Una oleada reaccionaria sacude el mundo y el epicentro se sitúa en la Casa Blanca. Cualquier atisbo de multilateralidad, derecho internacional, normas de convivencia, han saltado por los aires desde la segunda llegada de Trump al poder. Pero esta evidencia geopolítica no puede tener tal fuerza de destello que nos impida ver qué ocurre y por qué en entornos próximos, locales, en nuestro propio país, emergen con fuerza electoral opciones políticas ultraderechistas, y de forma paralela, una narrativa reaccionaria se abre paso entre segmentos de la población que, lejos de ser mayoritarios, tampoco son ya marginales.
Cuando viajo por Europa, España es la referencia progresista se hable con quien se hable dentro del mundo sindical y político, y cuesta hacer entender que haya calado parcialmente una sensación de país al borde del caos (económico, social, laboral) que no se sostiene al aproximarse a ninguna cifra ni a ningún dato, pero tampoco a cualquier aproximación empírica a España.
El “no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa” de Ortega forma parte del signo de los tiempos, y no pretendo en este artículo desgranar las razones o causas que explican este fenómeno político. Pero sí salir al paso de una visión que se instala en los análisis de personas de izquierdas o progresistas, y que creo tiene un efecto contraproducente, desmovilizador, y que, además, no responde a la realidad. Me refiero al razonamiento que viene a decir que son las insuficiencias de las políticas de izquierda las que alimentan el fenómeno ultraderechista por no dar cumplida respuesta a las demandas sociales. Allí donde los gobiernos no son de izquierdas, se atribuye a los déficits democráticos la razón del ascenso ultra. La democracia no funciona, y esto hace que la gente abrace los radicalismos, en este caso el populismo de extrema derecha.
Sostengo lo contrario. Que son precisamente la democracia, las políticas de izquierda en su caso, los avances igualitarios en las sociedades, las que provocan una reacción en sentido contrario en espectros sociales que añoran una recuperación de viejas jerarquías de dominación, que apelan a espacios de seguridad, por decirlo de forma gráfica, de cuando “todo era sólido”.
Esto no quiere decir que no haya insuficiencias en las políticas impulsadas, y que puedan desmotivar adhesión o entusiasmo social de “los propios”. Hay contextos de incerteza, dificultades para establecer proyectos sólidos de vida (el acceso a la vivienda como factor central), ruptura de la comunidad asociada mentalmente aún a las sociedades industriales y la seguridad que conllevaban, que, en efecto, constituyen ecosistemas propicios para la demagogia antipolítica, o para que se instale una cierta añoranza ante la sensación de ocaso. Pero los contextos no pueden ser pretextos para explicaciones melancólicas y –en el fondo– paternalistas, que pretenden opacar lo que me parece obvio: hay una reacción de reaccionarios que se oponen al avance social, al igualitarismo, precisamente porque se dan esos avances sociales y no por las insuficiencias de estos.
Creo que, si no partimos de este análisis, vamos mal encaminados para profundizar en políticas democráticas, igualitarias, de distribución de poder y riqueza, en un contexto tan complejo como el actual. Hagamos una aproximación a datos y reflexiones sobre la situación socioeconómica en España.
Evolución inédita del empleo
Por poner en contexto. Desde el año 2018 se han incrementado en nuestro país el número de cotizantes a la Seguridad Social en 3 millones de personas. Nunca ha habido más personas trabajando en España que en este momento. La población española se asoma a los 50 millones de habitantes cuando a inicios de 2018 éramos poco más de 46,6 millones. Algunos análisis de expertos cualificados en materia de pensiones pronosticaban hace tres décadas, que en el año 2025 tendríamos 40 millones de habitantes y 16,7 millones de cotizantes a la seguridad social.
No es la primera vez que dinámicas de este tipo se instalan en España. La expansión de la construcción a finales del siglo XX y los primeros años del XXI, y el crecimiento de la economía, también impulsaron una fuerte creación de empleo, reducción del paro, crecimiento de la población, así como un intenso flujo migratorio.
