Los políticos se divierten

La primera ministra finlandesa Sanna Marin en la marcha del Orgullo Gay el pasado julio por las calles de Helsinki.

En la quietud del Londres pandémico, un soniquete sabrosón resuena en Downing Street. ¡Sapristi! Boris Johnson meneando las caderas en su residencia oficial. Viva la jarana. Pares del reino, hidalgos de rancio abolengo y diputados con toga y peluca juntan pechito con pechito al chacachá del tren. Meses más tarde, una recua de pérfidos periodistas se atrevió a afearle la conducta. El premier, completamente despelucado, comparece ante la nación: “Sois unos asquerosos aguafiestas”.

Tremendo escándalo. En nuestros días se habla mucho de los políticos rumberos, aunque no cometan fechorías. Hace nada pusieron en la picota a la primera ministra finlandesa por salir a tomarse unos tequilas. Se insinuó, incluso, una saludable afición a las orgías. ¡Cáspita! ¡Cuente con mi voto, doña! La diversión (no sé si por el calvinismo o el resentimiento) es sospechosa, aunque se dé en los escrupulosos márgenes de la ley y del sentido de estado. Gran oportunidad para los hombres-acelga: ¡Viva don Felipe, nuestro rey constitucional!

Tampoco es que la clase dirigente haya descubierto el vicio ayer. Cuenta Tácito (¿o fue Suetonio?) que a Tiberio le gustaba fornicar con niños en los baños imperiales, que Calígula se trajinó a su hermana Drusila y que Nerón se disfrazaba de animal (¡el primer furro!) y mordisqueaba los bajos de efebos atados a estacas. En las Meditaciones, Marco Aurelio –el filósofo, el estoico– agradece el consejo que le dio su tío: no culear con demasiados chavales. A estos pecadillos les sucedieron las medievales melopeas que disfrutaron abades y reverencias en las fiestas mayores; la gloriosa edad de los sacros emperadores con gota y diabetes. Fíjense: los caballeros teutónicos fueron obligados por el santo padre a comer pescado seis veces al año. “Es la más carnívora de todas las órdenes de caballería”, cuenta Cunqueiro. “Historiador polaco hubo que, en elegante latín de Cracovia, acusó a los caballeros teutónicos de comer niños lituanos en compota de manzanas. Parece que hay algunas dudas sobre esto, aun cuando se emborrachaban estos barones […] y solían organizar cacerías de campesinos para divertir a sus invitados».

Luego vinieron las libertades del Renacimiento, la corte de los Médicis (donde no había fluido que no corriese), los papas con churumbeles, algunos cardenales nepotes, los monseñores arremangándose la púrpura y colgando la birreta en el cabecero de la cama y las veladas en el palazzo de algún condottiero almidonado. ¿Eso es todo? Ja. La modernidad no se quedó a la zaga. María Teresa de Austria, la mujer del Rey Sol, se hizo un bosquecito en los jardines de Versalles para entretenerse en lo escondido, mientras el soberano hacía lo propio con la completa nómina de las amantes reales (cómo sería la cosa que tuvieron que inventarse el título palaciego). ¡Dios guarde a madame Pompadour! Pero no hay gabacho que ensombrezca las glorias patrias. Nosotros tuvimos una reina ninfómana que se casó

María Teresa de Austria se hizo un bosquecito en los jardines de Versalles para entretenerse en lo escondido

con un primo homosexual y que se cascó a todo el consejo de ministros entre cocido y cocido del Lardhy. Medio callejero de Madrid pasó por la piedra de su graciosa majestad mientras se relataba por los mentideros que no había en el imperio matrimonio mejor avenido: el rey y la reina compartían una idéntica afición a los hombres. ¡Trocotró! Conste que no todo quedaba en la refriega. Ahí tienen a los siesos lores ingleses saliendo a tirotear zorros al soniquete del corno y la antiquísima afición de sus católicas y cismáticas majestades de disparar a cuanto bicho vuele o paste en sus dominios. Tutururú, ¡pam, pam! No hay familia que se precie sin un par de muertos en alguna cacería.

La frigidez contemporánea

Los hay más excéntricos. Stalin se entretenía escribiendo crítica musical (si eso no es una perversión grande, ya me dirán) y John F. Kennedy perdía la cabeza (¡ups!) por las rubias. El mozo no paraba: confesionario, alcoba y vuelta a empezar. Créanme, ser católico es cansadísimo. Suma y sigue. Guardo en mi escritorio un recorte de prensa de, posiblemente, el hecho más extraordinario de nuestro siglo. ¿Recuerdan cuando un tabloide trincó al presidente de la Federación Internacional de Automovilismo en una orgía sadomasoquista de estética nazi? De casta le viene al galgo, porque el mengano era hijo de un barón inglés que se fue de despedida de soltero con Hitler y Goebbels. Las fotos del bodorrio de madre y padre son espectaculares, pero menos que las de un señor sexagenario en cueros jugando a las cámaras de gas.

Profetas del apocalipsis

Profetas del apocalipsis

Acepto que la frigidez contemporánea nos haga torcer el morro ante estos pequeñísimos deslices, pero mirad lo que os digo: estamos condenando a las futuras generaciones vivir bajo el yugo de unos sosainas a cuyo lado Rajoy y Merkel parecerán crápulas incorregibles. Tampoco es para tanto, oiga. El mandamás no sufre con el jolgorio: son sus costumbres, hay que respetarlas; si no, se extinguen, desaparecerán las dehesas y perderemos muchísimos puestos de trabajo, etcétera, etcétera. Además, el mamoneo es democrático y, a poco que se estudie el asuntillo, se ve que la querencia no distingue clases ni pedigrís. Hasta ahora hemos mentado aristócratas, arzobispos primados y duquesas con miriñaque, pero en la escueta nómina de los poderosos también figuran los Jesús Gil de este mundo. ¡Viva el populacho entronizado!

Para gastarse el tesoro público en cabareteras y farlopa solo hace falta tener la llave del cofre de caudales. Venga champán y bañeras burbujeantes macerando sopa de entrepierna. En esa misma liga, aunque con muchísima más pasta, encontramos a Silvio Berlusconi, mitad hombre, mitad animatronic. La fiscal de Milán que lleva una de sus imputaciones declaró: “El primer ministro, durante el ejercicio de su cargo, habitualmente animaba las veladas recibiendo en su casa a grupos de odaliscas, esclavas sexuales a sueldo”. ¡Pero qué picaruelo! Tito Silvio, que ahora ejerce en el Parlamento Europeo (ese enorme sumidero donde van a parar todos los inútiles y haraganes del Imperio), se refería a sus inocentes soirées con prostitutas menores de edad con un nombre encantador, bunga bunga, la archiconocida elegancia italiana.

Volvamos a Londres y al pelopollo de Johnson. El pobre fulano, atónito, aguantando el chaparrón en la Cámara de los Comunes sin entender una jota. El tipo es historiador y, claro, ha aprendido de los mejores: Calígula, Marco Antonio, ¡la reina de Saba! Me lo imagino pensando: “Catalina la Grande inventó una máquina para cepillarse un caballo y nadie le retiró el saludo”. Ah, Boris, ¡reponte! Nadie es profeta en su tierra.

Más sobre este tema
stats