ANÁLISIS
El enemigo de la humanidad que demoniza a Albanese
En los últimos días, los ministros de Asuntos Exteriores de Francia, Alemania y República Checa han exigido la destitución de la relatora especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese. Y lo han hecho por unas declaraciones que ellos y todo el mundo saben que son falsas. Es el último episodio de una campaña dirigida a silenciar la voz que con más autoridad, rigor y persistencia ha denunciado el genocidio que Israel está cometiendo en Gaza con la complicidad de gobiernos, medios de comunicación y empresas occidentales.
El pasado sábado 7 de febrero, Francesca Albanese participó por videoconferencia en un congreso organizado por la cadena de televisión Al Jazeera. Como es habitual en sus intervenciones, Albanese no se limitó a señalar los crímenes del Estado de Israel, sino a todo el sistema que ha sostenido durante décadas la ocupación de Palestina y en los dos últimos años, el genocidio. «El hecho de que, en lugar de detener a Israel, la mayor parte del mundo lo haya armado, le haya proporcionado excusas políticas, cobertura política y apoyo económico y financiero es un desafío», dijo con calma ante la cámara. Y continúo: «El hecho de que la mayoría de los medios occidentales hayan amplificado la narrativa a favor del apartheid y el genocidio es un desafío. Al mismo tiempo, ahí reside una oportunidad. Porque si bien el derecho internacional ha sido atacado en su núcleo, también es cierto que nunca antes la comunidad global había reconocido los desafíos que todos enfrentamos. Nosotros, que no controlamos grandes cantidades de capital financiero, algoritmos ni armas, ahora vemos que, como humanidad, tenemos un enemigo común». Así desgranaba ese sistema al que hacía alusión como enemigo de la humanidad.
Sin embargo, poco después, empezaba a moverse por las redes sociales un vídeo burdamente editado y manipulado en el que parecía que Albanese acusaba a Israel de ser el enemigo de la humanidad. Pese a que no había que dedicar más de 20 segundos a contrastar que era mentira comparándolo con el vídeo original de la conferencia –que Albanese también compartió en sus redes sociales–, la maquinaria de la desinformación ya estaba en marcha. Decenas de medios de todo el mundo replicaron la mentira y varios días después, como se puede constatar en Google, siguen sin rectificar. De esta manera han conseguido que hasta ChatGpt, el asistente de IA más usado en el mundo, dé por verdadera esta falsedad, confirmando paradójicamente la denuncia de la propia Albanese: que los algoritmos y buena parte de los medios de comunicación occidentales están al servicio del relato israelí, legitiman el genocidio y reescriben la historia.
También parte de los gobiernos. En Francia, un grupo de diputados de la derecha han publicado una carta acusándola de “antisemita” y pidiendo al mismo ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, que “trabaje” para “que se la despoje de todas sus funciones en la ONU”. Barrot no sólo ha hecho propia la reclamación, sino que le ha atribuido nuevas falsas declaraciones: «Francia condena sin reservas las indignantes y culpables declaraciones de la señora Francesca Albanese, que no se dirigen al Gobierno israelí, cuyas políticas son legítimamente criticadas, sino a Israel como pueblo y nación, lo cual es absolutamente inaceptable». Y continuó: “Sus palabras se suman a una larga lista de posturas escandalosas, como la justificación del 7 de octubre, pero también las invocaciones al lobby judío, o incluso los paralelismos entre Israel y el Tercer Reich». Albanese ha condenado en infinidad de ocasiones los atentados cometidos el 7 de octubre y nunca ha comparado Israel con el Tercer Reich, pero estas calumnias forman ya parte del listado de infamias que la relatora de la ONU ha tenido que soportar en los últimos años.
A la turba de difamadores se le ha sumado su homólogo alemán, Johann Wadephul, quien ha publicado en X: “Respeto el sistema de los relatores independientes de la ONU. Sin embargo, la señora Albanese ya se ha comportado de manera inadecuada en múltiples ocasiones en el pasado. Condeno sus declaraciones recientes sobre Israel. Su posición es insostenible”.
El último en sumarse ha sido el Ministro de Exteriores checo, Petr Macinka, quien ha publicado un comunicado con el siguiente mensaje: “La paciencia tiene un límite. La relatora especial Francesca Albanese debe dimitir de su posición”. Altos representantes de sendos Gobiernos que no han pedido la dimisión de Netanyahu ni de ningún miembro del Gobierno israelí tras más de dos años de genocidio y que, paradójicamente, sí exigen la de quien lo denuncia y quien reclama el cumplimiento del derecho internacional.