La diferencia es que, en aquel caso, el fundamento del crecimiento era un inmenso endeudamiento externo e interno, privado (hogares, empresas y entidades financieras), asociado a una enorme burbuja inmobiliaria, con profundos desequilibrios exteriores de nuestra economía, y expansión del empleo en sectores intensivos en mano de obra y de baja productividad, mientras que la actual situación tiene fundamentos notablemente más sólidos.
Entonces se habló de milagro económico y ahora hay quien pretende hablar de hecatombe económica. Si hoy, como afirmaba Enric Juliana, hubiera en España un gobierno y una mayoría parlamentaria distinta (de derechas, para entendernos), faltarían epítetos, metáforas, metonimias e hipérboles, para glosar la dimensión de tal gesta patria en términos que dejarían el Cantar del Mío Cid como una discreta letrilla asonante.
Además, la evolución del empleo ha sido compatible con la subida del SMI en un 61% nominal, una reducción de la temporalidad a menos de la mitad de la que solíamos tener (hasta un 15,6%, que se reduce hasta el 13% en el sector privado) y un notable incremento de la contratación indefinida.
En un reciente documento del servicio de estudios del BBVA se apuntaba que la mejora del empleo era una de las principales variables para explicar la mejor situación comparada de la economía española. En la misma línea, el Informe del Observatorio de Productividad de la Fundación del BBVA y el IVIE hablan de un crecimiento de la productividad de la economía española, así como del PIB per cápita, en el citado contexto de intenso incremento de la población.
Por primera vez en España crece a la vez la economía y el empleo, los salarios y la productividad. Pero no es solo eso.
Oportunidad del pleno empleo
España está ante una oportunidad sin precedente de consolidar esa transformación, si aprovechamos nuestra disposición geográfica y dimensión, para convertirnos en una potencia energética gracias a las energías descarbonizadas como las renovables, el hidrógeno verde, etc. Reducir la dependencia de los combustibles fósiles, de los que somos totalmente dependientes, es más que un objetivo de sostenibilidad medioambiental. Es una oportunidad de conseguir cotas de soberanía energética y atracción de inversión industrial desconocida anteriormente para nuestro país. La electrificación de la economía y la movilidad, junto con la buena situación comparativa en conectividad y digitalización, abundan en esa idea de la oportunidad, cuyo aprovechamiento es aún mejorable. El pleno empleo es el gran objetivo de país en un plazo no demasiado largo. Está en disputa desde qué perspectiva política se alcanza esa meta.
Este objetivo de España además hay que analizarlo en el actual contexto global, donde una mayor integración política en el refuerzo de la autonomía estratégica europea ya no es una opción, sino la única posibilidad de evitar la absoluta irrelevancia geopolítica de la UE. La ruptura del atlantismo en la búsqueda autoritaria de su Lebensraum (espacio vital) por parte de la autocracia trumpista en su pugna con China ha abierto el paso a una nueva era. Las extremas derechas de los países europeos y particularmente la española, son el caballo de Troya contra Europa, contra España y contra las condiciones de vida de las mayorías sociales, y del propio mundo económico. No lo digo yo, lo dice la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU.
Reacción antifeminista
En la sociedad española, y en el marco de un contexto europeo/occidental, la modificación de roles sociales que se ha llevado a cabo en unas pocas décadas es tremenda. El papel crucial del feminismo y las políticas igualitarias han acelerado un proceso de liberación que apenas pudieron prever nuestras madres y ni soñar nuestras abuelas.
Todo proceso de liberación, de cuestionamiento de jerarquías, de modificación de roles y patrones sociales conlleva una reacción a la contra en determinados momentos. Más cuando este proceso no es sólo sociológico o cultural (como dicen ahora), sino con profundas implicaciones materiales y de ocupación de espacio público y privado.
El feminismo ha imantado en los últimos años el vínculo de muchísimas mujeres, también jóvenes o muy jóvenes, con el espacio público y con la concienciación de que es también ahí, en el espacio público, donde se dirimen las condiciones de vida y de ejercicio de las libertades para los individuos.
