los ratios”, explica Adrià Junyent. La charla se produce unos días después de que PSOE y Podemos decidieran levantarse de la negociación del pacto educativo, una mesa en la que pocos confiaban.

Las organizaciones consultadas sí creen que hay caldo de cultivo para que el movimiento estudiantil se vuelva a movilizar en los próximos meses. Por ello, Junyent cree que ahora “toca empezar a movilizar a los estudiantes y organizarlos para dar el año que viene un golpe sobre la mesa”. Opina que las organizaciones tienen que hacer un esfuerzo por reforzar los vínculos con los estudiantes en el día a día, un objetivo que Alejandro Delgado también cree que hay que pulir: “Observamos que ahora hay poca participación activa en organizaciones”. Aún así, los alumnos las perciben como útiles. “Es cierto que hay que implicarles más, pero también acuden a nosotros si tienen algún problema”, explica el representante.

En esta llamada a salir a la calle, los jóvenes cuentan con una potente herramienta que no tenían en Mayo del 68: las redes sociales, que les sirven hoy para dar a conocer sus actividades o convocar protestas que engordan gracias a la rapidez del móvil. No les preocupa que la falsa sensación de protesta que se pueda crear en Twitter o Facebook desaliente la calle.

De hecho, Ana García va más allá: “Nos sirven para contrastar información. Ahora es más fácil tener acceso a una visión crítica de determinados temas. Las redes sociales ayudan a popularizar algunas ideas”, explica sobre el fenómeno.

Que el movimiento estudiantil no abra hoy los informativos no quiere decir que los jóvenes no protesten. Es más, la juventud se integra en movimientos transversales. Han estado presentes en algunas de las movilizaciones más importantes de los últimos meses y las han hecho triunfar. El mejor ejemplo es la huelga feminista del pasado 8 de marzo, donde uno de los cuatro pilares era el estudiantil, junto al laboral, el de los cuidados y el del consumo. De hecho, en las mismas manifestaciones convocadas se ponía de manifiesto un gran éxito intergeneracional.

Los jóvenes también han tenido un papel relevante en las protestas derivadas de la situación en Cataluña, especialmente tras las detenciones de una parte del Govern. El Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans se ha encargado de movilizar a los jóvenes para protestar contra la actuación del Ejecutivo central. Mientras, la organización juvenil vinculada a la CUP, Arran, también ha protagonizado más de un titular, una atención mediática que ha compartido con los polémicos Comités de Defensa de la República (CDR), donde también hay un buen número de estudiantes.

Tras el feminismo y los pensionistas, muchos creen que los jóvenes serán el siguiente grupo en protagonizar movilizaciones masivas. Los políticos, conscientes de que son más abstencionistas que los veteranos, ya apelan a ellos con las elecciones de fondo en 2019. Mientras el PSOE ha propuesto un “rescate de los jóvenes” con más de 60 medidas, Podemos ya ha anunciado su intención de convertirse en un “instrumento político” para la juventud, apelando al movimiento estudiantil, a la autorganización juvenil y a la lucha contra la precariedad, entre otros muchos objetivos.

*Este reportaje está publicado en el número de mayo de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí. aquí

 

El cine con el que combatió Mayo del 68

Más sobre este tema
stats