Acusar de antisemitismo para silenciar las críticas a Israel
Desde la publicación de su libro Refugiados palestinos en el derecho internacional, en coautoría con el jurista Lex Takkenberg y publicado por Oxford University Press en 2020, Albanese ha sufrido las consecuencias de denunciar los crímenes cometidos por Israel. Aún no era relatora de la ONU y ya sufrió acusaciones de antisemitismo, una de las estrategias más empleadas por Israel para silenciar las voces críticas y para blindar su impunidad: acusar de antisemitismo a quienes critiquen las políticas del Gobierno de Tel Aviv. Es decir, igualar antisemitismo –odio y discriminación de las personas judías– con antisionismo –críticas al Gobierno o al proyecto colonial de Israel–. La Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA, por sus siglas en inglés) cuenta desde hace una década con un presupuesto multimillonario para hacer lobby en Estados Unidos y en la Unión Europea con el objetivo de que incorporen en sus legislaciones y castiguen como delito de odio la crítica al sionismo y al Estado de Israel. Y lo ha conseguido: 25 de los 27 Estados miembros de la UE han adoptado esta definición, incluida España. Y lo han hecho pese al rechazo de la mayoría de los intelectuales judíos más respetados del mundo, algunos de los cuales han respaldado públicamente el trabajo de Francesca Albanese a lo largo de su carrera, como el italo-israelí Alon Confino, exdirector del Instituto de Estudios del Holocausto, Genocidio y Memoria en Estados Unidos, y Amos Goldberg, profesor de Historia Judía y Judaísmo Contemporáneo en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
De “militante de Hamás” a “bruja”
No hay precedentes de una campaña de acoso, criminalización, hostigamiento y demonización de un representante de la ONU como la que está sufriendo Francesca Albanese por su trabajo en defensa de los derechos del pueblo palestino. Las sanciones que la Administración Trump le ha aplicado, como a seis jueces y cinco fiscales de la Corte Penal Internacional por investigar el genocidio, suponen una suerte de muerte civil: no puede tener acceso a cuentas bancarias, ni puede cobrar por su actividad profesional –independientemente de su trabajo como relatora, que desempeña pro bono (sin remuneración)–, ni puede contratar seguros médicos, ni usar programas informáticos de empresas con sede en Estados Unidos ni viajar a su casa de Washington.
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Las acusaciones de apoyar el terrorismo que han publicado algunos medios o de “militante de Hamás”, como ha titulado esta misma semana el sionista Corriere della Sera, comprometen su seguridad y la de su familia, además de atentar contra su reputada carrera como jurista internacional. El hecho de que el embajador israelí ante la ONU, Danny Danon, la insultase llamándola "bruja" supone una reactivación del señalamiento de las mujeres libres, críticas y con presencia pública. Y la campaña transnacional a la que estamos asistiendo, liderada por altos mandatarios para lograr su destitución como relatora –basándose no solo en una acusación falsa y fácilmente desmontable, sino peor: haciendo ostentación de que se pueden usar las instituciones públicas para silenciar la verdad mediante una mentira–, supone un nuevo y grave ataque a la credibilidad de los regímenes democráticos europeos, ya muy debilitados por su persistente apoyo a Israel mientras sigue ejecutando un genocidio.
La maquinaria de odio, inquina y manipulación que Israel y sus aliados mantienen contra Albanese desde hace años es resultado de un estéril intento de opacar su extraordinaria capacidad para evidenciar los numerosos coautores que tiene el genocidio de Gaza, la puntería de sus informes para nombrar a las empresas que se enriquecen con la ocupación y los crímenes de Israel, su lucidez discursiva para demostrar que el movimiento de solidaridad con Palestina ha generado una nueva conciencia que, además, es la respuesta global más potente a la ola reaccionaria y antidemocrática que sufrimos y, también, que se ha convertido en un referente que inspira a millones de personas a defender los derechos humanos.
La potencia transformadora de su discurso es un desafío para el sistema que, sí, es enemigo de la humanidad. Por eso, es crucial que los Estados verdaderamente comprometidos con la democracia y la legalidad internacional den un paso al frente en su defensa y le ofrezcan mecanismos para recuperar los derechos que le han usurpado las sanciones de Trump. Y que la sociedad civil entone un "Todas somos Francesca Albanese", porque la demonizan a ella para disciplinar a todas las que se atrevan a poner el cuerpo para defender la justicia, el derecho internacional y la dignidad; quieren silenciarla para poder avanzar en el genocidio y la ocupación sin testigos incómodos ni protesta social, quieren expulsarla de la ONU porque representa la esperanza en un mundo regido por órganos de decisión democráticos y multilaterales, y porque frente a la internacional de las élites del odio, Albanese llena siempre los aforos con personas que creen que no hay nada más poderoso que la ternura de los pueblos, como la llamaba Eduardo Galeano. Es decir, la solidaridad.