Hace poco, analizando la evolución de las afiliaciones a la seguridad social, veía un dato llamativo. En España las personas que cotizan en los grupos 1, 2, y 3 se han incrementado notablemente en los últimos años. En el grupo 1 (ingenieros y licenciados) han aumentado un 47% pasando de uno a dos millones. Pues bien, las mujeres más que duplican su presencia en esos grupos de cotización.
Otra estadística llamativa. Según el CIS un cuarto de las mujeres entre 18 y 25 años se declara bisexual. Dos estadísticas que aparentemente no tienen nada que ver, pero que creo que dan cuenta del proceso de autonomización a todos los niveles que las mujeres en nuestro país han recorrido en los últimos años.
La reacción a la que hacía referencia no se ha hecho esperar. Cada vez es más claro que uno de los principales motores que impulsan a las actuales expresiones de extrema derecha son hombres, en muchos casos jóvenes o muy jóvenes, inadaptados al nuevo papel social que ocupan las mujeres, y por tanto, al nuevo papel social que les queda a ellos (porque lo ven así, en términos de suma cero).
Más allá del cliché del joven macho desnortado y gañán (solo una parte de los jóvenes afortunadamente) la ofensiva política contra la libertad y la autonomía de las mujeres no es ninguna broma. Hay todo un programa político que relaciona las dos grandes conquistas femeninas (la decisión sobre su maternidad y su progresiva autonomía económica) con el invierno demográfico, la consiguiente necesidad de población exterior que lo compense, y la consecuencia en términos de deterioro de la homogeneidad social: invasión migratoria, reemplazo poblacional. El machismo, el racismo, y la aporofobia, se encuentran en esa cosmovisión que es esencial para entender el reaccionarismo moderno. Lo apuntaba M. Eugenia R. Palop en su artículo El papel político de la madre al afirmar que “la defensa del rol tradicional de la madre es una piedra angular para las derechas en todo el mundo porque con el familismo y el natalismo se aseguran sus presupuestos tradicionalistas, excluyentes, racistas, nacionalistas y clasistas”.
Las agendas económicas, laborales y sociales igualitarias y por la disputa del poder no solo no deben ralentizarse sino profundizarse. No sirve con crecer, sino que hay que distribuir. No vale con incrementar salarios, sino que este incremento llegue particularmente a los medio bajos y bajos, que son quienes más están sufriendo los precios en necesidades básicas, en vivienda, o el pago por los servicios privatizados producto del consciente deterioro de los servicios públicos. No vale con constatar que se van a necesitar personas migrantes para evitar que el país se pare y eso refuerza la idea humanitaria de acogida a quien tiene la necesidad de migrar, sino que hay que articular políticas públicas integrales para que ese delicado proceso sea inclusivo, y evitar rechazos precisamente entre las capas vulnerables de los ya instalados, autóctonos o no. No vale con aspirar al pleno empleo, sino ser conscientes de la disputa política que se va a establecer en torno a ese tránsito, ya que, ante la dificultad de las empresas de encontrar personas trabajadoras, se cuestionarán los sistemas de protección social. Todo va a ser campo de batalla entre una lectura progresista e igualitaria y una propuesta reaccionaria y neo-jerarquizante. La disputa es de época.
*Unai Sordo es secretario general de Comisiones Obreras.
Una oleada reaccionaria sacude el mundo y el epicentro se sitúa en la Casa Blanca. Cualquier atisbo de multilateralidad, derecho internacional, normas de convivencia, han saltado por los aires desde la segunda llegada de Trump al poder. Pero esta evidencia geopolítica no puede tener tal fuerza de destello que nos impida ver qué ocurre y por qué en entornos próximos, locales, en nuestro propio país, emergen con fuerza electoral opciones políticas ultraderechistas, y de forma paralela, una narrativa reaccionaria se abre paso entre segmentos de la población que, lejos de ser mayoritarios, tampoco son ya marginales.